Little Miss Sunshine
Un viaje por el que todos pasamos alguna vez, aunque no necesariamente con el sustento de un viaje físico, son las situaciones familiares que se plantean en la película Little Miss Sunshine. Una trama llena de sutilezas que despiertan sensaciones de todo tipo en el espectador. Extrañeza y empatía, diversión y angustia. Una familia de locos, pensarán algunos, pero ¿quién no se encontró alguna vez en una escena familiar digna de una película de Almodóvar? En esta película, en que los locos y los cuerdos se confunden y entremezclan, el viaje que une a los protagonistas es también un periplo personal de cada uno hasta un estado diferente al que tenían al comienzo.
Un aspecto que en mi análisis se repite en todas las situaciones por las que atraviesa la película es el tema de las obligaciones; el lugar al que cada personaje, por convención, le toca ocupar en su familia, y de qué forma cada uno elige llenar su lugar. Es el caso de Dwayne, el adolescente que reniega del mundo y prometió no hablar una palabra hasta conseguir entrar a la academia de pilotos. Este personaje, que desde su cómoda y aceptada posición de odio a su familia, aparentemente no necesitaría cumplir ninguna expectativa ni atenerse a necesidades ajenas, tiene su momento débil cuando accede al viaje con su familia por el sueño de su hermana de convertirse en la ganadora de un concurso de belleza infantil. Lo afloja su obligación como hermano mayor de la tan tierna y tan poco culpable de sus angustias, Olive. Su madre, Sheryl, quien esquiva sin culpas sus responsabilidades como ama de casa, pero se hace cargo de su hermano Frank, quien luego de un intento de suicidio, no puede vivir sin una persona que lo vigile.
Estas son sólo algunas de las obligaciones que existen en esta, y todas las familias. Familias que son unidas por un viaje, pero a la vez confrontadas. Con sus reglas y convicciones absurdas que se imponen para tener algo de qué sostenerse. Con distintas generaciones que no se entienden entre sí. Y en medio del temor, la angustia, los problemas, las peleas y todo lo que generalmente se padece dentro de las familias, aparece la alegría, la ternura, el sol, la pequeña miss sunshine, que en esta película es Olive, gran artífice conciliadora de los viajes de familia Hoover.
Paula May
26 de diciembre de 2007
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2 de octubre de 2007
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Río arriba es un documental en el cual el cineasta Ulises de la Orden (guionista, director y productor de la película) viaja de Buenos Aires hasta el pueblo de Iruya, en Salta, pasando antes por otros reducidos poblados, visitando familiares lejanos, conociendo gente de los pueblos, hablando, preguntando, interrogando, aparentemente, buscando algo. De alguna forma de la Orden espera del viaje alguna respuesta.
El director comienza presentándose como el bisnieto del fundador de un importante ingenio azucarero llamado “San Isidro”, el cual en su familia era visto como un héroe. Podría pensarse que el motor de su viaje al Norte del país estaría vinculado a inquietudes con respecto a su antepasado. Sin embargo, de la mano de esta primera motivación surgirán nuevos interrogantes durante el transcurso del mismo, así como al arribar a su destino, veremos cómo queda expuesta ante sus ojos la situación de explotación a la que fueron y son sometidos los pueblos Kolla, cuya causa se reside en la aparición de los ingenios.
En aproximadamente una hora y cuarto De la Orden nos describirá como funcionaba y funciona actualmente el ingenio San Isidro, e íntimamente ligado a este, el sistema de la Zafra, método mediante el cual se explotaba a los indígenas.
El tren, los colectivos rurales, haciendo dedo en las desoladas rutas y caminando serán los medios que el director utilizará para llevarnos río arriba y mostrarnos pueblos en los que sus habitantes enfrentan duras condiciones de vida con el orgullo de mantener su cultura. Cada paisaje, cada visión panorámica es acompañada con música andina de Ricardo Vilca de fondo.
Serán escasas fotografías antiguas y míticos relatos de diferentes vaqueanos, las que a lo largo del viaje despertaran interés en el viajero por conocer las “terrazas de cultivo”. Estas últimas aluden a construcciones milenarias que los aborígenes construían para cuidar y trabajar la tierra por parcelas que, vistas de lejos, escalonaban los cerros. Con la aparición de los ingenios, los terratenientes exigieron el pago de un arriendo por trabajar las tierras a los Kollas que no poseían títulos de propiedad ni forma de pagar, por lo que se vieron obligados a trabajar en la zafra. Esto produjo el abandono de trabajo en sus parcelas y como consecuencia la desaparición de las terrazas, en otras palabras, la desaparición de una parte de su cultura.
Los habitantes de Iruya relatan como cada vez que llueve el río arrastra con furia toneladas de barro ocasionadas por la desaparición de las terrazas, llevando todo a su paso, azotando el pueblo. Ellos llaman a este fenómeno “el volcán”.
El documental concluirá con imágenes del volcán en acción. Las imágenes son sordas, los sonidos de quenas, bombos, erkes y charangos se apagan y lo único que se deja oír es el rugido del barro que cae precipitadamente. Solo se aprecia la destrucción.
Concluyendo, De la Orden logra un interesante recorte de la historia y modo de vida de los lugares conocidos en el viaje. Se puede pensar que si viajó buscando respuestas sobre su historia personal las encontró, aunque probablemente distantes a lo que la historia familiar relataba. A través de las imágenes se observa dolor, hambre, destrucción, explotación, engaño y transculturación, producto de un sistema alienador.
El afiche de cine de la película reza “RÍO ARRIBA; una historia de Terrazas, Ingenios, Zafreros, Inmigrantes y Volcanes”. Hacia el final de la misma, el director expone que su film muestra uno de los tantos volcanes que existieron y existen hoy en nuestro mundo.
Siguiendo la línea del cineasta, agregaré entonces que no hace falta viajar 1800 kilómetros para ver volcanes que azoten a las poblaciones, solo basta con tomar algún tren del conurbano bonaerense y viajar treinta minutos. Los tenemos, si, pero en diferentes manifestaciones. Los tenemos todos los días en las estaciones del tren con los menores, drogados y bañados en mugre; lo tenemos arriba del tren, con el hombre que perdió la pierna tras ser empujado del tren en un asalto y hoy se sube a pedirnos monedas; lo tenemos al observar desde arriba del ferrocarril San Martín las casas de los cartoneros entre las estaciones Villa Del Parque y La Paternal, cuyos residentes recorren día a día las calles buscando cartón y plástico y trabajan como aborígenes en un ingenio para poder sobrevivir.
Lisandro Argañaraz
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El Viaje de “El Ave Solitaria”
Empiezo preguntándome ¿Qué es viajar? ¿Es simplemente trasladar el cuerpo de un sitio a otro distinto del inicial? Creo que es algo mucho más profundo y hasta más trágico ¿acaso puede uno volver de un viaje?, yo creo que no, cuando se dice que alguien ha vuelto, ya no es igual. Uno ha quedado consumido por el viaje mismo, el verdadero viaje lo realiza el alma y no el cuerpo, el espíritu se ve transformado por el tiempo y el espacio. La marca no se borra, queda grabada con fuego.
“Como el ave Solitaria” ópera prima del director Gerardo Vallejo, es una película que adapta el clásico libro de José Hernández “Martín Fierro” a la pantalla grande, y se expresa allí el dolor del viaje forzado que ha debido atravesar Martín Fierro arribando a la frontera para pelear en contra de los indios. Debe pagar por un crimen, cometiendo otros crímenes aceptados por la ley. Se desarrolla entonces una ardua travesía basada en la esperanza del retorno del personaje a su vivienda en donde había dejado a su esposa y a sus dos hijos. Menospreciado, humillado y torturado por los soldados con los que está aliado finalmente decide escapar y abandona la frontera para unirse a los indios. Las penurias que le tocan vivir, el infortunio constante van desalentando al protagonista pero nada le impide el deseo del volver a su hogar.
Martín Fierro atraviesa principalmente tres viajes, el primero, en el cual es forzado a abandonar todo. El segundo es el viaje que emprende para retornar, en el que finalmente decide emprender el regreso para recuperar todo lo poco que ha perdido. El tercer viaje que atraviesa al unísono con los dos primeros es interno, como me referí al inicio, su mente se ve modificada completamente al punto de que al concluir el viaje ya había perdido la intención del mismo. Su espíritu se fue transformando, tornándose más reflexivo y hasta sumiso que el del comienzo. Luego del viaje ha pasado todo: La vida en cautiverio preso de los indios, la muerte del único amigo, la tortura de los soldados, el desprecio, el abandono, la soledad, la miseria, la desesperanza. Cuando Martín Fierro vuelve ya nada más malo puede pasarle. En la película se representa el cambio por el que va pasando el protagonista, su apariencia física cada día más deteriorada y su mente cada vez más agobiada y su espíritu cada vez más solitario y es por eso que considero que él ya no es el hombre que se fue, Martín Fierro jamás volvió.
Nidia Perrone
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27 de septiembre de 2007
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Tránsamerica es una película de Duncan Tucker que mezcla comedia con drama en un film con fuerte argumento y con un viaje intenso que cambiará la historia de los personajes.
Bree, la protagonista, es una transexual oriunda de Los Ángeles que trabaja para juntar dinero y poder operarse, convirtiéndose definitivamente en mujer. A días de su operación, recibe una llamada telefónica de la policía de Nueva York preguntando por el padre de Toby, un adolescente encarcelado por tráfico de drogas. Bree descubre consternada que de una esporádica relación heterosexual que mantuvo durante su vida como hombre había nacido un hijo. Instintivamente, desea ignorar ese descubrimiento y centrarse en la operación, pero su terapeuta le informa que le aprobará el perfil psicológico sólo si se enfrenta a esa situación. Esa operación unirá su cuerpo con su identidad sexual, concluirá con un duro proceso de transformación, por lo tanto, la protagonista decide ir en busca de ese hijo e iniciar un viaje de regreso a su casa con él.
Cuando llega a Nueva York para retirar a su hijo de la cárcel, Bree se hace pasar por una asistente católica que desea ayudarlo y le oculta a Toby que “ella” es su padre. En esa situación inicia el viaje de regreso a Los Ángeles, que deparará muchas sorpresas. Toda la película se centra en aquel desplazamiento en auto, en las paradas para descansar, para comer y para conocerse un poco más. Es una travesía llena de situaciones que hace descubrir las falencias y errores de decisiones tomadas que no pueden ser cambiadas. Les hace descubrir a los protagonistas que son inseparables, y que a pesar de las diferencias y las heridas pueden formar una familia.
La motivación del viaje en un principio era la de concluir con un extenso proceso de transformación, de aceptación, de identidad. Con el correr de la marcha, la
protagonista descubre nuevas cosas, nuevas situaciones, nuevas preguntas, y respuestas que le hacen plantearse de qué se trata la vida, cómo es ser padre. Descubre a través de quien es su hijo, cómo la sociedad en su conjunto vé a los transexuales, cómo los prejuzgan o les temen. Le sirve para convencerse a pesar de todo que quiere ser una mujer, por sobre todas las cosas, y a partir de ahí comenzar a escribir su propio viaje por el camino de la vida.
El viaje para Toby, el hijo (que durante mucho tiempo desconoce que es), es un sinfín de aprendizajes, de aventuras, de dudas y preguntas y porqué no de un cierto cariño guardado en su ser. Se muestra como un simple adolescente rebelde, adicto a las drogas y a los problemas, pero a medida que recorre kilómetros acompañado de su padre aprende que la vida puede ser mejor, que tiene cosas más valiosas e interesantes.
Este viaje sirve para reír, para llorar, para pensar y conocer personajes más reales de una realidad que en la mayoría de las películas esta un poco disfrazada.
Con el viaje se construye una nueva historia, bastante diferente y similar al mismo tiempo que la del inicio. Los personajes cambian, los espectadores cambian, las ideas cambian, el narrador cambia. Se abren nuevas situaciones, planteos, aprendizajes y se cierran viejos rencores, prejuicios y miedos.
El viaje en la película permite también dilucidar otro, en un sentido metafórico…el viaje al que se somete un transexual. Es una persona en transito hacia una identidad de género distinta de la biológica con que nacieron. Los transexuales completan su arduo y complejo camino cuando dejan de tener conflictos entre su mente y su cuerpo, cuando se asumen plenamenente como mujeres o varones, esta idea se desprende del viaje que le da motor a la historia de esta película.
Josefina Fenoglio
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9 de septiembre de 2007
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Crítica cinematográfica: mi idea de espectador en cuanto a la película que vi en el festival de cine independiente (BAFICI).
De Paris a Marsella, de mi casa al Malba. En un camino sin fin.
Retrasada, me encamine apresurada al Malba una soleada tarde de domingo. Allí me esperaba Ana, intentando conseguir las entradas para la película que iríamos a ver, Paris Marsella de Sebastián Martínez. Era una carrera contra el tiempo y debido a mi retraso preferí tomarme un taxi. Al ser una tarde de domingo, la gente andaba por las calles despreocupada y los autos se tomaban su tiempo. No podía avanzar en el camino que me llevaba a la ruta de París a Marsella, no podía avanzar hacia el Malba. Este apuro y la imposibilidad de avanzar en el camino me recordaron al cuento de Cortazar, La autopista del sur, el cual estaba íntimamente relacionado con la película.
Paris Marsella fue un proyecto de un argentino y su mujer que estando en la capital de Francia, decidieron hacer el viaje de Paris a Marsella por la autopista en 33 días, sin salir de la misma y parando en parkings y paradores. Involucrarse en dicho proyecto significaba seguir los pasos del escritor Julio Cortazar que años antes había llevado a cabo este proyecto con su mujer, Carol Dunlop. Cortazar culminó el proyecto con un libro llamado Los autonautas de la cosmopista, publicado en 1983. Además, esta autopista fue el ámbito donde se desarrolló el cuento La autopista del sur.
La película resultó interesante. Mostraba la autopista como un lugar donde uno parece estar fuera del mundo. Un lugar anónimo donde el tiempo se estira y pasa mas lento, pero a la vez nunca deja de marchar a ritmo normal. Un lugar donde solo hay autos sin rostro que se mueven rápidamente y cada uno es ajeno al resto. Solo en los parkings, donde los autos vomitan a las personas que llevan dentro, estas se alegran de salir de la máquina con ruedas; de hablar con extraños que se sienten unidos por estar en la misma situación. Pero todo eso se desvanece cuando vuelven a introducirse en el camino de cemento gris, con un destino al cual ansían llegar. Y la gente pasa por la ruta sin dejar rastros y sin que esta les signifique a ellos nada más que una engorrosa pérdida de tiempo recompensada únicamente con la llegada a destino. Y así les ocurrió a los protagonistas de la película. Vivieron 33 días en el camino y pudieron percibir todo esto. Toda esta descripción que hizo el escritor basándose en su propia experiencia. Él disfrutó del paso por aquellas tierras de nadie, el camino anónimo que le reveló todas estas apreciaciones de un viaje en autopista. Y gozó con la experiencia, se divirtió con sus descubrimientos y lamentó la llegada a destino. Pero los protagonistas de la película, si bien pudieron comprender lo que el escritor experimentó en el viaje ayudados por Los autonautas de la cosmopista, no pudieron disfrutar dicha expedición de la misma forma que lo hizo Cortazar. No se sintieron a gusto con el carácter anónimo del camino y se alegraron al llegar a destino, como todas aquellas otras personas que atravesaron la ruta de forma superficial y simplemente pasaron por ella.
Mientras viajaba hacia el museo para ver la película me introduje en una situación similar a la del documental. Los autos avanzaban por las calles, todos ajenos al vehículo que tenían al lado, ansiosos por llegar. Y cuando regresaba a mi casa en colectivo, otra vez en una situación que se asemejaba, se me ocurrió que todos estamos constantemente recorriendo un camino, aunque muchas veces no tiene una meta o destino. Y muchas veces avanzamos por él ajenos como si estuviésemos en un auto circulando por una ruta.
Amparo López
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