26 de diciembre de 2007

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El ruso Salzman (...) se decidió a comprar la casa de su infancia (...)
Una vez instalado, comprendió que la inversión había sido inútil.
-He recuperado mi casa – dijo – Pero la infancia, no.”1

Menos mal que Nadie vuelve

Vivimos en un mundo acelerado, vivimos corriendo, vamos de un lado a otro sin detenernos jamás, ni siquiera un instante para reflexionar porque no hay tiempo. Es tan triste como real la conocida metáfora de que somos un enjambre, abejas que se chocan entre sí sin pedirse disculpas, que nacieron predestinadas, a trabajar o a gobernar y aprovecharse del trabajo ajeno, no existen otras opciones. Inmersos en un mundo que ya no nos lleva, sino que nos empuja. Viajar es una pérdida de tiempo, el viaje no se puede disfrutar. La vida se nos pasa en dormir y en viajar, que es lo mismo pero más feo porque te pisan y te chocan. Y como siempre la constante competencia para ver quién llega primero a cualquier lado. Salimos de nuestras casas apurados por volver y jamás nos planteamos si es que alguna vez habíamos podido volver. Porque ¿Quién es capaz de afirmar que es la misma persona la que una vez se fue que la que después volvió? Nadie que se va puede regresar. ¿Acaso no transcurre tiempo, desde el momento en que partimos hasta el momento en que creemos volver?, en ese tiempo a través de los sucesos que transcurren, de los nuevos aprendizajes y de las nuevas experiencias que se adquieren, se modifica el cuerpo y se modifica el alma, y si el hombre no es más que cuerpo y alma y ambos se ven modificados, ¿cómo poder asegurar que uno sigue siendo el mismo?
No hay ejemplo más claro que el exilio. Miles de personas que han viajado en todas las épocas buscando un futuro mejor o escapando de un presente peor, de Europa a América, de América a Europa, siempre soñando con volver, volver al lugar conocido, a la idiosincrasia propia. Pero trágicamente es imposible volver, el tiempo que transcurre uno en el exterior lo modifican, lo transforman en otro ser.
Relata María Negroni en un texto llamado “Ir volver / de un adónde a un adónde” 2 su experiencia cuando se fue de Argentina para vivir en Estados Unidos y años más tarde decidió volver, reunió sus pertenencias de Nueva York y “volvió” a Buenos Aires. Sufrió una gran desilusión al darse cuenta que éste ya no era su territorio, ya no le pertenecía. Las experiencias vividas en el extranjero hicieron que María ya no sea ella la misma que se fue la primera vez, y seguramente tampoco fue la misma cuando creyó retornar a Estados Unidos, ya que la experiencia del “volver frustrado” modificó su forma de pensar, eliminó la ilusión del regreso a la Argentina.
El espíritu ha soportado nuevas experiencias, nuevas sensaciones que le impiden volver a ser quien fue, porque también el tiempo es un viaje que no se puede siquiera detener, y que nos envejece a diario distinguiéndonos lo que somos, de lo que éramos antes: más tolerantes en algún aspecto, menos tolerantes en otro, aprendiendo nuevas cosas, olvidando otras, con más esperanzas, con más desilusiones.
Intentan vanamente los coleccionistas, por ejemplo, de aferrarse a algo para demostrar que ellos han sido quienes son. Relata Ítalo Calvino en “Colección de Arena”3 una exposición de colecciones exóticas, una de ellas pertenecía a una persona que viajaba alrededor del mundo y en cada playa juntaba en un frasco una muestra de arena. Lo que esta persona intentaba hacer era solo aferrarse a un objeto físico como prueba de que uno ha estado donde ha creído estar, y que es uno mismo. Se lleva algo de ese lugar como elemento probatorio de su estadía ya que “si yo poseo ese frasco de arena de la isla Lanzarote en las Canarias es porque he estado ahí, fui y volví aquí luego” Queda dicho implícitamente.
Investigan arduamente los hombres de ciencia nuevas formas de ir cada vez más veloces, cuanto menos tiempo se demore en llegar, más eficiente será el medio de transporte, hay que ir rápido a todos lados. Por qué se esfuerzan en intentar crear un vehículo que logre ir a la velocidad de la luz -que daría un enorme prestigio a los científicos que lo lograsen- y ninguno se ha propuesto siquiera concentren sus conocimientos en inventar un transporte que consiga hacernos volver, aunque sea muy lentamente, ¿Cuándo un investigador podrá crear una máquina para volver?, pero para volver verdaderamente, volver a ser “el antes” de haberse ido. Ojalá que nunca suceda.
¡Basta de engañarnos! La libertad absoluta no existe, ni para aquellos que se jactan de poder controlarlo todo, y mucho menos para nosotros. Somos presos de un siniestro juego de vida que nos obliga a avanzar sin poder detenerse ni retroceder, las reglas son esas y por desgracia (o por suerte), no pueden transgredirse. Imaginen por un instante que la ciencia logra crear la manera de poder volver, sería verdaderamente aterrador: ¿qué sería de nosotros si los grupos de poder se adueñasen –porque seguramente lo harían inmediatamente- y monopolizasen su uso? Porque no se olviden que los medios para ir, ya están en sus manos. O es que alguien es tan ingenuo aún de creer que puede viajar cuando así lo desea. Uno puede irse de donde está porque “ellos” nos lo permiten. Los que tienen el poder deciden quién se puede ir, a dónde y cuándo debe hacerlo. Durante las dictaduras y a través de la miseria nos obligaron y nos obligan a irnos de nuestro lugar, pero cuando quieren que nos quedemos construyen muros o cercan las fronteras para impedir esos viajes.
¡Qué terrible sería si además de manejar la ida, también pudiesen manejar la vuelta! Pero afortunadamente aún podemos quedarnos tranquilos, amigos, faltan muchos siglos para que la ciencia alcance tal hallazgo, quedan aún muchos siglos de poesía4.
Pero dirán seguramente, algunas personas, que con esta forma de ver el tiempo como una forma de viaje, ni siquiera se puede asegurar que uno siga siendo el mismo cada instante transcurrido, ya que el alma se modifica con cada experiencia nueva, con cada sensación, con el progreso del tiempo. Y les aseguro que es cierto ¿quién puede afirmar que es el mismo ser el que durmió anoche, y el que despertó hoy en la mañana? Sí mis queridos lectores les aseguro que esta es la primera y única vez que leerán un escrito mío, y el domingo que viene cuando abran esta misma revista, no se engañen, la que firmará en esta sección ya no seré yo, pero igualmente no tiene sentido prevenirlos efímeros amigos, porque tampoco serán ustedes los que lean el próximo artículo.

Nidia Perrone

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Occidente Reciclado

Es asombrosa la cantidad de similitudes que existe entre los documentales “El tren blanco” – película argentina creada en el año 2002 y dirigida por Nahuel García, Sheila Perez Giménez y Ramiro García– y “Los espigadores y la espigadora” – película francesa dirigida por Agnés Varda, en el año 2000-, que a pesar de referirse a contextos aparentemente distintos, ya que la primera película se sitúa en un país subdesarrollado mientras que la segunda en uno de los países desarrollados del capitalismo, tienen los mismos problemas de pobreza y marginalidad, por lo que muchas personas se ven obligadas, para poder subsistir, a hurgar en los deshechos que algunos consideran inservibles. Sin embargo estas similitudes deberían no existir, ya que –nos quieren hacer creer los defensores del sistema capitalista- todos los países subdesarrollados, en algún momento de su historia llegarán a convertirse en un país desarrollado. Entonces me pregunto ¿De qué nos serviría llegar a ser un país desarrollado, como es el ejemplo de Francia, si continuarían existiendo la marginalidad, la miseria y la falta de justicia social? O quizás considerarán los capitalistas que la teoría del derrame, la cual supone que en algún momento los ricos acumularían tanta riqueza que ésta rebalsaría y llegaría a los necesitados, se refería a este revolver en la basura de “los de arriba” para poder alimentarse “los de abajo”.
Pero las semejanzas no se reducen solo al problema de la marginalidad que se expresa en ambos filmes, sino también a la forma en que es vista esa marginalidad por ellos mismos por ejemplo me llamó la atención que los entrevistados de ambas películas describían su situación en forma de resignación, y hasta la frase “es preferible hacer esto, que robar” es dicha por dos entrevistados refiriéndose cada uno a su trabajo, en el caso de “Los espigadores...” al hecho de juntar papas, y en el caso de “El tren blanco” al hecho de juntar cartones.
A decir verdad la única diferencia que encontré entre las películas es el estilo en que están filmadas. Por un lado el documental de Agnes Varda se basa en la metáfora, y tiene muchos aspectos surrealistas, como es el hecho de juntar y luego filmar papas en forma de corazón, por el contrario “El tren blanco” se mantiene en el plano realista y melancólico, donde la tristeza y la resignación se expresan de forma directa. Sin embargo también se parecen por la manera en que transcurre la película. Ambas se basan principalmente en el viaje, el film argentino es el viaje de los cartoneros en el tren para poder recolectar -me pareció interesante destacar el hecho de que hayan dejado por encima de la música de fondo el ruido constante del tren, tan similar al del latido del corazón-. En el film francés, en cambio, el viaje lo realiza la misma directora a través de las distintas ciudades francesas en las que va encontrando siempre gente que recolecta objetos, comida etc. que han sido desechadas por otras personas, pero en cada lugar hay desechos de distintos estilos, distintas “sobras”.
Al analizar las dos películas se puede dar cuenta de la farsa en la que uno vive inmerso día a día, la idea de que el mundo será justo en algún momento, sin que sea necesario cambiarlo, o el hecho de que “estas cosas solo suceden en Argentina”, es un grave y peligroso error. La marginalidad en Argentina existe y es extrema, pero también existe y de manera acentuada, en los países que se suponen desarrollados, en los países que han alcanzado el ideal del sistema capitalista. Entonces no somos el problema nosotros los “subdesarrollados” sino el sistema. Muchos han dicho que el sistema comunista no funciona, y es por eso que ha caído, sin embargo, ¿alguien tiene el coraje da afirmar, todavía, que el capitalismo funciona luego de observar la realidad diaria de cualquier país capitalista?, ¿Acaso uno se animaría a prender una radio que electrocuta a los que la tocan, pero no a todos, sino a la mayoría de ellos? Por más que la radio logre transmitir señal, yo le colocaría un cartel de “no funciona” a la radio... y al sistema.

Nidia Perrone

10 de diciembre de 2007

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Proyecto narrativo: “Dos perlas”

Aquella noche, motivados por la música, una buena cena y el abuso del alcohol, mi amiga me confesó la razón de por qué su vida había cambiado tanto y tan de golpe. Nosotros, y digo “nosotros” incluyendo a los amigos, conocidos y a mi, sabíamos que algo de gran magnitud había ocurrido, nuestra amiga no era tan dinámica como para romper con todos los esquemas de la noche al día. Y digo “de la noche al día” por un particular motivo.
Mi amiga (mantendré su identidad en absoluto silencio) vivía cerca de casa con su marido y sus dos hijas de cinco y siete años. Desde hacía casi diez años trabajaba para una empresa que tenía algunas cabañas por el sur del país, más precisamente en Neuquén, Río Negro y Ushuaia. Ella solía viajar cada mes a alguna de las provincias a controlar todos esos temas contables que no detallaré ahora. Su vida era lo bastante rutinaria: lavaba ropa, planchaba, preparaba el desayuno, llevaba a las nenas al colegio, iba a la empresa, almorzaba todos los mediodías la misma ensalada con cualquier agua mineral, iba al gimnasio, cada tanto practicaba la infidelidad conyugal (Ernesto, su jefe de sector, hacía buenos regalos luego de una intensa tarde de sexo) y volvía a casa a preparar una cena llena de amor (como ella decía) pero no sin antes pasar por el mercado.
En reiteradas oportunidades le pregunté si era feliz, por lo general suelo cuestionarme la calidad de felicidad en las personas, y ella, llena de gracia y convencimiento, respondía sin dejar espacio a la duda que sí. Amaba a sus hijas, al hombre que la acompañaba hacía ya quince años aproximadamente, a su casa, a su perro y al hámster de las nenas. La más grande de ellas, Bea, es mi ahijada. También amaba su trabajo y valoraba que una vez al mes tenía que hacer un largo viaje en micro para llegar a otras sucursales administrativas, sacar un par de cuentas y luego pasear un poco y comprar cosas... las mujeres siempre encuentran qué comprar. Mi adorada amiga alegaba que casualmente esos viajes la arrancaban de su realidad como un troquelado de papel y la obligaban a descansar del resto de las obligaciones. Es lógico.
Como ven, nada estaba mal, todo se encaminaba de la mejor manera y si existiera un premio a la familia tipo del año sin dudas sería de nuevo para ellos... aun así, de repente algo sucedió, algo que cambió todo en días nomás o hasta en unas pocas horas parecería...
Aquella noche, motivados por la música, un postre de chocolate frío, una seguidilla de copas de vino y la picardía que nos causaba juntarnos después de unos meses, ella habló y contó todo.
Faltando unos días para navidad, tuvo que viajar hacía Neuquén para cerrar unos contratos... unos bungalows nuevos que se sumaban al proyecto de alquileres temporarios. El viaje, inesperado en esa fecha, la incomodó lo suficiente robándole el entusiasmo de viajar... no sólo porque las nenas estaban expectantes por los regalos sino también porque el calor la ofuscaba tanto que borraba de su rostro la más delicada sonrisa fingida.
Pasado el mediodía, subió al micro, se sentó programadamente del lado de la ventana (era un requisito indispensable para viajar) y prontamente comenzó a hacer crucigramas mientras en sus oídos sonaban algunas músicas que por propio gusto personal no mencionaré. Entre sus piernas llevaba un bolso y dentro la agenda, maquillajes, algunos papeles, fotografías y otros discos. Sobre las piernas, un sweater... sabía bien que les agarraría la noche en la ruta y que camino a Neuquén hace frío sumado a que en los micros existe cierto fanatismo por mantener el aire acondicionado hasta formar una delgada capa de hielo sobre los vidrios. Los primeros kilómetros recorridos son siempre los más aburridos, el coche va lento, los pasajeros no dejan de hablar y se desesperan por usar el baño y acabar con todo el jugo o el café que antipáticamente se ofrece.
Mi amiga recién notó en la localidad de Azul que a su lado viajaba una joven. En Azul hay una parada y la gente acostumbra a salir a comprar algo en el bar, a caminar un poco o fumarse un cigarrillo a la sombra del alto micro. Mi amiga en un comienzo no quiso bajarse, veía que afuera el sol cubría todo y que haría demasiado calor, aparte la sensación de desolación en el medio de la ruta no le simpatizaba demasiado; sin embargo a último momento se apresuró en dejar de lado su promesa de no fumar y salió, tratando de no acercarse mucho a nadie para no socializar. Era notable ver que las demás mujeres, también pasajeras de su viaje, rápidamente habían formado amistades y paseaban de una punta a la otra sus anécdotas, sus hijos, sus carcajadas o se convidaban mate y galletitas mientras ocupaban algún banco bajo el alero del kiosco. Es necesario aclarar que mi amiga no busca charlas porque según ella “las personas hablan mucho en los viajes y yo quiero ver la película que pasan...”
Cuando le daba el último pisotón al pucho y a la vez expulsaba el terminante humo que de su garganta salía para subir al gran coche blanco, vio venir a su compañera de asiento. La joven veinteañera paseaba tímidamente su cuerpo redondeado bajo el sol, nada le importaba, venía con desenfado dando firmes pasos aunque algo torpes, trayendo en sus manos una radio y columpiando su larga cabellera negra. Antes que esta jovencita llegara a la puerta del bus, mi amiga ya yacía en su asiento concentrada en su nuevo crucigrama y cuando la mujer joven llegó a su lado para sentarse ambas intercambiaron miradas, un desnutrido saludo y entre pobres sonrisas comentaron que “allá” hacía mucho calor, que era un típico día de diciembre y que el cálido viento levantaba tanto polvo que era imposible disfrutar de esa corta libertad.
Como es de preverse, la espera para que el micro vuelva a retomar su viaje siempre se hace larga. Los pasajeros son haraganes, fuman todos a la vez, se pelean por comprar todos juntos o por usar el baño de la estación. Después tardan en acomodarse en sus lugares y dejar de gritar y finalmente llegan los últimos minutos de espera con el motor del gran carro ya encendido. Al fin y al cabo, el chofer es el que más se retrasa... y esta espera es generadora de diálogos, todos los que viajamos lo sabemos, y más entre mujeres... y mucho más aun entre mujeres que están solas.
Antonia Gómez también iba camino a Neuquén, allá tiene a sus padres y suele ir a visitarlos, “ellos son buena gente, acompañan, contienen y le regala unos mangos”. Antonia no es interesada, pero visitar a sus padres y recibir una ayuda económica le da un empujón sustancial para luego vivir a la distancia con su nueva familia. A su corta edad, esta chica ya era madre de una niñita y transitaba los primeros y seguros años de la convivencia en pareja. Cuando no era presa de su hogar, Antonia trabajaba de noche en un bar, limpiando mesas y haciendo otras tareas.
Mi amiga y Antonia comenzaron rutinariamente hablando del tiempo, de lo costoso que estaban los pasajes, de lo feo que estaba Neuquén capital y de por qué viajaban. Ambas experiencias personales lograron que a los treinta minutos estas mujeres ya hubieran perdido la formalidad y que para hablarse habían torneado sus cuerpos amablemente. Cuando la noche comenzó a caer, las sorprendió el inicio de una trillada película romántica y el comentario obligado por parte de estas pasajeras. Ambas coincidían en que no hay nada más disgustante que alejarse de los hijos, dejar a los maridos solos y en que Julia Roberts tenía una sonrisa que verdaderamente invitaba a la envidia. También compartieron historias con respecto a la comida horrible que dan en los micros de larga distancia. Los sándwich siempre son los mismos y las galletitas de agua son algo acartonadas.
Mi amiga había comprendido que tan mal no estaba tener una amistad pasajera, después de todo, estos viajes son muy largos y las esperas en las paradas se hacen agotadoras. También agradeció que su compañera fuera Antonia, que tantas cosas en común tenían, como el amor por sus familias, y no una mujer como Laura, su vecina, que era un ser completamente vil y con tendencias a la auto depresión y al contagio colectivo de la misma. Laura apestaba a berenjenas (Antonia se desesperaba en taparse la boca para no dejar escapar sus risotadas y despertar a alguien) y lo peor y que hacía sentir culpable a mi amiga era que sus nenas iban a quedarse con esa señora desde que llegaban del colegio hasta que la niñera las buscara. Serían dos horas traumáticas para las niñas y nada mejor que resarcir tantos daños con hermosos regalos. Antonia le recomendó un sitio de artesanías muy especiales para regalar a las nenas, ella también llevaría algo a su hija, aunque más no sea unas golosinas o revistas para colorear.
La medianoche encontró al micro parando en Cutral – Có. Aquí, muchos pasajeros bajan y siguen sus caminos y otros pocos suben rumbo a Neuquén, lo cual estaba a dos horas más de viaje aproximadamente. Esta parada obligada se caracteriza por su insignificancia... unas pocas personas, solo un bar abierto las veinticuatro horas y un puesto de diarios y revistas atendido por un viejo borracho que trata mal a los perros que por ahí duermen. Nadie habla con nadie y los pasajeros prefieren dormir que salir a pasear sus poco ánimos y cansadas apariencias. Mi amiga, a esta altura del viaje y estimulada por la poca expresión de la noche, salió a tomar un agrio café en el bufete, siempre manteniendo una mirada de alerta y control sobre el micro... nada detestaría más que tener que correr para que no se la olviden allí. Lo curioso fue cuando luego de treinta y ocho minutos el micro seguía ahí, inmovilizado y cubierto de silencio. Desde el bar se podía ver las cabezas de los pasajeros reposando, algunos dormidos, otros en la clásica calma, y la puerta del micro abierta a la espera de quién sabe qué. Mi amiga no perdía de vista la puerta mientras daba cortos sorbos al segundo café y encendía su cuarto cigarrillo. Cada tanto miraba de reojo al televisor que estaba en la pared y emitía imágenes de un noticiero deportivo. Nada le aburría más que los deportes. Entre sorbos, vio que del micro bajó Antonia, abrigada, con cara de dormida y como buscando algo. De hecho buscaba a su compañera y cuando se interceptaron desde sus lugares ambas dejaron escapar una sonrisa cómplice. Antonia buscaba a mi amiga y ella lo sabia.
La razón por la cual el viaje no continuaba era que había un desperfecto en el medio de transporte y la pronta solución era esperar a que se repare en unas horas o que un micro proveniente de Neuquén fuera a buscar a la totalidad de pasajeros varados para darle fin al recorrido. Como es sabido, ante estas situaciones la gente se desborda, las personas se enojan y en segundos se quejan a los gritos para que les devuelvan el importe del pasaje. Mi amiga y Antonia compartían el fresco viento que movía a los sauces que decoraban la estación y apartadas se reían de todo. Comprendieron que había que esperar dos horas, quizás tres y que a pesar de eso la noche se prestaba para no despreciarla, sino más bien para disfrutarla.
Dieron unos cuantos pasos hasta alejarse por completo de la luz que de la parada de micros salía, ya no se oían voces ni estados alterados, no se sentían las vibraciones de los motores trabajando, sólo se percibía el viento acariciando a los árboles y pasando entre los lacios cabellos renegridos de Antonia y los colorados rizos desarmados de mi amiga y así, tras unos cuantos pasos y sin perder de vista al pequeño centro luminoso caminaron bajo la luna. Esta situación también ameritaba de comentarios arbitrarios acerca de la noche que era romántica por excelencia: la luna, la suave brisa fría, el desafío de andar con poca ropa, el olor de las flores que se mezclaba con los perfumes de ellas y el silencio, la caminata de novela sobre la ruta vacía y la sensación de libertad que poseía a estas mujeres. Cuando decidieron emprender el regreso notaron que allá, donde antes hubo una revuela, ahora estaba todo calmado, los pasajeros estaban dentro del micro, el bar estaba más oscuro y sólo se veía la luz que el televisor dejaba escapar y que su dueña se encontraba apoyando los brazos sobre el largo mostrador donde atendía esperando que el sueño, como todas las noches desde hacía más de veinte años, acabe con ella.
Mi amiga parecía disfrutar cada paso de regreso que daba, eran lentos, espaciados y con cierta gracia. Antonia también caminaba lento pero manteniendo su torpeza habitual. Cuando llegaron a la estación fueron hacia atrás del bar, donde se encontraban los baños y rodeando al silencioso y oscuro bufete pasaron a un fondo donde la luna azulada iluminaba con más fuerza. Entre los pastos prolijamente cortados, algunos macetones con frondosas plantas y el sonido de la noche, encontraron un largo banco de madera que pretendía de humilde mirador hacia lo que la ruta ignoraba. Kilómetros de vacío, solo un pasto azul, árboles oscuros de copa blanca y una humedad que se sentía en todo momento. Las amigas se sentaron, sabían que la espera era larga pero que la noche las ayudaba y el banco aquel llamaba la atención. Mezcla de sigilo y pocas palabras, Antonia y mi amiga hablaban entre susurros de las cercanas fiestas, la vida familiar y los gastos que representaban las ornamentadas cenas de navidad y año nuevo. Como embebidas de la cotidianeidad y superadas por la perfección de la tenebrosidad, mi amiga tocó la rodilla de Antonia, luego se miraron fijamente pero idas y el tiempo se congeló. Las flores lanzaron más aroma, los pastos se detuvieron, las robustas copas de los árboles comenzaron a bailar suavemente y el calor comenzó a abundar.
No puedo hablar de minutos o segundos, la temporalidad no existía como tampoco existía la vergüenza y los limites; ambas mujeres se besaron eternamente, sus labios jugaban cuando chocaban, compartían ruidos, se mordían, se abrazaban, se acariciaban con las mismas caras, se besaban de nuevo y cada beso cargaba más fervor, pasión y combustión... sus labios ardían al ritmo de sus cuerpos. Pareció que jamás se preocuparon por nada, no importaba Neuquén, el ómnibus, los pasajeros ni la señora que ya dormía nerviosamente sobre sus manos detrás del mostrador del bufete.
Cada instante las encontraba más cerca, más unidas, como entrelazadas formando un solo cuerpo recortado sobre el cielo violeta y la luz de los lejanos astros. Sus manos se movían desesperadas buscando placer a cada centímetro, Antonia tocaba los enrulados pelos de mi amiga mientras continuaba besándola y mi amiga exploraba los senos de Antonia, se maravillaba con el efecto de su color moreno y la luz brillante que del cielo caía y se posaba sobre su torso. Las mujeres se amaron de todas formas, conocieron el placer de los cuerpos libres y desnudos, sintieron la humedad de sus figuras en las manos, en la boca y en todos lados, compartieron sus brazos y se movían al unísono con los árboles danzarines mientras sus cuerpos apretados uno al otro largaban los sonidos del sexo.
Realmente el mundo estaba detenido como la máquina más grande de todos los tiempos con todos sus engranajes avejentados, sus vidas habían hecho unas pausas para quitarse los tabúes y dejar fluir las emociones que ambas escondían dentro... la culpa no era de nadie, siquiera de la noche.
Les resultaba imposible dejar de recorrer las curvas de los moldeados organismos, no podían dejar de oler sus pieles, sentir con sus manos la textura del estremecimiento que ésta experiencia les causaba. Tampoco podían parar de besarse, intentaban desenfrenadamente comerse, querían poseerse por más tiempo, todo el tiempo que fuera necesario. Sus continuos ojos entrecerrados dejaban ver que sus identidades ya no estaban en este planeta y con utopía iniciaron el final de sus viajes. Violentamente comenzaron a jadear sin dejar de mantener sus alientos cerca, sus movimientos simulaban tiritar de frío en el abrumador calor que emanaban, sus dedos apretaban cada vez más fuerte lo que tocaban y el ritmo de sus respiraciones era en cada segundo más entrecortado.
Cuando ya no quedaba aire y los cuerpos sucumbieron en constantes sacudidas, estas dos mujeres brillaron como nunca antes y la luz hizo de ellas un cúmulo de manos, cabellos, sudor y calma.
Aquella noche, mi amiga me había contado todo, Antonia Gómez le había cambiado la vida y según ella “la había liberado”. Yo no sé si está bien o mal, no voy a juzgar si estas mujeres han tomado un camino erróneo o adecuado, mi amiga parece feliz. Ambas abandonaron sus vidas de siempre y viven juntas desde hace casi dos meses. Tengo entendido que sus maridos no están nada conformes con los repentinos cambios y que ellos mismos decidieron continuar con la crianza de sus hijas y mantenerlas lejos de sus madres. A mi amiga y a Antonia no les importó y son concientes de su egoísmo pero prefieren no pensar demasiado en ello.
Hace unos días, en el rato libre que me tomo para hacer el almuerzo en el trabajo, me fui con el auto a la ribera del río a tomar un poco de aire y ahí las vi, mi amiga y Antonia se encontraban alejadas del resto de las personas que parecían absorber todo el sol, y a la sombra de un extraño sauce estaban sentadas en el esperanzador pasto. No quise acercarme para no importunarlas. Mi amiga dejaba ver su incontenida felicidad... las mujeres parecen ser felices cuando sonríen todo el tiempo, juegan con sus cabellos, mueven mucho las manos y tocan con disimulo a quien aman. Sin embargo, posé más mis ojos, casi enceguecidos por los rayos de luz, sobre Antonia que sobriamente miraba el río, jugaba con una margarita y se dejaba tocar la espalda por mi amiga. Antonia tenía un rostro especial, morena de piel, de ojos inflamados como cansados y con detalles orientales y la sonrisa más cálida del mundo. Cuando ambas se levantaron del suelo para marcharse, pude ver como ellas miraron a su alrededor y cuando percibieron que nadie las veía se dieron un sencillo beso en los labios y mi amiga posó sus manos en el vientre abultado de Antonia y luego se miraron, sonrieron tímidamente y se fueron caminando lentamente hasta perderse en la barranca.

Daniel Francisco

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Miles Harvey y “La isla de los mapas perdidos”

Miles Harvey es periodista graduado con honores en la Universidad de Illinois en 1984 y entre varias actividades, trabajó en United Press International y luego de un master en letras se lanzó a la escritura y presentó en 2001 “La isla de los mapas perdidos”. Este libro lleno de relatos cuenta con decenas de historias relacionadas con la cartografía, los viajes y el apasionante mundo de la investigación. Harvey incluyó en su obra crónicas de crímenes, investigaciones relacionadas con importantes y legendarios mapas y como detalle exclusivo, parte de su vida. Y es que el autor, que se define como un admirador de la cartografía desde siempre1, nos presenta un trabajo embebido en la “cronología” de los mapas, de las grabaciones cartográficas y de las cotidianidades de su propia vida.

En el cuadernillo que la cátedra nos presenta, encontramos dos de los textos incluidos en “La isla de los mapas perdidos” de Harvey: “Aguas desconocidas” y “Cómo hacer un mapa, cómo llevarse un mapa”.

En “Aguas desconocidas”, el relato de Harvey toma como excusa dos documentos que conserva como datos periodísticos2. A través de estos recortes, comenzamos a conocer una breve historia de los mapas siempre de la mano de la propia experiencia del autor. También este capítulo conlleva una breve reseña acerca del surgimiento de los planos, los primeros usos y el monopolio del comercio marítimo disputado en ese entonces por Portugal y Holanda. Queda de más decir que los mapas en ese entonces hacían de fuertes armas y de importantes herramientas para la dominación política y la expansión del poder.

(nota al pie) La segunda anécdota que se desprende en este apartado es acerca de una noticia de 1995 y trata acerca de los delicados robos de importantes mapas de la mano de un afamado personaje en esos tiempos, comparable con Al Capone (pero en un sentido más restringido), Gilbert Bland. Harvey despliega sus dotes periodísticos para armar así el perfil del ladrón de mapas. Evidentemente, la investigación se va transformando en una aventura, y muta de lo intelectual a lo fantástico.

El otro capítulo del cuadernillo, “Cómo hacer un mapa, cómo llevar un mapa” (Capitulo 5) tiene un objeto muy claro: acercar la aventura de los mapas al lector. Es decir, mediante una elaboración técnica, Miles Harvey intenta acortar distancias entre el lector y su pasión y desenfrenado interés por los mapas, y lo hace de un especial modo: proceso y armado del mapa y una breve historia de elementos y herramientas para ubicarse en el tiempo. ¡Está todo dicho! Desde la importancia del uso táctico de los mapas hasta la fabricación en sí, la ejecución de la tinta, el trabajo a mano, el coloreado y la consecuente elaboración de enciclopedias. Una vez conocido todo esto, sólo queda saber como llevarse los mapas y es aquí cuando vuelven las aventuras de Gilbert Bland, las peculiares andanzas en las grandes bibliotecas, la sensación de adrenalina en la apropiación3 y lo simbólico que tiene robar herramientas plasmadas por medio de dibujos y otras técnicas de impresión y así corromper las fronteras de la ética social.4

(nota al pie) Quiero decir con todo esto que nos encontramos con dos historias de exploración y atracción hacia lo desconocido, con una detallada narración de actos delictivos y tecnicismos relacionados con los mapas... y casualmente le comentaba a un compañero de otra materia acerca de estos textos de Harvey y argumentaba que es una pena que sólo podamos recrear dos de los capítulos de “La isla de los mapas perdidos”, ya que sin duda, es un trabajo periodístico pero ante todo es un viaje. Viaje lleno de recorridos y de caminos diferentes, con experiencias distintas que enriquecen al lector de una manera especial: brindar lo reconfortante de una historia de una manera sencilla que deja una enseñanza y sobre todo, la sensación de aventura en cada capítulo.

Algunos otros datos de “La isla de los mapas perdidos” de Miles Harvey.
Editorial Debate, primera edición 2001.
Paginas 288
Traductor: Fabián Chueca Crespo


Daniel Francisco

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Trabajo de campo – Mirada del viajero

Imagen 1: Paraná abajo
La calle Paraná es especial. Por un lado actúa como la división entre Vicente López y San Isidro, esto significa que ambos partidos se la disputan en sus mapas, pero ambos partidos se lavan las manos a la hora de hacer las refacciones necesarias. También es especial porque es la calle más cómoda que va directo al río y en ese camino uno se encuentra con las casas más lindas, más refinadas y envidiadas de la zona. Paraná también es especial porque es atravesada por unas vías de tren, dónde se construyó un túnel para pasar por debajo de las vías y jamás se interrumpió el paso de los autos ni se detuvo la marcha de los trenes. Dicen que es el primer túnel hecho en Sudamérica que se hace sin interrumpir el tránsito. Ya ven lo especial que es, y sobre todo para los vecinos de esta calle que durante años se opusieron al túnel ya que esto traería más movimiento a sus delicadas y tranquilas vidas. De todos modos, Paraná es especial y a mí me lleva al río, me relaja, me transporta y suavemente me deposita en la ribera.
Creo que mi recorrido no sería importante si no mencionara a esta calle y si no hubiera foto alguna de ella. La imagen regala un techo de árboles que cubren casi todo el recorrido, el poco movimiento en un día feriado y al final una empinada bajada hacia el río. Tampoco debería olvidar que este viaje lo hago en auto hoy en día, ya no tengo paciencia para hacerlo en bicicleta o caminando solitariamente.
¿Cómo llegue ahí? Por lo general es un recorrido que hago cuando estoy aburrido o cuando la realidad me supera y busco un lugar especial, silencioso, melancólico y sin nadie. El feriado se prestó para salir a pasear un rato y mientras aprovechar la dicha del buen día para fotografiar un espacio único.

Imagen 2: No pasarás
Paraná es especial en todas sus expresiones. La calle, cien metros antes de llegar a la ribera, es una bajada (o subida) muy empinada que desde siempre fue motivo de diversión para dejarse llevar por la gravedad y emprender una caída con la bicicleta o ahora mismo, ver como el auto comienza a escaparse de las manos y dormido su motor, se entrega Paraná abajo. Pero para mi sorpresa, antes de regalar mi estabilidad a la calle, me encuentro con el paso imposibilitado. Están arreglando algo y me están impidiendo que llegue al río, pero... ¿Quién se encarga de arreglar Paraná? ¿Tengo otra bajada para llegar a mi oasis tercermundista? Suena despectivo, pero les juro que así es.
En la imagen vemos como el paso es anulado, y hay vestigios de reparaciones en la calle. También vislumbramos al fondo el oscuro río y algunos árboles que empiezan a llenar sus ramas de verde u otros que aun son perezosos.

Imagen 3: Hay un responsable
Paraná es sumamente especial. Paraná está pretendida por dos partidos para oficializarla en sus mapas pero también para olvidarla y dejarla abandonada. Las quince cuadras que hago sobre Paraná con el auto en realidad es una experiencia aterradora para cualquier fanático del cuidado de un rodado. Lomos de burro, badenes, pozos, asfalto viejo. De todos modos, eso hace a Paraná algo ideal. No creo que puedan entenderme. Pero lo pretendo.
Aun así, en la imagen aparece un responsable, la Municipalidad de Vicente López carga con las reparaciones que el mismo cartel informa. También podemos ver el nombre de la empresa que licita la obra y unos pocos colores que predican: Cuidado, precaución, cerrado el tránsito.

Imagen 4: Río gris
Por lo general tengo un lugar predilecto para detenerme. Luego de encontrar una bajada alternativa al río, llego a ese lugar que siempre elijo y rápidamente me deshago del auto para adentrarme en lo “verde” y acercarme más a las opacas aguas. Esta parte de la costa del Río de la Plata se caracteriza por una parquización que va desde el comienzo de Vicente López hasta la marina de San Isidro. Si bien siempre hay un punto en común (juegos, estacionamientos para autos, baños, bares, etc.) cada parte de la costa tiene su particularidad: En Vicente López encontraremos más actividades artísticas, una movida interesante con respecto a los bares y una misteriosa continuidad hacia Capital Federal (los invito a conocer, no les adelanto más nada) y de Paraná para “allá” la costa se calma, se llena de más verde y permite darse el lujo de brindar tristeza, aunque el Tren de la Costa de tanto en tanto haga sonar su bocina (la cual también carga una especial melancolía) Es claro, yo elijo este sector, ya me pertenece.

Imagen 5: Playa de las vanidades
Después del estacionamiento para autos viene un sector parquizado. Pasto, flores, canto rodado, caminos de cemento, juegos para chicos (y no tanto) y más allá de todo esto, la mano urbanizadora del hombre se limita y permite que el agua se pose sobre una mezcla de suelo de arena, piedras, botellas, puchos, y otras porquerías. El río avanza hasta donde puede y parecería ser que intenta no arrastrar los despojos de los caprichos de los que lo visitan.
Al fondo algunos veleros reposando, algunos barcos camino al puerto de Buenos Aires y algunas boyas. En su orilla, yo desafiando al agua a que me moje las zapatillas mientras intento dar un paso más atrás cuando se acerca. Es siempre el mismo juego. El mismo juego dice que las manos van en los bolsillos del jean.

Imagen 6: El parking de la paz
Inmediatamente luego de jugar con el río, de recorrer su solitaria costa y de comprobar que esta todo bien, vuelvo al auto a encerrarme. ¡La idea de todo este viaje es casualmente esa! Tantos pasos previos para volver al auto, sentarme, poner música y fumarme un cigarrillo. Miren que simple era todo. Un directo recorrido Paraná abajo, una ubicación predestinada y un chequeo costero para acabar dentro del cubículo metalizado.
El estacionamiento debe estar a diez metros del comienzo del río. Es relativamente nuevo, un suelo asfaltado, un parador de troncos y una decorativa vegetación. Recuerdo que antes era suelo de tierra, no habían luces ni caminos ni juegos. Igual lo hecho de menos, aunque ahora me ensucio menos (y el auto también)

Imagen 7: Veo veo
Paraná es especial. El río es inmensamente solitario. Y mi idea es la de siempre, como estructurada. Después de fumar el cigarrillo, trato que el humo salga por las ventanas o abro las puertas. Soy fumador pero no me gusta ahogarme con mi propio vicio. Si la radio acompaña me quedo un rato más divisando el río desde el auto. Si no acompaña (la radio tiene esos días en que no quiere satisfacer mis necesidades) emprendo la vuelta por Paraná misma o por alguna calle interna de Martínez. Me gusta ver las mansiones... una especie de “masoquismo edilicio”.
Noto que antes de irme, el sol comienza a asomar unos celosos rayos entre sus pomposas nubes oscuras y el río toma un color distinto. Como barro lavado. Junto con los rayos de sol, aparecen nuevos visitantes que magnetizados por una fuerza especial, se desesperan en estacionar, bajar e ir hacia el río. Ellos no conocen de rituales, ni de silencios ni mucho menos de un pucho fumado en el ostracismo del auto. Ellos tienen la necesidad de abandonar sus carros... no les importa ni Paraná, ni lo obstruida que está la bajada ni si sus radios los satisfacen. Tampoco tienen la culpa.

Imagen 8: Éramos pocos...
Intuyo que el feriado de hoy, 15 de octubre (el Día de la raza fue el 12, pero conmemoramos el día que mejor se acomode a los bolsillos) tenía ocultas a las familias entre las decorosas plantas, pastizales, o bajaron todos del Tren de la Costa y se apropiaron de mi espacio. En unos veinte minutos, hordas de personas comenzaron a invadir el lugar y dejaron mezclar sus hábitos para no perder tiempo y disfrutar todo, antes que esas nubes cargadas dejen caer algunas gotas. Yo sin abandonar mi lugar de refugiado1 los miro y les saco fotos. Yo, sin dejarme intimidar, los miro y trato de comprender sus manías. Yo pienso que mejor me voy a mi casa... ya tengo en mi poder más de treinta fotografías, tengo que seleccionarlas, editarlas y luego volcar mis sentimientos en un procesador de texto. Ya tengo todo para hacer mi trabajo, pero también tengo una visita más a mi rincón en el mundo, por lo menos el que ahora me toca...
Daniel Francisco

28

Nunca se consideró una persona cerrada o rutinaria. Sin embargo una mañana, una brisa y una luz desconocida le hicieron cambiar esta concepción sobre si misma.
El viaje de ida al trabajo era en tren a las 7 de la mañana, y la vuelta en auto con una amiga de la oficina.
Ella siempre odió el tren, pero luego de 3 años aceptó que era necesario para poder trabajar, y compensaba su enojo evitando ese transporte el resto del día. Solo una vez por día, cinco veces a la semana y listo. Ni siquiera le era necesario viajar a través de todas las estaciones, dado que se subía en Merlo y se bajaba en Liniers.
“Me gusta demasiado dormir y prefiero entrar a la fuerza al tren que levantarme más temprano y viajar en colectivo”, me dijo una vez que le pregunté sobre su quehacer matutino.
Y así era como todas las mañanas se empujaba, entre trabajadores y estudiantes para entrar al último vagón del Sarmiento. “En el último vagón porque me queda más cerca de la salida de la estación”, respondió otra vez ante mi curiosidad.
Dentro del tren solo podía percibir la oscuridad, y el ahogo. Pero la consolaba saber que era solo por unos minutos.
Una tarde otra amiga me contó de las maniobras que realizaba diariamente para viajar al igual que ella, en el tren de las siete de la mañana.
Más allá de la sorpresa por su perseverancia cada mañana hubo algo de lo que me contó que no me pareció tan loco, y pensé en proponérselo a ella. La idea consistía en viajar en sentido contrario solo dos estaciones hasta la terminal y poder así viajar sentada, durmiendo tal vez.
“¡¿Durmiendo?!” me dijo exaltada. No lo podía creer, nunca pudo imaginar que dentro de esa sofocante realidad matutina se pudiera dormir.
Dos días después de nuestra charla, luego de mucho pensar lo intento. Cuando esa mañana el tren llegó a la terminal pudo ver bien, por primera vez, el interior del vagón. Se quedó por un momento observándolo; la forma de los asientos azules, los carteles de publicidad que ofrecían una realidad diferente, y algo más. Hubo algo en ese vagón que llamó su atención; algo que no pudo nombrar.
Tenía forma de cuadrado, era muy similar a las puertas pero más trasparentes y de menor tamaño. También se diferenciaba de las anteriores por la cantidad que había allí dentro. Contó ocho en total de cada lado. “Los toqué”, me dijo, “eran fríos y sucios, y algunos se encontraban como por la mitad, como si una parte les faltara”.
No pude entender bien a que se refería, pero la sensación que describió luego me facilitó las cosas. “Cuando el tren comenzó a moverse y salimos de la terminal una fuerte luz entro por esos agujeros, y una brisa también. Nunca pensé que se podría sentir una brisa en esos oscuros vagones que visito cada mañana”. Y fue luego de pronunciar esa frase que entendió algo muy importante; no tenía idea de que era eso que describía sin nombre, ese pasaje de luz y brisa le permitía ver cuan terca y rutinaria había sido en los últimos tres años.
Esa mañana no pudo dormir. Un pensamiento la atrapó y la acompañó hasta mucho después de haber abandonado la estación de Liniers. Descubrió que con solo un pequeño esfuerzo más se puede terminar con un malestar, con una fea sensación.
Esa mañana ella entendió que a veces el ahogo y la oscuridad cega, ocultándote otras realidades, tal vez más interesantes o no, quién sabe. Lo que sí es seguro es que si no intentaba ese día probar un nuevo recorrido, tal vez nunca hubiera conocido esa luz y esa brisa, que sólo una ventana anónima puede proporcionar.

Camila Müller

27

El Impacto

Con la mano todavía sudada y dolorida salí del edificio sintiéndome una cucaracha.
Un poco mareada, caminé hasta la estación pensando en la última pregunta del cuestionario. Estaba incompleta, yo sabía que los nervios me habían jugado en contra.
Saqué de mi mochila los clasificados y mientras esperaba el tren, me puse a marcar otras opciones de trabajo. Esta oportunidad la había perdido, otra vez.
Era temprano, por lo que sabía que no sería tan difícil subir al tren. Llegó y las puertas se abrieron, entré y me ubiqué con rapidez en un asiento vacío.
No sabía que diría al volver a casa. Tenía miedo que mi papá se enojara conmigo por haber echado a perder una posibilidad de trabajo, más aún teniendo en cuenta que él me había hecho la recomendación. Sin embargo el problema mayor no era él, sino mi mamá. Hace ya dos años que terminé el secundario. “Si no vas a estudiar anda buscándote un trabajo”. Me lo dijo días después de egresar. Ella siempre fue muy dura conmigo, mucho más que mi papá que siempre me consintió mucho, tal vez demasiado. Los dos eran una gran presión para mí.
Estaba llegando a la estación de Morón cuando sonó el teléfono celular. Miré la pantalla y vi quién me llamaba: “Sebas”. Mi mejor amigo no lo sabía, pero cuando él me llamaba siempre me aparecía un corazón con su nombre. Nuestra amistad comenzó hace ocho años, siempre estuve enamorada de él, pero nunca me anime a decírselo.
Cada navidad, cada cumpleaños, cada ocasión especial pensaba que ese sería el momento indicado para decirle la verdad. Pero nunca lo hacía y me terminaba yendo a mi casa con una sensación horrible de vacío, la misma con la que me estaba volviendo ese día de la nefasta entrevista de trabajo.
“Hola Sebas”, dije con naturalidad, ocultando los nervios que aparecían cada vez que me llamaba. “Hola Cami, ¿Estas ocupada?, te quería pedir algo”. Le dije que estaba volviendo a mi casa cuando me interrumpió, “¿Podes bajar en la estación de Castelar e ir para el paredón donde hice el graffiti la otra vez? ¿Te acordás que te lo señalé el otro día desde el tren?” Le dije que si pero no me permitió preguntarle para que quería que hiciera eso, cuando comenzó a hablar nuevamente, estaba raro, nervioso. “Andá para el paredón, cruzá las vías y lee lo que esta adentro del sobre que está pegado al graffiti. Cuando termines llamame”. “¿Es una broma?”, le pregunté. Él ya había colgado.
Al llegar a la estación de Castelar bajé sin dudarlo y llamé a mi mama para avisarle que llegaría mas tarde. Le hablé con rapidez, no quería que me preguntara sobre la entrevista. Colgué y apague el teléfono. Ella ya me había arruinado muchos momentos lindos en mi vida y yo sabía que algo importante estaba por suceder. El llamado de Sebastián me había dejado muy ilusionada. Mi imaginación me estaba jugando una mala pasada: ya no lograba distinguir lo que él me había dicho en realidad, de lo que yo había escuchado. Dudaba de haber aceptado ir y exponerme. Si era una broma me enojaría mucho. ¿Y si no? ¿Si en realidad de verdad me tenía que decir algo importante?
Decidí no pensar más y buscar el graffiti. Me estaba acercando al lugar que me había indicado mientras recordaba los pasos que me había marcado: cruzar las vías, buscar el sobre, leer lo que había adentro y llamarlo. Cuando lo encontré me acerqué lentamente a las vías, cuidando mis pasos y aguantando las ganas de darme vuelta para ver si él estaba ahí, observando mis movimientos.
Eran las cuatro de la tarde y el sol hacía brillar los rieles como filosas cuchillas. Del otro lado, en oposición a la vistosa callecita arbolada, la tierra negra y la basura casi no se distinguían una de la otra. El paredón blanco desentonaba con la suciedad del piso y en el centro el graffiti colorido obligaba a quien pasara por el lugar a notar su presencia.
El paisaje se encontraba desolado. Detrás de mí el silencio era escalofriante y la posibilidad de que él estuviera allí mirándome me incomodaba mucho.
Fue entonces cuando ví, pegado en el medio del paredón, el sobre blanco. Brillaba tanto que casi dolía verlo fijamente. Desde mi posición se divisaban las cintas que lo pegaban a la pared.
Los nervios me envolvieron y me paralicé. Mi cuerpo se quedó inmóvil mientras en mi cabeza miles de imágenes confundían mis pensamientos. ¿De qué se trataba todo esto? ¿Qué había dentro del sobre? No podía evitar sentirme ilusionada. Ya no me importaba nada: la entrevista de trabajo y la preocupación por mis papas habían quedado atrás. Estaba tiesa sobre los rieles y mis piernas no reaccionaban.
“¡Camila!”, escuche de repente. Parecía una voz del mas allá, un sonido que venía con el viento desde muy lejos. Con fuerza me di vuelta sobre mi eje y lo vi, con un ramo de flores en las manos y una expresión de pánico.
Su mirada estaba paralizada, casi tanto como mi cuerpo. Pude ver con claridad como una lágrima le corría por la mejilla y me preocupé. Seguí lentamente la dirección de su mirada: no me estaba mirando a mí, sino que sus ojos apuntaban a mi derecha.
Moví lentamente mi cabeza hacia esa dirección, intentando seguir su mirada. Entonces pude verlo, enorme, imponente, estaba muy cerca… demasiado. El brillo de los rieles bajo mis pies me encegueció por un instante, ya no pude divisar nada. Sentí en todo mi cuerpo el impacto, mientras las lágrimas rodaban en sus mejillas.

Camila Müller

26

Las contradicciones del turista

Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo, darle una moneda a un pobre…
La caridad es algo que no sólo se aprende en la escuela; también en la calle, en un trabajo o hasta en un viaje.
Existen casos en los cuales las personas son llevadas por una situación en particular a realizar un acto caritativo repentino y fugaz, no permitiéndole realizar una verdadera reflexión sobre esta actitud y exponiéndola luego a contradecirse de manera casi inconciente. Esta particular acción de caridad y la consiguiente contradicción es un fenómeno al cual se le puede encontrar con facilidad, escenario y protagonistas propios: nosotros lo relacionaremos en este caso con el turista que muchas veces, al elegir un destino que no se encuentra del todo adaptado a la llegada de éstos, termina tomando una actitud de superioridad con los nativos del lugar que visita.
Buscando un lugar dónde se dé esta situación con frecuencia, podemos ver que no hace falta remontarse a aquellos paisajes lejanos, cómo sería por ejemplo el África, donde se sabe, miles de hombres blancos viajan para ver como viven los animales y los hombres en la selva.
De hecho podemos observar que en una de las provincias de nuestro país suele ocurrir que turistas y nativos de una misma nacionalidad participan de este tipo de situaciones.
Se trata de la provincia de Jujuy, en cuya capital aterrizan cada verano cientos de turistas. Al llegar, estos bajan de los micros y se encuentran con la bienvenida de los pequeños niños que ofrecen cantarles una copla por unas pocas monedas. Los turistas exaltados por la llegada acceden instantáneamente al pedido de los pequeños lugareños. Luego de escuchar la copla siguen rumbo a sus hospedajes, mientras los niños corren en busca de otra camada de recién llegados.
Esta situación ejemplifica a la perfección la primera parte que compone el fenómeno del que hablamos: los turistas realizan una acción caritativa pero se trata de una actitud en parte obligada, y fundamentalmente desinteresada con la razón por la cual los niños se encuentran allí al pie de los micros, cantando al ver las monedas, tal como la foca baila al escuchar el silbato de su entrenador.
Decimos que este ejemplo es sólo una introducción al fenómeno del que hablamos porque el viaje sigue, y en el segundo destino obligado, también en Jujuy, el problema de la caridad desinteresada y sin reflexión da lugar a que aparezca la contradicción del turista.
El segundo destino, a diferencia de San Salvador, se encuentra mucho menos corrompido por el turismo. Se trata de la Quebrada de Humahuaca, donde se puede observar con claridad que la naturaleza no sólo se ve en el paisaje, sino también en sus habitantes, que lejos se muestran de estar acostumbrados y contentos con la llegada de los visitantes.
A diferencia de los niños cantores que asechaban a los recién llegados, se puede ver cómo los humahuaqueños están recelosos y sin intención de relacionarse con ellos. De hecho los visitantes, acostumbrados ya a la bienvenida que recibieron en San Salvador, se sorprenden al notar la indiferencia de los habitantes de la Quebrada.
Es en este particular paisaje donde aparece entonces la contradicción en las actitudes del turista, dejando ver con claridad el fenómeno del que hablábamos al principio. Los turistas interrumpen la cotidianeidad de los humahuaqueños: la acción caritativa de la que habían formado parte hacía unas horas los posicionó inconcientemente en un lugar de superioridad. Pero este paisaje y sus originarios, les exigía una actitud más neutral y distante; ellos no podían ya respetar ese pedido.
Esto se puede ver cuando al llegar, los turistas sacan sus cámaras y se disponen a tomar fotos de los nativos, como si estos fueran simples objetos del paisaje. Los humahuaqueños enojados les piden que dejen de hacerlo, dado que no quieren que les tomen fotos ni a ellos ni a sus animales, y mucho menos a sus hijos; explican indignados que las fotografías les quitan el alma a las cosas.
Lejos de entender o al menos reflexionar sobre el pedido de los nativos, los recien llegados se esconden y se agachan para sacar las fotografías: sus costumbres, que no son más que diferentes a las de los humahuaqueños, prevalecen en ese momento ante todo.
A partir de este segundo ejemplo podemos ver cómo el círculo se cierra: en un principio vimos cómo el turista es llevado a tener una actitud caritativa sin previa o posterior reflexión, posicionándose en una situación de superioridad. Esto lo lleva luego a contradecirse; ya es muy tarde para ponerse a la par del nativo, y la invasión con su cultura y sus cámaras de fotos los ponen en evidencia, indignando no solo al nativo, sino también a cualquiera que, neutralmente, pueda observar la situación.
En conclusión podríamos decir que al igual que pudimos encontrar dos situaciones con las que ejemplificar el problema de la caridad efímera y la consiguiente contradicción – el caso de la llegada de los turistas a San Salvador y luego a la Quebrada de Humahuaca- podemos también encontrar que existen dos víctimas de este fenómeno. Por un lado el más evidente, el nativo: aquel que por necesidad se debe adaptar al turismo y encontrar el beneficio del mismo, o aquel que por el contrario no se adapta y es invadido con cada llegada de los micros atestados.
Pero existe también otro afectado, el turista: este es llevado a formar parte de una contradicción que lo posicionaría con facilidad en el lugar del “malo”, aquel que con su cámara digital le quita el alma a las cosas. Sin embargo, si observamos con atención, no acciona con mala intención; sino que no le es permitido el tiempo de la reflexión. El ritmo con el que está organizado el viaje lleva a que éste sea caritativo en primer lugar y contradictoriamente invasivo luego.
¿Quién sería entonces el culpable de este fenómeno de contradicción, que envuelve al turista y al nativo, en la acción caritativa y la consiguiente invasión? En realidad no sé la respuesta… el trabajo de Diego Tatián1 me llevaría a pensar que tal vez el turismo. Pero esa sería solo la hipótesis inicial de un nuevo y seguramente más extenso ensayo.

Camila Müller

26

Trabajo: Escribir un breve perfil de un personaje público a elección recurriendo a la analogía con un animal.

El zorro rojo es un mamífero de unos 70 cm de longitud (sin contar la cola, que mide entre 30 y 35 cm). Tiene la cabeza ancha, un hocico afilado y adelgazado, orejas espaciosas, grandes y triangulares las cuales le permiten detectar sonidos sospechosos desde muy lejos.
En algunos países los zorros son una seria plaga. En la cultura occidental en cambio, éste animal es empleado como símbolo de astucia. Es también muy utilizado en las fábulas. Pero su participación en relatos va más allá de los cuentos de niños: éste mamífero es el protagonista de muchas películas y telenovelas en donde aparece como un héroe enmascarado, al estilo Robin Hood, que defiende a los pobres de los temidos ricos.
Más allá de las conocidas historias de zorros, existe una participación mucho más establecida de este curioso animal en la televisión argentina, lugar que en los últimos años se transformó en el hábitat de preferencia de los zorros.
Tal como lo describen en las enciclopedias, el zorro rojo se cría primero en la madriguera subterránea, lejos todavía de los flashes y el “glamour” del part-time de la televisión de aire. Pero esta madriguera se agranda y perfecciona constantemente, y el animal las utiliza por largos años. Los zorros saltan entonces a un escalón mucho más alto, conformando programas de televisión primeros en raiting durante años.
El zorro rojo es un animal muy discreto, que caza sobre todo por la noche. Durante el día permanece oculto entre los matorrales o sus madrigueras, desde donde puede ver el respeto que todo el reino animal de la televisión argentina le tiene, al punto de utilizar sus propios programas para ayudar a la caza de este animal.
Primero como conductor de un programa de televisión de juegos, chistes, y cámaras ocultas, esta especie se hizo lugar en el reino animal, subordinando a todo el resto de sus integrantes.
Luego el mamífero muy astuto, como explicaba más arriba, comenzó a utilizar un formato de programa de televisión europeo, haciendo bailar a su compás a todos los otros animales; cazando con mas facilidad a los roedores, aves, invertebrados y descerebrados que componen su menú.
La utilización de la prostitución como juego es una característica muy particular de este animal; un carismático demasiado alegre que ofrece constantemente realizar los sueños de los pobres, comprometiendo en la causa a lindas chicas que acompañan a los soñadores, obligándolas indirectamente a pasear, bailar, reír y llorar vistiendo solo pezoneras y mini shorts.
Por otro lado, la astucia de éste animal va más allá del hábitat de la televisión. La realización de sueños a los pobres, la entrega de computadoras en escuelas carenciadas y el intento constante de ser el alma salvadora de los habitantes de Bolívar, lo entromete cada vez más en una política de bienestar que, sin duda alguna, se trasformara en el carísma de un fiel privatizador.
El zorro rojo es un animal que parece lindo y tierno a primera vista, pero que sin embargo se encuentra entre las bestias más salvajes del reino.
Es un animal que ensancha su madriguera cada año un poco más; que somete a quien lo admira a una subordinación constante, llena de lágrimas y fervientes falsos agradecimientos.
El zorro rojo es de temer, porque aumenta su poderío a costas de la estupidización masiva del resto; es una bestia que si se lo deja, en unos pocos años lo encontraremos subido a alguna tarima, ofreciéndonos un futuro mejor, a costas de permitirle ser la autoridad mayor del reino.

Camila Müller

25

Ituzaingó, toda una historia.

Mi recorrido ya había comenzado, empecé a balancearme hacia los lados, el tren cada vez iba ganando más velocidad. Me invadía cierta somnolencia, quizás por la pesadez del ambiente, o quizás por el cálido sol que pegaba en mi ventana. Habían transcurrido unos veinte minutos; de repente me doy cuenta que ya falta poco para llegar a mi destino, hay algo importante que debo averiguar, algo que me ronda en la cabeza hace bastante… Finalmente llegué. Al bajar del tren, subí por un puente para cruzar al otro lado de las vías, pero no lo hice tan apresuradamente, me detuve en la mitad. Desde esa altura pude contemplar el paisaje que me brindaba ese lugar… las vacías vías del tren. En ese momento no hice más que perderme en mi pensamiento, analizando la imagen que tenía enfrente de mis ojos. Luego recordé a qué venía, giré hacia el costado y bajé por las escaleras de cemento del puente. Detrás de mí escuché la bocina del tren, indicando que seguiría su camino a la siguiente estación. Mientras tanto, emprendí un corto viaje a pie, mi destino final solo estaba a seis cuadras de allí. Sólo pensaba en lo importante que se sentiría mi bisabuelo José por acompañarme en este día; de chiquita solían contarme lo apasionado que era al hablar del lugar en que vivió, de los días en que el viajar en tren no era tan común.
Al llegar, me encontré con un viejo amigo, pero no era precisamente con él con quien deseaba hablar, al que estaba buscando era exactamente a su padre, Rolando Goyaud, un hombre entrado en años, y con mucha historia por contar. Ya había hablado con él un par de veces, era un señor muy instruido. Su atuendo era siempre el de un caballero prolijo y arreglado. Ese día Rolando llevaba un pantalón de vestir negro, acompañado por un pulóver de hilo gris topo, sobre una camisa en un tono claro que se escapaba por el escote redondo, sus zapatos de cuero parecían bien lustrados, y brillaban con el reflejo de la tenue luz de la sala principal. Paradójicamente su casa es un museo, allí tiene todo tipo de objetos y documentos con recuerdos de vecinos, y testimonios que datan de la época más antigua del barrio, de Ituzaingó. Sentía cierta fascinación y complacencia de estar en ese sitio. De un momento a otro, ya nos encontrábamos sentados cómodamente en una mesa, era particular, de madera antigua con un vidrio grueso que protegía su superficie.
Comencé a explicarle el porqué de mi visita. Se puso los anteojos, abrió una carpeta y empezó a buscar. Primero me contó una historia muy general sobre ese lugar, pero luego, con una pícara sonrisa en su cara, me dijo que hay cosas que la gente en verdad no sabe. Impulsada por mi ansiedad, mi primera pregunta fue sobre un lugar que resulta de alto interés para mi persona, el origen de la estación de Ituzaingó. Todo lo que quería saber giraba en torno a eso. Rolando, con un tono efusivo, había iniciado su discurso…
“El ferrocarril había llegado con intenciones británicas, las mismas que controlaban el puerto, la banca, el comercio exterior, y los mercados de origen, en los años sesenta del siglo XIX. El 20 de agosto de 1854 se inauguraba el primer tramo de 10 kilómetros entre las estaciones Parque, Plaza Lavalle, Once, Flores, Floresta. La estación Once era de madera, las vías de trocha angosta y de una sola mano, llegaron a Morón en 1859 y a Moreno en 1860”.
Algo de esto ya sabía por algunos libros de historia y economía de la secundaria. Seguí mirándolo fijamente, mientras continuaba con el relato…
“En 1974, por el centenario de la inauguración de la estación de Ituzaingó, el vecino Juan Guercio como empleado ferroviario, tuvo acceso al archivo de la empresa, que afirmaba que Don Juan Coquet, dueño del terreno, primero solicitó al ferrocarril que se le autorizase la construcción de una estación, aprobada el 13 de marzo de 1872, y transcribía a demás la resolución del directorio del Ferrocarril Oeste: “[…] que se establezca una estación entre Morón y Merlo en el terreno del señor Coquet, quien deberá donar una manzana de tierra, y construir en ella y por su cuenta, una estación con pozo de balde (un aljibe), y además pagará los sueldos de los peones, hasta tanto la estación produzca lo necesario para cubrir estos gastos. Firmado José Madero”. En ese instante dejó por un momento la carpeta que funcionaba como apuntador, y dirigiéndose a mí, se le escapó una carcajada irónica, donde él mismo, que ya conocía esta explicación, se sorprendía de tal respuesta. Yo también estaba sorprendida, era apenas el principio, y ya había algo raro en esa historia.
Luego continuó… “En 1828 el español Manuel Rodríguez Fragio, ingresó al país con pasaporte portugués. Testimonios de la época lo describen como grandote, muy vivaracho, y servicial, pero de leyes saber. Siendo casi un niño lo mandaron a la pulpería de Pedernera, allí escuchó que un hombre hablaba de negocios con otro vecino. Don Manuel Rodríguez llegó a un acuerdo con Juan Ponce de León, y le compró diez cuadras de campo. El precio fue un frasco de ginebra que éste debía”. Cosas de ese tiempo pensaba yo en mi interior… “La escritura se hizo en el boliche de Bartolo en Santa Rosa casi esquina Rivadavia, en 1870. Parte de las tierras de Santa Rosa pasaron a su poder favorecido mediante declaraciones juradas de vecinos que testimoniaron que era legítimo heredero de Francisco Ponce de León, cuyo nombre había aparecido en un documento vendido después de muerto, del cual podría surgir una venta apócrifa. Tuvo los testimonios de los vecinos Mateo Vásquez, José Querejeta, José Alvarez, Luis Pellón, Vicente Gonzáles, José Ibarra y José Pardo, este ultimo afirmo: “el 11 de octubre de 1872 solicitó al gobernador Mariano Acosta la aprobación de la tasa de un pueblo en el paraje Santa Rosa, donando tierras al Estado y al ferrocarril del oeste
Rolando me habló también, que en el documento rescatado del registro oficial de la provincia de Buenos Aires, se encuentra un acuerdo previo ante Rodríguez Fragio y el ferrocarril, para establecer una nueva estación: “Fragio, afincado en Merlo, el 11 de octubre de 1872 se dirigió al gobierno expresando que la dirección del Ferrocarril Oeste le había concedido el establecimiento de una nueva estación. Pero posteriormente no se encontró documentación que avalara tal acuerdo que decía el hombre, sólo figuraban documentos del anterior, Coquet” Algo misterioso, pero pareciera que Fragio estaba enceguecido por su ambición.
“Finalmente, el directorio había dispuesto inmediatamente la construcción y su habilitación al público el 4 de enero de 1873. Pero la estación no fue construida por ninguno de esos dos hombres que buscaban la valorización de sus tierras”
En ese momento me desconcerté un poco. Entonces ¿quién la había construido? Con una sonrisa cómplice y mirándome de reojo, Rolando prosiguió… “La hizo el mismo ferrocarril, que la pasó como gastos generales”. Luego de esta afirmación, y como sino hubiese pasado tiempo alguno, nos reímos pícaramente asintiendo con la cabeza; sin embargo, aunque confirmando que nada cambio. Rolando confirma mis sospechas con un documento mas: “la escritura por la que el Ferrocarril Oeste recibió el dominio de las tierras, tiene fecha del 29 de noviembre de 1873. Por ese dato, se advierte con sorpresa, que el directorio dispuso dicha construcción, sin tener las escrituras de los terrenos en cuestión”
Pero no fue todo, detrás de esa simple explicación había algo más… “No había trascendido que Don Manuel Rodríguez Fragio vendía todas las tierras al Dr. Nicolás Avellaneda, ministro de educación, y de justicia de la nación, en el mandato de Sarmiento, Palemón Huergo, presidente del Ferrocarril Oeste y Teodoro Mora. La escritura se realizó en la fecha 2 de enero de 1874, ante el escribano Vicente Artola, dos días antes del remate inaugural, pero sin incluir para nada todo lo que había donado Rodríguez Fragio por haberla vendido”
“El vecino Juan Guercio, concluyó diciendo que habría existido un pacto de caballeros entre Juan Coquet y Manuel Rodríguez, que explicaría la modificación de la ubicación de la estación al terreno del segundo, y por el cual Coquet fue forzado a renunciar al proyecto que le habían aprobado. Sin duda una estación contribuía a la valorización de las tierras; y finalmente los beneficiarios del loteo fueron los integrantes de una sociedad comercial formada por las autoridades y los empresarios, Avellaneda, Huergo y Mora”
En ese momento, me di cuenta que mis ojos estaban muy abiertos, me retiré un poco hacia atrás, como regresando a mi realidad. Pensé que ya me había aclarado muchas cosas, pero me faltaba algo más. Tenía una seria duda, porque hoy la estación se llama Ituzaingó, pero durante la charla rolando la recordaba bajo el nombre Santa Rosa. Rolando me explicó que, en verdad en un principio así se llamaba el pueblo, pero con la llegada de la estación todo había cambiado: “El directorio bautizó a la estación con el nombre de Ituzaingó por una batalla en la que los argentinos vencieron a los brasileños en territorio del Brasil donde había un arrollo llamado Ituzaingó, que en guaraní quiere decir “agua que cae”. Sin embargo, la batalla que se realizó en aquel lugar, carece de toda relación geográfica e histórica con esta zona, pero a pesar de esto, la popularidad que con el tiempo fue alcanzando el nombre de la estación Ituzaingó, y el impulso que brindó el ferrocarril al desarrollo de la localidad, terminaron desplazando el nombre original de Santa Rosa por el de Ituzaingó; aunque formalmente nunca existió tal modificación”
Además de esto, me contó que la estación no pudo funcionar el día de su apertura…“El 3 de enero de 1874, el diario La Nación anunciaba: “la estación debió haber sido abierta al público hace un año (1873), habiéndose suspendido su inauguración por causas que acaban de ser definitivamente allanadas, por causas que están superadas”” Parece increíble, pero no era ninguna novedad… “asombrosamente, se disponía habilitada al público una estación en un lugar donde no vive gente, por lo tanto no hay pasajeros ni carga”…Para mis adentros yo pensaba… hoy el problema no es la falta de pasajeros, es la gran cantidad de ellos, lo que a veces no permite el funcionamiento del tren.
En aquella época, según Rolando, en el pueblo sólo había algunas pulperías, un poco alejadas de lo que sería hoy la estación. Luego, las personas que estaban de paso por aquel lugar, eran los lecheros que vendían vacas, militares y comerciantes, que viajaban al interior del país. “Siempre que se ponía un comercio lo hacía alrededor de la pulpería, que se llamaba Santa Rosa, pero cuando se hizo la estación, el pequeño comercio incipiente que empezó a haber se mudó al lado de la estación; era el único lugar importante, y el único lugar que tenía un cartel que decía Ituzaingó”
Luego a forma de síntesis, Rolando me dio como referencia algunas perspectivas para que yo pudiera imaginarme cómo era la historia en aquel momento…
“Los dueños de las tierras en ese tiempo, querían que la gente que pasaba se quedara, para que cosecharan su tierra y poder mandar su recolección a la capital; se les daba facilidades a la gente para que se queden. Ellos mismos se hacían el pan y otros alimentos. Pero más tarde la gente dejó de hacer lo que antes no conseguían. Algunos individuos que se habían asentado en ciertos lugares comenzaron a producir objetos como ladrillos, alimentos como el pan, y así comerciarlos y venderlos a las personas de los pueblos. Todo gracias al tren que transportaba el cargamento”
“También, en un principio no había médicos en Ituzaingó, venían de Moreno en tren. Paraban en la estación, y los médicos revisaban a todas las personas arriba del tren, que se quedaba parado allí hasta que terminaban de revisar a todos”
Lo gracioso vino después… “Si una persona tenía un pariente en la Capital, y querían comunicarse, el que escribía desde Ituzaingó ponía el nombre, apellido y dirección de la persona que vivía en Capital, pero el que escribía desde Capital, lo único que ponía era el nombre y apellido de la persona y la mandaba hacia Ituzaingó. El tren hacía de cartero en esa época, entonces, bajaban los paquetes con las cartas y los dejaban en la estación. El encargado de la estación abría los paquetes, ordenaba las cartas en orden alfabético, y las guardaba en un cajón, y por una ventanilla las repartía”
A pesar de que hoy ya no se usan mucho las cartas, creo que hubiera sido divertido intentar mandar una a Ituzaingó en aquella época…
De repente sonó el timbre. Eran unas señoras que venían a ver el museo, el cual es gratuito y sin ninguna restricción. Por suerte ya había terminado de hablar con Rolando, la entrevista llegaba a su fin, así que apagué mi grabador y guardé todo en mi cartera. El me preguntó si me había quedado alguna duda, o necesitaba saber algo más, pero le dije que no. En verdad estaba satisfecha con todo lo que pude aprender, enterarme y descubrir. Esa tarde, que había nacido como una mas, ahora se terminaba, el sol se escondía detrás del horizonte, y yo estaba de vuelta en el tren… que ya no tenia los mismos vagones que cuando se inauguró, pero aquel horizonte, que parecía no tener comienzo ni final, guardaría en mi memoria y mi retina, la misma estación ubicada en el mismo lugar… ese mismo lugar que mi bisabuelo alguna vez contempló

Georgina Vicente

24

“El amor a las seis”

Ese viernes, salí del trabajo bastante temprano, por suerte. Fue un día bastante complicado, hubo varios problemas que resolver en la oficina: mandar mails urgentes, atender a los clientes, completar formularios, pero, entre tazas de café, y mucha paciencia, pude solucionarlos. Es increíble cómo, los jefes, siempre te piden cosas, aunque falten 5 minutos para terminar tu horario de trabajo. Gritan y se ponen histéricos, como si se tratara del fin del mundo, como si fuera culpa de uno que ellos, a último momento, se acordaran de presentar los informes al gerente.
Ese día, sentía un nerviosismo interno, que recorría todo mi cuerpo, todo mi ser, que no podía controlar. Había una atmósfera bastante particular en la oficina: todos me miraban de forma extraña, sospechosa, casi como a un criminal; creo que suponían que algo distinto pasaría, en mi vida, aquel día. Hasta mi jefe parecía sospechar que haría algo indebido, porque me dijo:
-¡Qué suerte que ya es viernes! Aprovechá el fin de semana para levantarte una mina, pero cuidado, que no te agarren con las manos en la masa -se reía sonoramente.
No me gustó nada lo que me dijo, me hizo sentir incómodo, pero no tuve más remedio que callarme, sonreír, y hacer como si nada hubiera pasado, ignorando su comentario, como hago la mayoría de las veces.
Por suerte, el parque, que es el lugar dónde siempre voy a descansar, está a sólo cuatro cuadras de la oficina, así que, cuando salí del trabajo, me fui para allá.
Se notaba que era viernes: había mucha gente comprando, tanto en los negocios como en los puestos de los vendedores ambulantes, todo el mundo estaba caminando por la calle, casi ni se podía circular; otras personas, estaban desesperadas por llegar, lo más rápido posible, a sus casas, al encuentro de sus familias, pero yo tenía otros planes para esa tarde. Caminé, febrilmente, entre las personas que pasaban, esquivándolas, tratando de que no me miraran demasiado; de todas formas, no tenía por qué apurarme tanto, era temprano todavía.
Entré al parque por la entrada principal, que daba a la avenida; comencé a caminar por el sendero de cemento, que conducía al centro del parque. Este camino, estaba bordeado de flores coloridas y perfectamente cuidadas, árboles erguidos y radiantes, faroles altos, que iluminaban el parque de noche, bancos verdes para poder sentarse a descansar y pensar.
Ese viernes, era un día particularmente hermoso: hacía calor, podía sentir como el sol caía exactamente sobre mí y me irradiaba su calidez, llenándome de energía, de valor. Lo único que me molestaba era que hubiera tanta gente, sentía que todos fueron para ser espectadores del acto vergonzoso que, ese mismo día, iba a ejecutar; parecía haber una extraña fuerza, no benévola, que estaba jugando en mi contra.
Busqué un banco para sentarme, un lugar para poder reflexionar conmigo mismo. Toda la vida traté de pasar desapercibido entre la gente, nunca me gustó ser un tipo que llamara demasiado la atención, siempre fui más bien callado y cohibido, de cabeza gacha la mayoría de las veces, con bastantes problemas para acercarme a las personas; por eso, aún me sorprende lo que hice, aquello que, posiblemente, ha dejado una marca en mí, la marca de la mentira y el engaño.
Mientras corrían los minutos, observaba a mí alrededor: los chicos les rogaban a sus padres y abuelos que los llevaran a los juegos, las personas charlaban animadamente, caminaban buscándose, tratando de sentirse acompañadas, queriendo conocerse. Había grupos de adolescentes sentados en el pasto, bajo los árboles, tomando mate. También, se oían los colectivos que pasaban, interrumpiendo la tranquilidad del parque. Los pájaros cantaban, anunciando el comienzo de la primavera, que siempre fue, para mí, la mejor época del año. Muchas veces deseé ser un pájaro, para vivir en libertad, sin presiones, ni preocupaciones, ni nadie que me diga lo qué tengo que hacer o cómo tengo que ser y poder ejercer el derecho que todos deberíamos tener: el libre albedrío.
Me levanté del banco porque me dieron ganas de ver libros, así que emprendí camino hacia los puestos de venta, que se encuentran en la otra punta del parque. Hacía mucho tiempo que no los recorría. Mientras caminaba hacia mi destino, pasé por al lado de jóvenes sentados en el pasto, parejas besándose, madres llevando a pasear a sus bebés en carritos, todos con caras de felicidad, con grandes sonrisas. Personas que caminaban y trotaban, escuchando música desde el MP3, hasta había una chica que estaba haciendo ejercicio con su personal trainer.
Miré mi reloj, recién eran las 17:30, era temprano, mi encuentro sería, recién, a las 18 horas. Comencé a dudar, ya que nunca fui una persona demasiada segura y decidida. De golpe, apareció en mí un sentimiento horrible, llamado culpa. Se me cruzó por la cabeza la idea de no ir al encuentro, pero no podía hacer eso, porque yo nunca dejaría a una mujer plantada, va contra mis principios, sería demasiado cobarde de mi parte.
Cuando continué mi camino hacia los puestos de libros, logré salir de mis pensamientos gracias a que una mujer mayor y su nieto se me acercaron. La señora, tenía el pelo blanco y corto, ojos celeste cielo, y llevaba un bastón en la mano, para ayudarle a caminar; el nene, tenía unos cinco años de edad, tenía el pelo ondulado, y ojos grandes y soñadores, seguro que recién había salido del colegio, porque llevaba puesto el guardapolvo del jardín.
-Disculpe, señor, ¿podría decirme la hora? -me preguntó el nene, que se había parado justo al lado de su abuela.
El niño me dio mucha ternura, me hizo acordar a mi hijo, Tomás, cuando tenía esa edad.
-Sí, cómo no. Son las cinco y media de la tarde.
-Gracias -me dijo la señora. Y se fueron.
Luego de haber cruzado todo el parque, llegué a los puestos, que estaban tal cual los recordaba, ninguno había cambiado de lugar. Estos están apartados, del resto del parque, por una reja blanca, y aquí no hay ni árboles, ni plantas, ni pasto, sino que el piso es de yeso. Todos los puestos eran iguales: estaban hechos de metal verde oscuro, tenían una mesa de madera, para apoyar los libros, y unos estantes en la parte de atrás, que es dónde los guardaban. Había muchas personas observando los puestos, mirando libros, levantándolos y tocándolos, leyéndolos, preguntando precios.
Me dirigí hacia mi puesto favorito, el que, para mí, es el mejor: el nº 34. La dueña del puesto, una señora de unos cincuenta años, de cabello oscuro y sonrisa amable, ya me conoce hace mucho, siempre me saluda muy cordialmente al verme, se puede decir que ya soy cliente; allí, siempre se encuentra lo que sea, cada vez que he ido a buscar algún ejemplar determinado jamás volví con las manos vacías.
Me encantan los libros, no sólo leerlos, sino también sentir sus tapas, sus hojas fibrosas y cortantes, con ese olor tan peculiar. Toda la vida soñé con ser un ermitaño, un solitario, vivir solo en la ciudad, leyendo y escribiendo novelas; pero, en cambio, terminé casándome, formando una familia y trabajando nueve horas, encerrado en una oficina. Recuerdo que, cuando le compre a Julieta y a Tomás, mis hijos, la colección completa de “El señor de los Anillos”, acá en el parque, me salió mucho más barata que adquirirla en cualquier librería de un shopping. También me acuerdo que, cuando le compré a mi esposa, Carolina, “Rayuela”, de Cortázar, se había puesto muy contenta; en esa época éramos felices, ahora parecemos dos extraños que viven bajo el mismo techo y duermen en la misma cama. No entiendo muy bien qué fue, exactamente, lo que nos pasó. Una vez, mientras cenábamos solos, porque los chicos habían salido, se lo pregunté:
-El tiempo –me respondió, con los ojos llorosos, casi sin voz. Su aliento olía a alcohol, y a olvido, a un profundo olvido, eso me devastó. Luego de responder, se limitó a callar.
Y yo, hasta el día de hoy, sigo sin comprender qué clase de respuesta fue esa. El tiempo es algo efímero, no se puede ver, no se puede tocar, realmente no creo que sea algo real, es simplemente una denominación que le puso el hombre a aquello que no puede controlar. Tal vez, fueron los obstáculos de la vida y las dificultades que se nos han presentado en el día a día lo que nos separó. Lo peor de todo, es que no estoy seguro de seguir enamorado de ella, y creo que Carolina siente lo mismo con respecto a mí; pero, la palabra divorcio no está en su diccionario, por más que se lo pidiera, ella no lo aceptaría, porque hay que guardar las apariencias y no demostrarle a los demás que tenemos problemas.
Seguí recorriendo los puestos, sin una intención determinada; creo que, simplemente, quería llenar mi alma con la presencia de esos libros. Siento un vacío en mi interior que me lastima; antes podía reírme y vivir cada momento plenamente, pero ahora me olvidé la manera de disfrutar la vida con intensidad.
A medida que avanzaba en mi recorrido, observé que, en los puestos, había libros de todo tipo: novelas, colecciones de cuentos y poemas, libros de Psicología, Filosofía, Política, Sociología, entre otras áreas. Me detuve en uno, para poder observar mejor un libro de Hesse, que me había interesado. En este mismo puesto, había una chica, de unos treinta y cinco años, que estaba mirando libros con su amiga. Mientras observaban, le contaba que, cuando era chica, los abuelos de ella, alquilaban una casa en la costa en el mes de enero, y salían de vacaciones como los Campanelli, con toda la familia completa. Yo también, cuando era chico, me iba de vacaciones de esa forma: íbamos con toda la familia entera a la playa y nos quedábamos los tres meses de verano allá. Durante el día, jugábamos a la paleta, al fútbol, hacíamos carreras para ver quién llegaba primero al mar. Había noches en las que hacíamos fogatas en la playa y, como mi tío Emilio sabía tocar la guitarra, todos los chicos cantábamos al compás de la melodía del instrumento de cuerda; era maravillosa esa época, uno de los mejores momentos de mi vida, me divertía muchísimo.
Decidí salir de los puestos y seguir recorriendo el parque un rato más, no iba a privarme de tomar aire puro en una tarde tan hermosa como esa.
Al mismo tiempo que caminaba, una extraña sensación volvió a apoderarse de mí, una fuerza incontrolable, más grande que mí mismo y que el mundo entero: la inseguridad. Volví a dudar en salir corriendo o no. Tenía un gran dilema moral en mi interior: por un lado, quería escapar de la vida que me ahogaba y absorbía, quería dejar atrás todo aquello que me hacía mal; pero, por el otro, sentía que le estaba fallando a muchas personas, y que no me estaba comprometiendo con la vida que, supuestamente, yo elegí. ¿Cómo fallarle a mi familia? Todos me mirarían como a un pecador, porque en todo momento se debe guardar la compostura, eso fue lo que siempre me han enseñado, desde chico, en todos lados: en casa, en el colegio, en la iglesia, en el club.
Seguí caminando, con todos estos pensamientos en la cabeza, y me metí entre unos árboles altos, sin pisar el pasto, porque no estaba permitido. De esta manera, llegué a los juegos infantiles, desde los que ya, a pocos metros de arribar, se empezaban a escuchar las risas de los niños, que estaban jugando y divirtiéndose.
El sector de juegos poseía un arenero gigante, hamacas de colores, un tobogán, tres subibaja y dos pasamanos, todos estos rodeados por pasto, árboles y arbustos de color verde manzana; a muy pocos metros de allí, estaba una de las entradas al parque. Cuando llegué a aquel lugar, la sonrisa de los chicos iluminaba los alrededores. Se podía sentir la alegría que irradiaban, pude sentir su felicidad. Jugaban acompañados de sus padres, amigos, abuelos, hermanos. Había niños tirándose por el tobogán, otros hamacándose en las coloridas hamacas, trepándose en el pasamanos. Todos se estaban divirtiendo en la arena, había algunos que jugaban con muñecos y juguetes traídos de sus casa, con juegos de mesa, con pelotas de colores. Las palomas volaban sobre los juegos, aterrizando en la arena junto a los nenes, provocando que, más de uno, salga corriendo por temor a este animal alado.
Observar a los chicos jugando, me hizo acordar a las veces que llevé a Julieta y a Tomás a la plaza: pasábamos todo un día ahí, juntos, sólo nos reíamos y nos divertíamos.
En ese momento, se escuchó el grito de un nene, de unos cuatro años de edad:
-¡Hoy es el mejor día de mi vida!
¡Qué fácil y maravillosa era la vida durante la niñez! Todo me hacia sonreír, todo me parecía gracioso; cada segundo de mi existencia era mágico, único e irrepetible. Era grandioso vivir sin preocupaciones, sin pensar en un futuro próximo, sin hacerme ilusiones por cosas que difícilmente sucederán.
Cuando me di cuenta, había pasado cinco minutos mirando a los chicos como un zombi, estupefacto, maravillado, con una gran sonrisa de satisfacción en el rostro. Para evitar que todos pensaran que era un pedófilo, por quedarme observando a los niños, me empecé a alejar de los juegos, casi corriendo.
Todavía, podía oír los alegres murmullos, las alegres voces de los nenes disfrutando de los juegos, de una bella tarde al sol, una tarde de paseo, de diversión y aventuras. Caminé desde los juegos para chicos, en dirección a uno de los costado del parque. Me tropecé con adolescentes en bicicleta, chicos jugando al fútbol, gente corriendo alrededor del parque, haciendo ejercicio. Un joven, de unos veinticinco años, me detuvo y me preguntó:
-Che, flaco, ¿Tenés fuego?
Yo lo miré petrificado, unos segundos, con el entrecejo fruncido. ¡Qué descortés y maleducado!, no era su amigo para que se dirigiera a mí de esa manera, ni siquiera lo conocía.
-No, no tengo fuego -le respondí, con indignación. Luego, se alejó con cierto aire ofendido.
Seguí caminando por el centro del parque, encontré un banco desocupado, se me ocurrió sentarme. Se me acercó un nene humilde, con la ropa sucia y raída, parecía un poco desnutrido.
-¿No tiene alguna moneda, señor, por favor? -me preguntó, con los grandes, oscuros y profundos ojos bien abiertos. Tenía una mirada muy penetrante.
Me dio lástima, pero, a la vez, sentí respeto por él. ¿Quién lo diría? Un chico de la calle, que en vez de estar en la escuela estaba pidiendo monedas, fue más educado que el joven que me pidió fuego, que, seguro, sí fue al colegio.
-No, no tengo una moneda -le respondí-. Pero te vas a quedar acá sentadito, porque te voy a ir a comparar algo para comer, ¿querés?
Asintió con la cabeza, con una gran sonrisa. Fui hasta una especie de quiosco que hay en el parque, compré un paquete de galletitas y una leche chocolatada para que tomara. Cuando volví al banco, el nene seguía allí, con una gran sonrisa en el rostro.
-Acá tenés –le dije, amablemente.
-Muchas gracias, señor -me agradeció, devolviéndome una sonrisa. Luego, se fue.
Volví a sentarme en el banco. De repente, sentí que algo me mojaba, y pensé que era sólo mi imaginación, pero, posteriormente, comprobé que no era así, que estaba realmente sucediendo; miré a mi izquierda, había un rociador para regar el césped y las plantas. Un grupo de adolescentes, que se encontraban cerca de mí, pero no lo suficientes para ser alcanzados por el chorro de agua, comenzaron a reír al ver que yo era mojado. Inmediatamente, me levanté del banco. Por suerte, el rociador sólo me había mojado un costado del pantalón de vestir. Me alejé de allí, y aceleré aún más el paso para no tener que seguir oyendo las carcajadas de los chicos, que constituían la banda sonora del momento que, para ellos, fue muy gracioso, pero no lo fue para mí.
Se me cruzó, fugazmente, un pensamiento: ¿qué diría ella si me viera con la ropa mojada?, tal vez pensaría que soy un descuidado o un imbécil, como cree mi esposa. No, ella no era como Carolina, no era cruel, le importaban los sentimientos de los demás.
Mientras seguía caminando, luego de abandonar el banco, vi a una nena que le pedía, a su abuela, que le compara pochoclos.
Eso me hizo recordar cuando, durante mi niñez, iba a la casa de mis abuelos y ellos me llevaban siempre a jugar a una plaza, que estaba cerca de dónde vivían. Amaba ir a jugar ahí, me divertía muchísimo, pasaba horas y horas arrastrándome por la arena, trepándome y balanceándome, jugando en el subibaja. Después, mi abuela, me preparaba la leche, con el biscochuelo de vainilla que hacía ella misma. ¡Cómo disfrutaba de jugar en esa plaza!, fue uno de los mejores momentos de mi infancia, aún siento nostalgia cuando paso por allí cerca.
El sol estaba comenzando a bajar muy lentamente, empezaba a correr una brisa fresca, algunos estaban abandonando el parque. Me detuve frente a un gran grupo de flores, que eran alegrías del hogar, de color rosa, fucsia, rojo, y lila. Carolina tiene unas cuantas en el jardín de casa, las cuida como a su vida y les presta mucha atención.
Para nuestro primer aniversario, le regalé una planta de ese tipo, grande y florecida, era la planta más linda que tenían, en ese momento, en el vivero. Recuerdo que, esa noche, se acercó a mí, me besó de forma dulce y cálida, casi con aroma a frutas, y me dijo al oído:
-Este fue el regalo más lindo que alguien me hizo en toda mi vida. Gracias.
De repente, se me cruzó una idea por la cabeza: ¿y si cortaba una flor del parque para regalársela a aquella mujer, con quién me encontraría a las seis de la tarde, que no es mi esposa?, creo que, en otro momento, no lo hubiera hecho; sentí un impulso que vino desde lo más profundo de mi ser, que me ayudó a animarme a arrancar la flor. Miré a mi alrededor, para comprobar si había alguien por allí que me pudiera ver, y, disimuladamente, me agaché y corté una de las flores.
Muchos, la gran mayoría de las personas, piensan que la infidelidad es cuando te acostás con alguien que no es tu esposa, yo creo que la infidelidad comienza por la mente. No sé cómo pude hacerlo, yo nunca fui de hacer esas cosas; pero, cuando un compañero del trabajo me comentó sobre un chat muy divertido, al que entraba gente muy interesante, sentí una gran tentación, entonces decidí ingresar. Al principio, iba todo tranquilo, no había conocido a nadie fascinante, hasta que, cuando estaba a punto de desconectarme, apareció ella. Comenzamos a hablar y, al parecer, los dos sufríamos del mismo mal: un matrimonio desgastado. Los dos teníamos dos hijos, ella era ama de casa y le gustaban mucho las flores, pero, como su más secreto deseo, le hubiese gustado vivir en el Sur, en una cabaña, y cocinar tortas, mermeladas y chocolates para venderle a los turistas. Comentó que estaba aburrida de su vida y que se sentía muy sola, al igual que yo. Luego, le conté lo que había soñado para mi vida cuando era soltero, y, después de hablar varias veces por Internet, ella me confesó que la soledad que sentía se estaba yendo gracias a mí. En ese momento, mi corazón comenzó a latir a gran velocidad, y le revelé que ella se había transformado en alguien muy especial, entonces, le propuse que nos encontráramos, que quería conocerla. Sentía que me estaba enamorando de esta mujer, cuyo rostro y nombre desconozco.
Aceptó sin dudar, detalló la fecha, la hora, el lugar, y dijo que estaría vestida con una pollera rosa, zapatos altos negros y camisa celeste. Acepté sus condiciones de encuentro, y le dije que yo estaría de traje azul y corbata lila.
Miré mi reloj, eran las seis menos diez, ya era hora de ir hacia el Monumento de Simón Bolívar, el lugar de encuentro que habíamos pactado. Mientras caminaba, comencé a sentir algo que me molestaba dentro del zapato, de seguro se me había metido una piedrita. Intenté seguir avanzando, pero me incomodaba demasiado, entonces, paré unos minutos y me quité el mocasín. En ese instante, escuche una voz conocida que me dijo:
-¿Tanto te duelen los pies que no podes esperar a llegar a tu casa para sacarte el zapato, desubicado?
Levanté la vista y vi a Jorge, un compañero de trabajo. En ese momento me puse pálido, abrí los ojos con expresión de sorpresa, comencé a transpirar profusamente, me temblaban las rodillas, me paralicé.
-Bueno, tampoco es para que lo tomes a mal, era solamente una broma -respondió él, al ver la expresión de mi cara.
-¿Qué haces acá, Jorge? -me apresuré a preguntarle.
-Atravesaba el parque para llegar más rápido a la parada del colectivo. ¿Vos qué haces acá?
Me costó mucho, pero me apresuré por sonar tranquilo y convincente, como si nada estuviera pasando por mi cabeza.
-¿Yo?, nada, simplemente descansaba acá y tomaba un poco de aire fresco -contesté.
Al principio parecía desconfiar un poco, pero luego me creyó.
-Ah, está bien, hay que disfrutar un poco del aire puro y la naturaleza –comentó-. Bueno, me voy, porque quiero llegar a casa. Nos vemos el lunes, buen fin de semana. Cuando Jorge se fue, me apresuré a sacar la piedra de mi calzado y a ponérmelo.
Todavía estaba en estado de shock. ¿Y si había otra persona conocida que me viera y le contara a Carolina?, si eso pasara sería todo un bochorno. Comencé a dudar, cada vez más, sobre si quedarme o no. Las piernas todavía me temblaban, el corazón me latía muy rápido, no sabía que hacer. Miré mi reloj, para ver si todavía estaba a tiempo de irme, pero ya era tarde: eran las seis menos cinco, era hora de conocerla, así que seguí camino hacia nuestro punto de encuentro.
El monumento de Simón Bolívar era un gran rectángulo de concreto color crema, en el centro, se alzaba una estatua de Bolívar montado a caballo, y, a los costados, había otras dos estatuas de mujeres; todo el monumento estaba rodeado de arbustos, que estaban contenidos en un cantero que servía de asiento. Cuando llegué al lugar dónde nos reuniríamos, había algunas personas al pie de este, sentadas en el cantero, eso me hacía sentir profundamente incómodo. Me senté a esperar, con la flor en la mano. Estaba muy nervioso, sacudía un pie de forma frenética, y me movía inquietamente.
Cuando miré al frente, venía una mujer vestida de acuerdo a lo descrito por mi amada. Mi corazón empezó a latir con rapidez, comencé de nuevo a transpirar profusamente, me puse de pie para recibirla, miraba a los costados para ver si había alguien conocido. La mujer estaba cada vez más cerca, cuando, de repente, me di cuenta que conocía a aquella mujer que se estaba acercando, y que, sin lugar a dudas, no era aquella a la que yo esperaba.
-¿Carolina? –dije, apresurándome a esconder la flor, y notando que ella estaba particularmente hermosa y bien vestida.
-¿Enrique, qué haces acá? -me preguntó ella, inquieta y sorprendida.
-¿Yo? -respondí nerviosamente- estoy... esperando a los muchachos de la oficina para ir a tomar algo. Quedamos en encontrarnos por acá.
-Ah, entiendo –respondió, sin salir de su sombro. Se notaba, a simple vista, que no esperaba encontrase conmigo.
-¿Y vos, qué haces acá? –me impulsé a preguntarle.
-¿Yo? Bueno... vine a encontrarme con las chicas, para tomar un café. ¿Qué extraño encontrarnos nosotros dos acá, no? Qué se le va a hacer, no se puede ir contra el destino, uno propone, pero Dios dispone. ¡Y pensar que tenía tantas ilusiones! –dijo, con cierta ironía en la voz-. Bueno, mejor voy. Y se fue caminado, en dirección a una de las salidas del parque.
-Está bien -respondí yo, aunque no entendí lo que me quiso decir.
¡Qué suerte la mía!, encontrarme con mi esposa justo ahora. ¡Y qué casualidad, que Carolina y mi amada tuvieran el mismo gusto para vestirse, siendo tan diferentes una de la otra! Menos mal que mi querida todavía no había llegado, así aprovechaba para que se secara el pantalón.
Seguí esperándola, hasta que se hicieron las siete y media de la tarde, pero nunca llegó. Me daba curiosidad saber qué le había pasado a mi misteriosa mujer, que no había venido. Seguro que el esposo no la dejó salir, o tal vez le agarró miedo e inseguridad a último momento, o tuvo algún problema para llegar hasta acá, porque no funcionaba el subte o el auto. Espero que, la próxima vez que concretemos un nuevo encuentro, podamos conocernos, no importa cuanto demore, días, meses, años, yo voy a esperarla hasta que esté preparada.
Estoy seguro que esta mujer logrará darme la felicidad, por eso tengo que conocerla...

Jésica Bosso