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26 de diciembre de 2007

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Ensayo sobre la problemática social de la pobreza: un infierno arbitrario

Borges, en su ensayo “La duración del infierno”, discute con los conocimientos teológicos cuando niega que el “lugar de castigo para los malos” sea eterno pues dice que la inmortalidad es una bendición de Dios y está reservada para los que la merezcan (es decir, quienes hayan vivido de acuerdo a las leyes divinas).No voy a cuestionar ni a la religión ni a Borges, pero es necesario dejar en claro que existen en la tierra varios ejemplos cotidianos de lo que constituye un infierno arbitrario, no merecido y de una continuidad insoportable para la humanidad: me refiero a la problemática social de la pobreza, la indigencia y sus consecuencias. Cuando lo real se nos manifiesta de manera injusta, diabólica, con esta dificultad imposible de esquivar, se hace necesaria la apelación a lo puramente imaginario de los sueños como medio de escape porque esos momentos de relajación y descanso son un estado ideal que renuevan las esperanzas que nos ayudan a enfrentar la realidad. Me propongo dar cuenta de la oposición realidad/sueño como un viaje de lo infernal (desagradable) hacia lo puramente celestial (lo agradable del mundo onírico).
Ricardo Forster (en su ensayo “El viaje profano”) nos cuenta que el hombre jamás ha dejado de soñar: “el hombre moderno ha sido un viajero, un transgresor de fronteras, un buscador de lugares exóticos que ha tratado siempre de dar un paso más en ese intento por rebasar los límites de su propia finitud.” ¿Cómo es ese viaje? “…viaje utopico hacia la promesa fabulosa de una comarca donde las desigualdades humanas quedarían definitivamente arrojadas de la historia, viaje melancólico hacia los mundos perdidos, recorrido poético hacia la tierra de la infancia en medio de la seriedad adulta que todo lo determina.” Entonces, no es necesario un desplazamiento material; “soñamos con viajar por el espacio cósmico: ¿acaso no está en nosotros? Ignoramos las honduras de nuestro propio espíritu. La senda misteriosa va hacia adentro. En nosotros o en ninguna parte se encuentra la eternidad con sus mundos, lo pasado y lo futuro.” (Novalis, en El entusiasmo y la quietud, antología del romanticismo alemán, edición de Antoni Mari, pp. 147-148) ¿Para qué decidimos emprender este itinerario? “…el romántico viaja para sustraerse de una realidad que lo asfixia y que violenta su sed de infinito, viaja como un modo de descubrir regiones ignotas.”
Tres ejemplos de la realidad me permiten dar cuenta de la existencia de lo infernal y ofrecen un panorama suficiente como para justificar el viaje imaginario como medio de escape. En Francia, las personas de bajos recursos se convierten en espigadores que para satisfacer sus necesidades alimentarias recogen aquello que los demás no utilizan y desechan; en el campo frutas y verduras que los productores agrícolas no pueden comercializar, en la ciudad mucha de la mercadería que los supermercados tiran. Yo agregaría el ejemplo análogo que tenemos aquí con la gente que concurre al mercado central para recoger las frutas y verduras que se arrojan en los contenedores. En Argentina también tenemos el fenómeno social de los cartoneros, aquel montoncito de gente desocupada que Marx denominaría el ejército industrial de reserva… Hasta hace poco viajaban en un medio de transporte específico llamado el tren blanco, este servicio ya no existe pero ellos continuan con su recorrido de todos los días, llevando una pesada carreta y revolviendo bolsas de basura para conseguir papel, cartón o diario que seguramente podrán cambiar por unos miserables pesos. Sobre estas personas carga el privilegiado status social de ciruja , lo cual implica aguantarse el menosprecio social de unos cuantos envidiosos que no pueden darse el lujo de cartonear.¡Pobres ricos(Y no tanto) que jamas han conocido los placeres de esforzarse mucho para conseguir poco! ¿Debemos pensar que su mayor desgracia es la de vivir en medio de una incomodidad tortuosa que, como la peor madre castradora, no los deja portarse mal? Hay algunos que se desquitan robando y mintiendo, se llaman políticos…
El último ejemplo es el más contundente de todos, pensemos en todas esas personas que, cada vez que viajamos, encontramos pidiendo monedas en el tren: chicos que vemos sucios y mal alimentados, repartiendo tarjetas a cambio de diez centavos (y sabemos que siempre son explotados por adultos); hombres que aseguran estar enfermos de sida, o que a causa de un accidente han quedado incapacitados para trabajar; mujeres con sus hijos en brazos; ciegos; etc. Espigadores, cartoneros, mendigos, he aquí los protagonistas involuntarios de la pobreza, un itinerario oscuro, lleno de tristezas e infortunio del cual muchas veces no logran salir jamás. Lo desagradable de este problema social nos lleva a buscar en lo imaginario una realidad mejor. Olvidemos por un momento todas las crueldades que la percepción de lo real nos ofrece y adentremonos en las profundidades del sueño, viajemos con los ojos cerrados hacia zonas remotas donde la codicia material, culpable de casi todas nuestras miserias economicas, ya no exista. Sólo así nos libraremos de lo excluyente del mercado y sus reglas.
Ahora es el momento de enfrentar las posibles objeciones a mi fabulosa proposición, se trata de ideas que anteriormente sostuve, pero que terminaron por desilusionarme. Una de ellas consistía en el regreso al estado de Bienestar (Ideado por Keynes) que aseguraba la justicia social y los derechos de todos los ciudadanos. Parecía lo más adecuado para resolver la indigencia, sin embargo, fue pensado como una solucion provisoria para sacar al capitalismo de la crisis del `30 y la decadencia del Welfare State se debio a que creo una expectativa social creciente que termino por quebrar el pacto social que le habia dado origen: los individuos cada vez demandaban a un estado que se burocratizaba e iba perdiendo autoridad. Otra idea que se me ocurría era la posibilidad de lograr políticos más honestos: Weber propuso que gobernasen personas que vivan para la política (esto es, personas dotadas de sentido de la responsabilidad, pasión y mesura, que no hicieran de la empresa política una fuente duradera de ingresos). Debemos recordar que ya este autor señaló los pecados mortales en este terreno: falta de responsabilidasd y ausencia de objetividad, y la vanidad es lo que más lleva al politico a cometer estos pecados. Parece ser que ninguno de nuestros queridos y honestos politicos (recordemos algunos: Menem, De la Rúa y Felisa Miceli) ha sabido entender a este olvidado autor.¿Se lo recordamos? Weber habló de gente que viva PARA la política, ¡no DE ella! Lamentablemente, lo único que resultó ser racional e imperecedero es el capitalismo pues históricamente ha atravesado tres crisis, y siempre ha salido triunfante (actualmente se sostiene con una ideología que ha dominado en todo el mundo: el neoliberalismo). Por eso prefiero la utopia del viaje a traves de los sueños a modo de resistencia contra esta realidad.
La tercera y ultima de las objeciones que podría refutar mi fantasiosa idea se resume en la siguiente pregunta: ¿y las pesadillas? Debo reconocer que de chica desperté varias veces en medio de la noche, asustad por pesadillas que me persiguieron a lo largo de mi infancia; asi como Borges soñó con el infierno, nosotros también podemos encontrarnos con lo desagradable mientras estamos durmiendo. No olvidemos, sin embargo, lo que dijo Alberto Giordano(en su ensayo “Borges ensayista: avatares de la lectura”): Borges despertó de su infierno soñado para encontrarse con otro; “la prolijidad demoníaca de lo real.” Además, los malos sueños suceden por la influencia de nuestros propios temores y preocupaciones de que algo malo suceda, esto también influye en ese terreno simbólico que constituye lo onírico, terreno sobre el cual no tenemos control.
Aunque el escape de una realidad que no nos gusta hacia “el país de los celestiales sueños” suene exagerado, infantil o irracional, yo voy a seguir sosteniendo esta posición. Acepto todas las críticas a condición de que aparezca otra solución de nuestra inofensiva y angelical realidad, y que de una vez por todas nos permita vivir a todos de manera justa, digna e igual. Me despido de este ensayo con una reflexión de Ricardo Forster: “regresar al origen, tal vez ese sea el modelo de todo viaje, el verdadero sentido del itinerario romántico; buscar el paraíso más allá de lo dado, de lo conocido, de una realidad endurecida; desplazarse por la imaginación hacia las comarcas perdidas que simbolizan el origen y el punto de llegada.” PEQUEÑA ADVERTENCIA: tenemos capacidad simbólica imaginativa; usémosla, pero no sólo para disfrutar irresponsablemente. Tal vez viajando hacia lo más profundo de nuestros pensamientos y deseos podamos encontrar la inspiración creativa que nos ayude a transformar la realidad; así como muchos de los más respetados intelectuales teóricos lo han intentado, nosotros también podemos.

Cristina Chinchi García

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Salir adentro, entrar afuera

No suena extraño para nuestra cultura occidental moderna circundar el tema de la velocidad en que vivimos y a la que estamos tan acostumbramos. La necesidad de transitar la vida a un ritmo acelerado, que no incentiva a la reflexión sino que obliga a estar en constante búsqueda del próximo paso, se convirtió en frecuente tema de debate. Se analiza, paradójicamente, la falta de análisis que la modernidad nos permite tener sobre nuestros actos cotidianos. El tiempo que pasa de manera casi imperceptible y las horas del día que no alcanzan. Todas son expresiones que se escuchan con frecuencia en la sociedad en general.
Aparentemente estamos cada vez más, queriéndolo o no, atrapados en la rutina que el presente nos entrega, lo que, teniendo en cuenta la supervivencia que requieren las condiciones de vida, tiene absoluta sensatez y es para nada reprochable. Haría falta una especie de apocalipsis que provoque un cambio profundo en el sistema para que nos permita un estilo de vida completamente diferente del que nos toca, y de todos modos no es el tema a tratar aquí.
Dando por sentado entonces esta manera de vivir, que por el momento está fuera del alcance de cualquiera cambiar, me pongo a pensar en cuáles son las soluciones –aunque sea momentáneas– que encontramos para que la situación no se torne intolerable, y así seguir reproduciéndola como venimos haciendo hasta ahora. En este contexto tratamos a ese momento de distensión, ese lugar que nos permitimos de vez en cuando para simplemente –y no tanto– pensar, como a una “escapada”, considerando al viaje una recurrente manera de llevarla a cabo. Hasta podría decir que el escapar es además una de las razones por las que más se viaja. Por supuesto existe también la curiosidad por conocer un lugar diferente, el interés hacia otro tipo de culturas, la simple utilidad cuando es un viaje con una tarea específica, entre otras miles de formas, pero en todas ellas también entra en juego el factor de la escapada.
Ahondando un poco más en lo que me refiero con este concepto, se trata no sólo del clásico viaje de fin de semana largo, que se espera con desesperadas ansias y se aprovecha como verdaderas vacaciones, sino de cualquier tipo de viaje que nos transporte a un lugar en el que no convivimos a diario. La escapada abarca por ejemplo un viaje que no tenga retorno, el huir definitivamente, algunas veces sin proponérselo de antemano; porque muchas veces se relaciona con una situación de la que intentamos escapar, y el marcharse del lugar en donde el problema ocurre parece ser lo primero que atinamos a hacer. La escapada no se refiere a un viaje transitorio, sino a un viaje como una solución. Una solución a un problema emocional. Y lo curioso que encuentro en este recurso es que implica principalmente una acción física. La escapada entonces es el viaje al que acudimos con el cuerpo para alejarnos de algo que nos aqueja emocionalmente. Pero la decisión de solucionar un problema mediante el viaje no necesariamente se piense de este modo. El término “huida” o “escape” pued e sonar una opción quizás desesperada, que no se toma en plena conciencia, sino que solamente se ejecuta como último recurso. Sin embargo son muchas las personas que, muy racionalmente, hacen uso de este mecanismo que junta en una ecuación a sus problemas con la idea de viajar, para así conseguir el resultado deseado. Un mecanismo tan simple como el de conseguir en un viaje la distensión necesaria para ver con claridad un conflicto, encontrar ese momento de reflexión que en el vaivén diario no tiene un espacio concreto.
Ahora bien, ¿es realmente necesario un viaje que implique un desplazamiento físico cuando lo que se necesita es un recorrido interno? ¿Es preciso ver las cosas literalmente desde afuera para poder entenderlas, o aún enfrentarlas? ¿Por qué creemos que el alejamiento nos brinda una perspectiva que en la fugacidad cotidiana no se alcanza? ¿O acaso lo que intentamos no es la claridad en el conflicto sino directamente huir de él? Si esto es así, ¿quién nos garantiza que los problemas no vuelven cuando regresamos a la partida, o que aquella tensión no se traslade con nosotros adonde sea que vayamos?
Si bien es muy frecuente utilizar el recurso de la escapada, no solemos cuestionarlo. No nos preocupa el motivo, la efectividad, simplemente huimos y volvemos a huir. Y si no podemos, desearíamos estar haciéndolo. Sin dudas los viajes son placenteros, nos enseñan, nos ponen a prueba. Pero dudo mucho que sean la solución a todos nuestros problemas. Porque en definitiva el alejarnos de lo que nos acompleja dista bastante de resolverlo. Por el contrario, podemos terminar en un autoconvencimiento por olvidarnos de aquello que molesta, dejándolo en ese lugar del que escapamos con el cuerpo, pero del que la mente no se aleja tan fácilmente.
Opino entonces que, sin dejar de fantasear con el viaje como experiencia, debemos desistir de pensarlo como un remedio mágico. Podemos tomarlo como un medio para alcanzar una reflexión que no encuentra lugar en el ajetreo corriente, pero sabiendo que esa reflexión depende completamente de nosotros y no del bronceado de la piel, o de cuánto entendamos la lengua de quien nos rodea en la calle. El cambio de aire puede ayudarnos a refrescar la mente, pero aquella mente debe querer ser refrescada. Y ya que no está en nuestro poder cambiar el modo de vida que nos es requerido, al menos tengamos la prudencia de cuestionarlo; y así no tener la excusa de ese viaje que nunca llega para ocuparnos de lo que merece ser ocupado.

Paula May

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ENSAYO: “El Oso hormiguero”

Hallándome desencajado en ese nuevo atardecer mediocre, por su vulgaridad, me dirigía yo, Solitario Juan, a consultar mis esperanzas venideras con una nueva mirada al Magnífico Instrumento. Arma portadora de resplandor eterno en su invención de sonido. Allí se encontraba intacta como siempre, como nunca.
Las hormigas marchaban sin cesar y a base de estruendosos apuros hacia sus guaridas de vidas respectivas. Se pelearán por el primer puesto, como siempre y para siempre, pues llegar antes parece ser más importante y conveniente. Yo, Solitario Juan, era uno de ellos, aunque no entendía bien por qué. Tampoco tenía por qué entenderlo, pues jamás me lo había preguntado seriamente. Asimismo, por si acaso, menos podía llegar a importarme la esencia del trasfondo, ya que el dios Impreso en persona lo convenció al guardián del Magnífico Instrumento de permitirme tenerlo desde allí en adelante en mi poder.
El soplo del nunca perecedero Enero amagaba con ser más sincero de lo que jamás hubiera imaginado.
El clima subyacente en las sierras pampeanas suele ser cálido y seco. Apenas algún que otro llanto yace en el firmamento cuando se tiene la suerte o desgracia de distraer al cíclope dueño de las alturas, al menos momentáneamente.
El Santa Rosa avanza tranquilo, sin excederse en profundidad ni fuerza. Cubre sin ocultar toda presencia rocosa. Quizá tanta belleza fuera culpable de que el hombre construyera un camino por encima de él, sin tocarlo, para no mancharlo con su insulto de humanidad. Una grosería seria sería para tal eterna, hermosa salvajada. Un vómito vulgar de señores que se dicen feudales, resultantes de la pura ebriedad de urbanismo y tecnología.
Con el Magnífico Instrumento se me simplificó enfrentar al siempre desafiante y batallador dragón Rutina, que aliado eternamente con el dios Stress, hijo de Billete, desde siempre se aparece en el camino de quien Nietszche denomina “animal metafórico”. Vaya uno a saber si algún día podré doblegar sus fuegos para siempre.
El secreto del viento me abrazó al partir el Séptimo Diciembre del Milenio. Fue una brisa serrana que me atacó desprevenido. Mi costumbre de besar smog urbano bonaerense se vio engañada por tal pureza. ¿Cómo contrarrestar tal copla si la costumbre irresuelta resulta ser perfume de mil ciento catorce rodados once catorce despidiéndose ante mí al encenderse la esperanza en el ordenador del hormiguero?
Alejado de lo acostumbrado, acostumbrándome a lo alejado, el humus bajo mis talones. Me encontraba yo, Solitario Juan, aglomerado entre árboles que parecían indicarme con paz interior y sinceridad extremadamente profunda el camino; el camino hacia todos lados. Estaban ellos, algunos en puntas de pie. Ninguno quería perderse el recorrido del Santa Rosa. El Magnífico Instrumento había quedado reposando, aguardando bajo techo mi llegada solitaria. Él ya lo comprendía todo, y todo lo comprendía a él. Fue entonces cuando crucé el umbral e inesperadamente encontré eso que tanto esperaba. Estaba todo preparado para mi llegada. Quienes estaban en puntas de pie dejaron de estarlo y comenzaron a agacharse. Me lo dijeron todo. Su hermandad con el Santa Rosa, sus suspiros deliciosos y sus miradas con esperanzas contagiosas, más gigantes que todo el universo entero, más o menos, eran testigos del secreto. ¿Por qué yo? ¿Qué derecho tenía? ¿Qué obligación les di?
La temperatura generalizada en el cemento de la Ciudad de Buenos Aires, o cementerio de las promesas, entre Capricornio y Acuario, resulta ser lo suficientemente absorbida por el siempre erigido asfalto. Cerca de lo acostumbrado, desacostumbrándome a lo cercano, las avenidas bajo mis alas. Me encontraré aglomerado entre calles que parecerán indicarme con urgencia y falsedad redundante el camino, el camino hacia ningún lado. Estarán ellos, algunos resistiendo aún con ojos bien abiertos. Todos querrán perderse la carrera de las hormigas. El Magnífico Instrumento ya no comprenderá nada, y nada lo comprenderá a él. Será entonces cuando cruzaré el umbral y encontrarán eso que jamás esperaban. Nadie estará preparado para mi llegada. Quienes querían perderse la carrera me mirarán esperanzados y se los diré todo. Su desprecio hacia el competir de todo, sus llantos, sus miradas pesimistas y más pequeñas que el sentido de toda la ciudad edificada, cesarán y desaparecerán con el secreto. ¿Por qué no? ¿Qué derechos no merecen? ¿Qué obligación alguna vez les cumplieron?
El Magnífico Instrumento prestaba confusión al imperturbable Santa Rosa. Era una simulación, en realidad. Ambos ya se conocían desde alguna vez, desde alguna otra vida quizá. Cuando traté de mencionar el secreto comprendí repentinamente que él ya lo sabía. No sólo eso: en su avasallamiento de tiempo y espacio ya parecía todo calculado, y al mismo tiempo sin calcular. Él ya sabía que este momento contemplativo iba a darse, pero en su pureza brindaba desconcierto a toda esa maravilla.
Luego de cruzar el dique se ingresa al valle, que abarca una extensa área hasta la parte norte del embalse. Situado al oeste de la provincia y entre grandes sierras, posee las montañas más altas, ríos más caudalosos y embalses más espectaculares. Desde la virgen situada en aquel cerro, o cualquiera de sus hermanos próximos, podía ver y oler las flores en todo jardín.
La Ciudad lo recibe con una abrumada dosis de temor incierto, casi cuestionándole sarcásticamente el por qué de su existencia. El recibirlo de regreso resultaba ser prácticamente un test que él debía superar para volver a encajar en los términos definidos previamente, ya sobreentendidos para cualquier hormiga. ¿Realmente te crees magnífico? ¿Quién dice que tu portador adquirirá características similares por el mero hecho de serlo? ¿Qué puede hacerte creer que no eres otra hormiga? ¿Cómo ahuyentarías la triste felicidad de los que ya no quieren jamás ponerse en puntas de pie para espiar profundidades del hormiguero si, inclusive, tienen hermanos que ni siquiera pueden pararse? Ni hablar si el dragón transmite tus ilusos pensamientos atemporales e irracionales a su dios aliado.
¿Pero acaso él estaba obligado a responder todo eso y todo lo que vendría? ¿Serán concretamente preguntas o simplemente una lluvia mental de círculos viciosos con intenciones de volver a transponer la realidad inventada en hormigón? ¿Acaso en algún momento incluyó en su causa de ser un intento de respuesta a algo?
Su magnificencia sólo es presa de su deber ser jamás indicado. Soy Juan, acompañado del Magnífico Instrumento y de otros dos Osos, con quienes comparto el secreto. ¿Alguien preguntó algo? Me pareció escuchar algo pero sólo oí a Enero.

Fabián Saladino

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El ruso Salzman (...) se decidió a comprar la casa de su infancia (...)
Una vez instalado, comprendió que la inversión había sido inútil.
-He recuperado mi casa – dijo – Pero la infancia, no.”1

Menos mal que Nadie vuelve

Vivimos en un mundo acelerado, vivimos corriendo, vamos de un lado a otro sin detenernos jamás, ni siquiera un instante para reflexionar porque no hay tiempo. Es tan triste como real la conocida metáfora de que somos un enjambre, abejas que se chocan entre sí sin pedirse disculpas, que nacieron predestinadas, a trabajar o a gobernar y aprovecharse del trabajo ajeno, no existen otras opciones. Inmersos en un mundo que ya no nos lleva, sino que nos empuja. Viajar es una pérdida de tiempo, el viaje no se puede disfrutar. La vida se nos pasa en dormir y en viajar, que es lo mismo pero más feo porque te pisan y te chocan. Y como siempre la constante competencia para ver quién llega primero a cualquier lado. Salimos de nuestras casas apurados por volver y jamás nos planteamos si es que alguna vez habíamos podido volver. Porque ¿Quién es capaz de afirmar que es la misma persona la que una vez se fue que la que después volvió? Nadie que se va puede regresar. ¿Acaso no transcurre tiempo, desde el momento en que partimos hasta el momento en que creemos volver?, en ese tiempo a través de los sucesos que transcurren, de los nuevos aprendizajes y de las nuevas experiencias que se adquieren, se modifica el cuerpo y se modifica el alma, y si el hombre no es más que cuerpo y alma y ambos se ven modificados, ¿cómo poder asegurar que uno sigue siendo el mismo?
No hay ejemplo más claro que el exilio. Miles de personas que han viajado en todas las épocas buscando un futuro mejor o escapando de un presente peor, de Europa a América, de América a Europa, siempre soñando con volver, volver al lugar conocido, a la idiosincrasia propia. Pero trágicamente es imposible volver, el tiempo que transcurre uno en el exterior lo modifican, lo transforman en otro ser.
Relata María Negroni en un texto llamado “Ir volver / de un adónde a un adónde” 2 su experiencia cuando se fue de Argentina para vivir en Estados Unidos y años más tarde decidió volver, reunió sus pertenencias de Nueva York y “volvió” a Buenos Aires. Sufrió una gran desilusión al darse cuenta que éste ya no era su territorio, ya no le pertenecía. Las experiencias vividas en el extranjero hicieron que María ya no sea ella la misma que se fue la primera vez, y seguramente tampoco fue la misma cuando creyó retornar a Estados Unidos, ya que la experiencia del “volver frustrado” modificó su forma de pensar, eliminó la ilusión del regreso a la Argentina.
El espíritu ha soportado nuevas experiencias, nuevas sensaciones que le impiden volver a ser quien fue, porque también el tiempo es un viaje que no se puede siquiera detener, y que nos envejece a diario distinguiéndonos lo que somos, de lo que éramos antes: más tolerantes en algún aspecto, menos tolerantes en otro, aprendiendo nuevas cosas, olvidando otras, con más esperanzas, con más desilusiones.
Intentan vanamente los coleccionistas, por ejemplo, de aferrarse a algo para demostrar que ellos han sido quienes son. Relata Ítalo Calvino en “Colección de Arena”3 una exposición de colecciones exóticas, una de ellas pertenecía a una persona que viajaba alrededor del mundo y en cada playa juntaba en un frasco una muestra de arena. Lo que esta persona intentaba hacer era solo aferrarse a un objeto físico como prueba de que uno ha estado donde ha creído estar, y que es uno mismo. Se lleva algo de ese lugar como elemento probatorio de su estadía ya que “si yo poseo ese frasco de arena de la isla Lanzarote en las Canarias es porque he estado ahí, fui y volví aquí luego” Queda dicho implícitamente.
Investigan arduamente los hombres de ciencia nuevas formas de ir cada vez más veloces, cuanto menos tiempo se demore en llegar, más eficiente será el medio de transporte, hay que ir rápido a todos lados. Por qué se esfuerzan en intentar crear un vehículo que logre ir a la velocidad de la luz -que daría un enorme prestigio a los científicos que lo lograsen- y ninguno se ha propuesto siquiera concentren sus conocimientos en inventar un transporte que consiga hacernos volver, aunque sea muy lentamente, ¿Cuándo un investigador podrá crear una máquina para volver?, pero para volver verdaderamente, volver a ser “el antes” de haberse ido. Ojalá que nunca suceda.
¡Basta de engañarnos! La libertad absoluta no existe, ni para aquellos que se jactan de poder controlarlo todo, y mucho menos para nosotros. Somos presos de un siniestro juego de vida que nos obliga a avanzar sin poder detenerse ni retroceder, las reglas son esas y por desgracia (o por suerte), no pueden transgredirse. Imaginen por un instante que la ciencia logra crear la manera de poder volver, sería verdaderamente aterrador: ¿qué sería de nosotros si los grupos de poder se adueñasen –porque seguramente lo harían inmediatamente- y monopolizasen su uso? Porque no se olviden que los medios para ir, ya están en sus manos. O es que alguien es tan ingenuo aún de creer que puede viajar cuando así lo desea. Uno puede irse de donde está porque “ellos” nos lo permiten. Los que tienen el poder deciden quién se puede ir, a dónde y cuándo debe hacerlo. Durante las dictaduras y a través de la miseria nos obligaron y nos obligan a irnos de nuestro lugar, pero cuando quieren que nos quedemos construyen muros o cercan las fronteras para impedir esos viajes.
¡Qué terrible sería si además de manejar la ida, también pudiesen manejar la vuelta! Pero afortunadamente aún podemos quedarnos tranquilos, amigos, faltan muchos siglos para que la ciencia alcance tal hallazgo, quedan aún muchos siglos de poesía4.
Pero dirán seguramente, algunas personas, que con esta forma de ver el tiempo como una forma de viaje, ni siquiera se puede asegurar que uno siga siendo el mismo cada instante transcurrido, ya que el alma se modifica con cada experiencia nueva, con cada sensación, con el progreso del tiempo. Y les aseguro que es cierto ¿quién puede afirmar que es el mismo ser el que durmió anoche, y el que despertó hoy en la mañana? Sí mis queridos lectores les aseguro que esta es la primera y única vez que leerán un escrito mío, y el domingo que viene cuando abran esta misma revista, no se engañen, la que firmará en esta sección ya no seré yo, pero igualmente no tiene sentido prevenirlos efímeros amigos, porque tampoco serán ustedes los que lean el próximo artículo.

Nidia Perrone

10 de diciembre de 2007

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Las contradicciones del turista

Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo, darle una moneda a un pobre…
La caridad es algo que no sólo se aprende en la escuela; también en la calle, en un trabajo o hasta en un viaje.
Existen casos en los cuales las personas son llevadas por una situación en particular a realizar un acto caritativo repentino y fugaz, no permitiéndole realizar una verdadera reflexión sobre esta actitud y exponiéndola luego a contradecirse de manera casi inconciente. Esta particular acción de caridad y la consiguiente contradicción es un fenómeno al cual se le puede encontrar con facilidad, escenario y protagonistas propios: nosotros lo relacionaremos en este caso con el turista que muchas veces, al elegir un destino que no se encuentra del todo adaptado a la llegada de éstos, termina tomando una actitud de superioridad con los nativos del lugar que visita.
Buscando un lugar dónde se dé esta situación con frecuencia, podemos ver que no hace falta remontarse a aquellos paisajes lejanos, cómo sería por ejemplo el África, donde se sabe, miles de hombres blancos viajan para ver como viven los animales y los hombres en la selva.
De hecho podemos observar que en una de las provincias de nuestro país suele ocurrir que turistas y nativos de una misma nacionalidad participan de este tipo de situaciones.
Se trata de la provincia de Jujuy, en cuya capital aterrizan cada verano cientos de turistas. Al llegar, estos bajan de los micros y se encuentran con la bienvenida de los pequeños niños que ofrecen cantarles una copla por unas pocas monedas. Los turistas exaltados por la llegada acceden instantáneamente al pedido de los pequeños lugareños. Luego de escuchar la copla siguen rumbo a sus hospedajes, mientras los niños corren en busca de otra camada de recién llegados.
Esta situación ejemplifica a la perfección la primera parte que compone el fenómeno del que hablamos: los turistas realizan una acción caritativa pero se trata de una actitud en parte obligada, y fundamentalmente desinteresada con la razón por la cual los niños se encuentran allí al pie de los micros, cantando al ver las monedas, tal como la foca baila al escuchar el silbato de su entrenador.
Decimos que este ejemplo es sólo una introducción al fenómeno del que hablamos porque el viaje sigue, y en el segundo destino obligado, también en Jujuy, el problema de la caridad desinteresada y sin reflexión da lugar a que aparezca la contradicción del turista.
El segundo destino, a diferencia de San Salvador, se encuentra mucho menos corrompido por el turismo. Se trata de la Quebrada de Humahuaca, donde se puede observar con claridad que la naturaleza no sólo se ve en el paisaje, sino también en sus habitantes, que lejos se muestran de estar acostumbrados y contentos con la llegada de los visitantes.
A diferencia de los niños cantores que asechaban a los recién llegados, se puede ver cómo los humahuaqueños están recelosos y sin intención de relacionarse con ellos. De hecho los visitantes, acostumbrados ya a la bienvenida que recibieron en San Salvador, se sorprenden al notar la indiferencia de los habitantes de la Quebrada.
Es en este particular paisaje donde aparece entonces la contradicción en las actitudes del turista, dejando ver con claridad el fenómeno del que hablábamos al principio. Los turistas interrumpen la cotidianeidad de los humahuaqueños: la acción caritativa de la que habían formado parte hacía unas horas los posicionó inconcientemente en un lugar de superioridad. Pero este paisaje y sus originarios, les exigía una actitud más neutral y distante; ellos no podían ya respetar ese pedido.
Esto se puede ver cuando al llegar, los turistas sacan sus cámaras y se disponen a tomar fotos de los nativos, como si estos fueran simples objetos del paisaje. Los humahuaqueños enojados les piden que dejen de hacerlo, dado que no quieren que les tomen fotos ni a ellos ni a sus animales, y mucho menos a sus hijos; explican indignados que las fotografías les quitan el alma a las cosas.
Lejos de entender o al menos reflexionar sobre el pedido de los nativos, los recien llegados se esconden y se agachan para sacar las fotografías: sus costumbres, que no son más que diferentes a las de los humahuaqueños, prevalecen en ese momento ante todo.
A partir de este segundo ejemplo podemos ver cómo el círculo se cierra: en un principio vimos cómo el turista es llevado a tener una actitud caritativa sin previa o posterior reflexión, posicionándose en una situación de superioridad. Esto lo lleva luego a contradecirse; ya es muy tarde para ponerse a la par del nativo, y la invasión con su cultura y sus cámaras de fotos los ponen en evidencia, indignando no solo al nativo, sino también a cualquiera que, neutralmente, pueda observar la situación.
En conclusión podríamos decir que al igual que pudimos encontrar dos situaciones con las que ejemplificar el problema de la caridad efímera y la consiguiente contradicción – el caso de la llegada de los turistas a San Salvador y luego a la Quebrada de Humahuaca- podemos también encontrar que existen dos víctimas de este fenómeno. Por un lado el más evidente, el nativo: aquel que por necesidad se debe adaptar al turismo y encontrar el beneficio del mismo, o aquel que por el contrario no se adapta y es invadido con cada llegada de los micros atestados.
Pero existe también otro afectado, el turista: este es llevado a formar parte de una contradicción que lo posicionaría con facilidad en el lugar del “malo”, aquel que con su cámara digital le quita el alma a las cosas. Sin embargo, si observamos con atención, no acciona con mala intención; sino que no le es permitido el tiempo de la reflexión. El ritmo con el que está organizado el viaje lleva a que éste sea caritativo en primer lugar y contradictoriamente invasivo luego.
¿Quién sería entonces el culpable de este fenómeno de contradicción, que envuelve al turista y al nativo, en la acción caritativa y la consiguiente invasión? En realidad no sé la respuesta… el trabajo de Diego Tatián1 me llevaría a pensar que tal vez el turismo. Pero esa sería solo la hipótesis inicial de un nuevo y seguramente más extenso ensayo.

Camila Müller