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26 de diciembre de 2007

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Ituzaingó

*Foto 1: Las vías del tren aparecen vacías ante mi vista, el tren ya se había ido… sólo queda una imagen lejana de aquel transporte en el que viajaba, queda simplemente el vacío… unos cuantos rieles que se estiran hacia delante, van de a pares, y dibujan un camino que se desvanece en el horizonte. El pedregullo se pierde entre los durmientes, que van desplegándose uno a uno a lo largo de las vías… vías que parecen mezclarse en algunos lugares, pero no, son los desvíos que toma el tren para cambiar de rumbo. Algunos árboles se asoman por los lados, pero son pocos y de pequeño tamaño; algunos poseen un verde manzana en sus hojas, que indica que la primavera está cerca, otros hace rato perdieron sus hojas por el otoño que está despidiéndose. Desde el lugar en el que me encuentro puedo observar algo que va más allá de las solitarias vías… más allá de esos alambrados grises que las bordean por los costados, marcando un límite entre ellas y el otro lado. Es el lugar que se encuentra a los lados de la vía, por fuera de los alambrados… es el macizo pavimento que recubre las calles laterales, por donde transitan los aglutinados autos; son las casas que están como pegadas unas con otras: se ve una escenografía zigzagueante de techos, terrazas, tejas, carteles colgados en los frentes de algunos negocios. Pero hay algo que me llama poderosamente la atención, y es que no encontré ningún edificio de varios pisos como en otros sitios que he visitado antes. Lo más alto que puedo ver son unos pinos, a lo lejos. ¿Y más alto? Algo bellísimo, el cielo, vestido de un celeste pálido en degradé, acompañado por nubes blancas que parecen pintadas, como de decoración.
Todo parece como una imagen de embudo, pero es la perspectiva que me engaña.
Mí llegada hasta las vías: Me levanté por la mañana, tenía que partir hacia aquel lugar. Alguien pasó por mi casa a buscarme, era quien iba a acompañarme en mi viaje. Vamos caminando hacía la parada del colectivo, tenemos que tomar el 343 que va para Ciudadela. Subimos al colectivo y nos sentamos atrás. Durante el trayecto, sólo miraba por la ventana y hablaba con mi compañero. Cuando me quedaba pensante, aparecía en mi mente el momento de llegar y nada más. Ya habían pasado cuarenta y cinco minutos desde que partimos. Llegamos a la estación de tren, del ferrocarril Sarmiento.
Ese día el tiempo nos jugaba una mala pasada, perdimos un tren y luego estuvimos casi media hora más esperando que apareciera otro. Caminábamos por el andén, charlamos, nos sentamos, compramos algo para comer y pasar el rato. Más tarde, sentimos una fuerte bocina que se acercaba cada vez más. Ahí estaba, el tan esperado tren. Subimos sin apuro, no había mucha gente como lo hay de costumbre; ¡tuvimos suerte y encontramos asientos! Allí sentía cierta somnolencia, sería por la pesadez del ambiente, o también por el solcito que pegaba en mi ventana. Luego me despabilé, cerca estaba la estación donde debíamos bajar. ¡Finalmente llegamos! Era la estación de Ituzaingó.
Una vez que bajamos del tren, subimos a un puente para pasar del otro lado de la vía; ahí me quedé, no quise caminar más, simplemente miré… contemplé por un instante el paisaje que podía ver desde aquel lugar: las vacías vías, del tren que acababa de pasar.
Sonido: al partir el tren, escuché una fuerte bocina, que indicaba que el tren debía partir hacia la siguiente estación.

*Foto 2: Parece la entrada a un frondoso jardín que me invita a pasar por allí, todo está cubierto de verde, todo está tranquilo y no veo a nadie pasar. Por un camino de grises baldosas me interno para ver un poco más de cerca; encuentro un banco pintado de blanco y de bordes color ladrillo, el banco se me hace muy familiar, como si lo hubiera visto en algún otro lugar. Desde el sitio, donde me quedé parada viendo aquel banquito, pude observar una imagen de postal; el tupido pasto que rodeaba el camino se extendía como una alfombra a mí alrededor, sobre él también se erigían exuberantes árboles. Simples arbustos, con sus flores de pálido color, un tenue blanco, crema, cobre, que los embellecían. Los típicos árboles de grandes copas, unos con un verdoso follaje, otros con sus simples ramas vacías que se extienden a lo alto, como si buscaran llegar al cielo. Las palmeras deslumbraron mi visión, no por ser el plano principal, sino porque se intercalaban, en diferentes tamaños, en aquel gigantesco jardín. Todo ello parecía pintado para un cuadro. Por encima de ese paisaje natural, volvía a apreciar algo que vi no mucho antes. Un cielo, que está vez tenía un color más fuerte, un celeste como el de la bandera de mi nación. Ya no había muchas nubes, sólo algunas, de un blanco algodón.
Detrás de todo ese pasaje que maravillaba mi visión, percibí algo más. Eran negocios que se encontraban del otro lado de la calle, decorando el fondo de la imagen. Me hicieron volver a la realidad, ya no estaba en un bosque, estaba en la plaza de ese barrio.
Mi trayecto hasta la plaza: Luego de ver el tren que se iba a lo lejos, bajamos las escaleras de cemento, y caminamos. Lo primero que observé en la primera cuadra caminada, fue una panadería con muy poca gente, arriba había un gimnasio pero estaba cerrado, como la mayoría de los negocios ese día. Íbamos hablando, él era como un guía turístico, me mostraba los lugares, y ya sembraba cierta expectativa de lo que me encontraría. Cruzamos la calle, caminamos una cuadra más. Ya no eran sólo comercios los que veía, aparecían casas, no muy diferentes de donde vivo, pero el sitio en sí si era diferente. Antes de llegar a la esquina puedo ver algo bellísimo, una plaza. Dejamos pasar algunos autos que rondaban por allí, y finalmente cruzamos hacía esa vereda donde caminé unos pasos más, seguida por mi compañero, y le dije que quería detenerme un momento ahí. Suspiré, y respiré profundo otra vez. Tuve una sensación de alegría al estar en contacto con algo de naturaleza. Sólo deseaba quedarme un instante más… y disfrutar de esa sensación que recorría mi cuerpo.
Sonido: Fue el canto de un pajarillo el que hizo cerrar mis ojos y escuchar la brisa que me hacía una caricia.

*Foto 3: Aquella construcción llama mi atención. Era algo que no veía hace mucho tiempo, desde que terminé el secundario. Unos árboles de tronco fino y de hojas livianas que movía el viento, cubrían un poco la visión de ese lugar. A un costado de la ancha vereda había un banco parecido al de una plaza, todo de color blanco, pero sucio, porque estaba a merced del clima y de la gente que pasa por allí; justo frente a él se encontraba la imagen de una virgen como empotrada dentro de la pared; la imagen era pequeña, representaba un simple altarcito.
Más adelante unas escalinatas de piedra oscura se levantaban del suelo, y daba pie a una gran entrada. Allí había algunas personas, un hombre de mediana edad, sentado y otro parado junto a su bicicleta. Quizás esperaban entrar, quizás sólo descansaba un poco. Las entradas eran tres, una enorme puerta en el medio, con su extremo superior en forma de parábola, y a los lados unas engrosadas columnas blancas que sobresalían un poco de la pared. Las otras dos entradas se encontraban justo a los costados de la principal, eran exactamente igual a aquella, sólo que de un tamaño menor. Todas se juntaban por una estructura que terminaba en lo alto en forma de triangulo, como una suerte de techo adornado con tejas; era parte del frente de la iglesia, toda pintada de blanco y con las puertas de madera. Este gran frente ocupaba buena parte de la vereda, como si fueran dos o tres frentes de una casa de tamaño medio.
Por encima de esta estructura había algo más. Una pared, también de importante tamaño, que contenía una pieza que solía utilizarse en tiempos añejos. Era un Vitro, no se podía apreciar muy bien el dibujo que formaba, pero sí se estimaban los típicos vidrios de colores que ilustraban parte de esa obra. Encima de aquella obra artística, unos trazos de líneas de material componían una figura, una cruz. Ese símbolo fue el que determinó que me encontraba frente a una iglesia.
Mi encuentro con la iglesia: En el momento en que volví a la realidad, mi compañero me miraba, todavía estábamos en la plaza. Me dio un poco de vergüenza, le dije que quería seguir caminando. Lo tomé de la mano y emprendimos nuestro andar.
No fuimos muy lejos, el recorrido fue tan sólo cruzar la calle. Desde allí ya la podía ver. Me trajo recuerdos, quise apreciar el pasar por ese lugar… la miré desde la vereda de enfrente. Sólo pensaba en meditar un momento, me dieron ganas de entrar, pero no pude. Sentía que no era el momento, que tendría que dedicarle su tiempo. Ahora debía seguir con mi recorrido.
Sonido: No escuchaba nada, en ese momento, quizás sólo confundía el murmullo de las personas que estaban cerca de mí, con el viento.

*Foto 4: Comencé viendo el semáforo y el reloj de pie que estaba delante de mí, eran como los teloneros de lo que se encontraba por detrás. Esta vez, desde una esquina, las veredas se veían aún más anchas, y había muchos arbolitos que desfilaban en hilera por ellas. Lo que podía apreciar en ese escenario no era más que otro edificio que devolvía a mi mente, recuerdos de una felíz infancia. Era un gran establecimiento, tenía seis columnas blancas de poco grosor que servían de sostén; presentaban el frente del lugar, y daban paso a una galería. Allí se encontraban los portones, que tenían un color verde oscuro; eran cuatro, para que todos pudieran ingresar sin empujarse.
Las paredes estaban escritas; era una combinación de graffitis y dibujos raros que no logré distinguir. En la pared lateral del lugar, también había algunas ilustraciones, pero éstas no eran malintencionadas, eran murales hechos de manera prolija. Lo que quedaba de las paredes estaba pintado de blanco, y la parte superior forrada con pequeños ladrillos a la vista.
No pude escuchar el sonido de la campana, no pude ver a los niños corriendo por llegar, no era día de escuela, todo estaba vacío, todo estaba cerrado. Pero una vez más allí estaba, quien me sigue por todos los paisajes que visito, su celeste no cambió, sigue igual, como las nubes que lo acompañan.
Mí llegada a la escuela: Cuando dejé la iglesia atrás, ahora fue mi compañero quien me tomó de la mano y me tironeó para caminar. Lo notaba muy entusiasmado por mostrarme algo, yo miraba a mi alrededor, pero no podía ver nada que me llame la atención, algunas casas, la plaza que quedó atrás, pero nada más. Al llegar a la esquina, paramos. Sólo habíamos caminado unos metros luego de la última visita. Y ahí me la señaló. Era un colegio, donde él había ido de chico. Mi emoción cambió, a veces pensaba en cuanto extrañaba ese lugar, los momentos felices y divertidos que pasé allí. Crucé a la esquina de enfrente, quería verla en su totalidad, y ahí me quedé volando a lo lejos con mis recuerdos.

Sonido: De repente bajé nuevamente a la realidad, suelo irme por largo rato, era mi amigo que me llamaba. Crucé la calle y me reuní con él para continuar.

*Foto 5: Es un lugar muy común, por donde pasmos todos los días. No es una simple vereda, es la calle misma. Como quería una buena vista de ella, me paré en la mitad y miré hacia lo lejos. Principalmente se destaca el asfalto gris, lugar por donde han pasado miles de autos, colectivos, personas. Se nota que es antiguo, las grietas no mienten. Allí se refleja el sol y la sombra de algunos árboles. Es como un camino sin fin. No percibo el horizonte, sino que más bien veo un túnel hacia el final. Los costados están mojados, es el agua que sale de las casas y desagota directamente allí, en la zanja. Las ruedas de un auto rojo que está parado a mitad de cuadra, están mojadas también.
A los lados de la calle, las veredas comienzan luego del cordón, en algunos casos, con verdes alfombras de pasto que las decoran, en otros con ornamentales baldosas de diferentes diseños y colores. Sobre ellas se erigen unos cuantos árboles de grandes copas, pero con algunas pocas hojas que están floreciendo, esperando por la vivaz primavera. Sin embargo, estas arboledas, también forman parte de ese túnel que antes mencioné; en lo alto de sus copas se juntan de un lado y del otro, acercándose para cubrir la calle. A lo lejos, la perspectiva me deja ver esto. Desde donde estoy parada, puedo ver perfectamente el sol que encandila mi mirada. Y allí mismo sigo viendo el cielo, otra vez con un tono de celeste más pálido que se mimetiza con las nubes.
Por la otra calle perpendicular a mi, veo una persona cruzar, no me ve, estoy alejada de su vista… solamente sigue su camino.
Mi encuentro con la calle: Mi mente ya había recordado bastante, quería ver otra cosa, pero que esta vez fuera diferente. Caminamos nuevamente, no se me ocurría algo original. Miraba las casas, los autos que pasaban, alguna que otra persona que andaba por ahí. Fueron casi dos cuadras, no podía creer donde me encontraba. Quizás fue una loca idea, pero vi una calle que me llamó la atención y simplemente quería apreciar ese panorama. Dejando a mi compañero en la vereda, crucé la calle, pero no llegué hacia el otro extremo, me quedé en el medio, parada. Y allí simplemente observé, como lo había hecho con los otros lugares que visité.

Sonido: Ahora no había eco de ningún pájaro, no había personas hablando, no había autos pasando. Solo escuché el susurro de la brisa de esa tarde…

Georgina Vicente

10 de diciembre de 2007

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Trabajo de campo – Mirada del viajero

Imagen 1: Paraná abajo
La calle Paraná es especial. Por un lado actúa como la división entre Vicente López y San Isidro, esto significa que ambos partidos se la disputan en sus mapas, pero ambos partidos se lavan las manos a la hora de hacer las refacciones necesarias. También es especial porque es la calle más cómoda que va directo al río y en ese camino uno se encuentra con las casas más lindas, más refinadas y envidiadas de la zona. Paraná también es especial porque es atravesada por unas vías de tren, dónde se construyó un túnel para pasar por debajo de las vías y jamás se interrumpió el paso de los autos ni se detuvo la marcha de los trenes. Dicen que es el primer túnel hecho en Sudamérica que se hace sin interrumpir el tránsito. Ya ven lo especial que es, y sobre todo para los vecinos de esta calle que durante años se opusieron al túnel ya que esto traería más movimiento a sus delicadas y tranquilas vidas. De todos modos, Paraná es especial y a mí me lleva al río, me relaja, me transporta y suavemente me deposita en la ribera.
Creo que mi recorrido no sería importante si no mencionara a esta calle y si no hubiera foto alguna de ella. La imagen regala un techo de árboles que cubren casi todo el recorrido, el poco movimiento en un día feriado y al final una empinada bajada hacia el río. Tampoco debería olvidar que este viaje lo hago en auto hoy en día, ya no tengo paciencia para hacerlo en bicicleta o caminando solitariamente.
¿Cómo llegue ahí? Por lo general es un recorrido que hago cuando estoy aburrido o cuando la realidad me supera y busco un lugar especial, silencioso, melancólico y sin nadie. El feriado se prestó para salir a pasear un rato y mientras aprovechar la dicha del buen día para fotografiar un espacio único.

Imagen 2: No pasarás
Paraná es especial en todas sus expresiones. La calle, cien metros antes de llegar a la ribera, es una bajada (o subida) muy empinada que desde siempre fue motivo de diversión para dejarse llevar por la gravedad y emprender una caída con la bicicleta o ahora mismo, ver como el auto comienza a escaparse de las manos y dormido su motor, se entrega Paraná abajo. Pero para mi sorpresa, antes de regalar mi estabilidad a la calle, me encuentro con el paso imposibilitado. Están arreglando algo y me están impidiendo que llegue al río, pero... ¿Quién se encarga de arreglar Paraná? ¿Tengo otra bajada para llegar a mi oasis tercermundista? Suena despectivo, pero les juro que así es.
En la imagen vemos como el paso es anulado, y hay vestigios de reparaciones en la calle. También vislumbramos al fondo el oscuro río y algunos árboles que empiezan a llenar sus ramas de verde u otros que aun son perezosos.

Imagen 3: Hay un responsable
Paraná es sumamente especial. Paraná está pretendida por dos partidos para oficializarla en sus mapas pero también para olvidarla y dejarla abandonada. Las quince cuadras que hago sobre Paraná con el auto en realidad es una experiencia aterradora para cualquier fanático del cuidado de un rodado. Lomos de burro, badenes, pozos, asfalto viejo. De todos modos, eso hace a Paraná algo ideal. No creo que puedan entenderme. Pero lo pretendo.
Aun así, en la imagen aparece un responsable, la Municipalidad de Vicente López carga con las reparaciones que el mismo cartel informa. También podemos ver el nombre de la empresa que licita la obra y unos pocos colores que predican: Cuidado, precaución, cerrado el tránsito.

Imagen 4: Río gris
Por lo general tengo un lugar predilecto para detenerme. Luego de encontrar una bajada alternativa al río, llego a ese lugar que siempre elijo y rápidamente me deshago del auto para adentrarme en lo “verde” y acercarme más a las opacas aguas. Esta parte de la costa del Río de la Plata se caracteriza por una parquización que va desde el comienzo de Vicente López hasta la marina de San Isidro. Si bien siempre hay un punto en común (juegos, estacionamientos para autos, baños, bares, etc.) cada parte de la costa tiene su particularidad: En Vicente López encontraremos más actividades artísticas, una movida interesante con respecto a los bares y una misteriosa continuidad hacia Capital Federal (los invito a conocer, no les adelanto más nada) y de Paraná para “allá” la costa se calma, se llena de más verde y permite darse el lujo de brindar tristeza, aunque el Tren de la Costa de tanto en tanto haga sonar su bocina (la cual también carga una especial melancolía) Es claro, yo elijo este sector, ya me pertenece.

Imagen 5: Playa de las vanidades
Después del estacionamiento para autos viene un sector parquizado. Pasto, flores, canto rodado, caminos de cemento, juegos para chicos (y no tanto) y más allá de todo esto, la mano urbanizadora del hombre se limita y permite que el agua se pose sobre una mezcla de suelo de arena, piedras, botellas, puchos, y otras porquerías. El río avanza hasta donde puede y parecería ser que intenta no arrastrar los despojos de los caprichos de los que lo visitan.
Al fondo algunos veleros reposando, algunos barcos camino al puerto de Buenos Aires y algunas boyas. En su orilla, yo desafiando al agua a que me moje las zapatillas mientras intento dar un paso más atrás cuando se acerca. Es siempre el mismo juego. El mismo juego dice que las manos van en los bolsillos del jean.

Imagen 6: El parking de la paz
Inmediatamente luego de jugar con el río, de recorrer su solitaria costa y de comprobar que esta todo bien, vuelvo al auto a encerrarme. ¡La idea de todo este viaje es casualmente esa! Tantos pasos previos para volver al auto, sentarme, poner música y fumarme un cigarrillo. Miren que simple era todo. Un directo recorrido Paraná abajo, una ubicación predestinada y un chequeo costero para acabar dentro del cubículo metalizado.
El estacionamiento debe estar a diez metros del comienzo del río. Es relativamente nuevo, un suelo asfaltado, un parador de troncos y una decorativa vegetación. Recuerdo que antes era suelo de tierra, no habían luces ni caminos ni juegos. Igual lo hecho de menos, aunque ahora me ensucio menos (y el auto también)

Imagen 7: Veo veo
Paraná es especial. El río es inmensamente solitario. Y mi idea es la de siempre, como estructurada. Después de fumar el cigarrillo, trato que el humo salga por las ventanas o abro las puertas. Soy fumador pero no me gusta ahogarme con mi propio vicio. Si la radio acompaña me quedo un rato más divisando el río desde el auto. Si no acompaña (la radio tiene esos días en que no quiere satisfacer mis necesidades) emprendo la vuelta por Paraná misma o por alguna calle interna de Martínez. Me gusta ver las mansiones... una especie de “masoquismo edilicio”.
Noto que antes de irme, el sol comienza a asomar unos celosos rayos entre sus pomposas nubes oscuras y el río toma un color distinto. Como barro lavado. Junto con los rayos de sol, aparecen nuevos visitantes que magnetizados por una fuerza especial, se desesperan en estacionar, bajar e ir hacia el río. Ellos no conocen de rituales, ni de silencios ni mucho menos de un pucho fumado en el ostracismo del auto. Ellos tienen la necesidad de abandonar sus carros... no les importa ni Paraná, ni lo obstruida que está la bajada ni si sus radios los satisfacen. Tampoco tienen la culpa.

Imagen 8: Éramos pocos...
Intuyo que el feriado de hoy, 15 de octubre (el Día de la raza fue el 12, pero conmemoramos el día que mejor se acomode a los bolsillos) tenía ocultas a las familias entre las decorosas plantas, pastizales, o bajaron todos del Tren de la Costa y se apropiaron de mi espacio. En unos veinte minutos, hordas de personas comenzaron a invadir el lugar y dejaron mezclar sus hábitos para no perder tiempo y disfrutar todo, antes que esas nubes cargadas dejen caer algunas gotas. Yo sin abandonar mi lugar de refugiado1 los miro y les saco fotos. Yo, sin dejarme intimidar, los miro y trato de comprender sus manías. Yo pienso que mejor me voy a mi casa... ya tengo en mi poder más de treinta fotografías, tengo que seleccionarlas, editarlas y luego volcar mis sentimientos en un procesador de texto. Ya tengo todo para hacer mi trabajo, pero también tengo una visita más a mi rincón en el mundo, por lo menos el que ahora me toca...
Daniel Francisco

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El Impacto

Con la mano todavía sudada y dolorida salí del edificio sintiéndome una cucaracha.
Un poco mareada, caminé hasta la estación pensando en la última pregunta del cuestionario. Estaba incompleta, yo sabía que los nervios me habían jugado en contra.
Saqué de mi mochila los clasificados y mientras esperaba el tren, me puse a marcar otras opciones de trabajo. Esta oportunidad la había perdido, otra vez.
Era temprano, por lo que sabía que no sería tan difícil subir al tren. Llegó y las puertas se abrieron, entré y me ubiqué con rapidez en un asiento vacío.
No sabía que diría al volver a casa. Tenía miedo que mi papá se enojara conmigo por haber echado a perder una posibilidad de trabajo, más aún teniendo en cuenta que él me había hecho la recomendación. Sin embargo el problema mayor no era él, sino mi mamá. Hace ya dos años que terminé el secundario. “Si no vas a estudiar anda buscándote un trabajo”. Me lo dijo días después de egresar. Ella siempre fue muy dura conmigo, mucho más que mi papá que siempre me consintió mucho, tal vez demasiado. Los dos eran una gran presión para mí.
Estaba llegando a la estación de Morón cuando sonó el teléfono celular. Miré la pantalla y vi quién me llamaba: “Sebas”. Mi mejor amigo no lo sabía, pero cuando él me llamaba siempre me aparecía un corazón con su nombre. Nuestra amistad comenzó hace ocho años, siempre estuve enamorada de él, pero nunca me anime a decírselo.
Cada navidad, cada cumpleaños, cada ocasión especial pensaba que ese sería el momento indicado para decirle la verdad. Pero nunca lo hacía y me terminaba yendo a mi casa con una sensación horrible de vacío, la misma con la que me estaba volviendo ese día de la nefasta entrevista de trabajo.
“Hola Sebas”, dije con naturalidad, ocultando los nervios que aparecían cada vez que me llamaba. “Hola Cami, ¿Estas ocupada?, te quería pedir algo”. Le dije que estaba volviendo a mi casa cuando me interrumpió, “¿Podes bajar en la estación de Castelar e ir para el paredón donde hice el graffiti la otra vez? ¿Te acordás que te lo señalé el otro día desde el tren?” Le dije que si pero no me permitió preguntarle para que quería que hiciera eso, cuando comenzó a hablar nuevamente, estaba raro, nervioso. “Andá para el paredón, cruzá las vías y lee lo que esta adentro del sobre que está pegado al graffiti. Cuando termines llamame”. “¿Es una broma?”, le pregunté. Él ya había colgado.
Al llegar a la estación de Castelar bajé sin dudarlo y llamé a mi mama para avisarle que llegaría mas tarde. Le hablé con rapidez, no quería que me preguntara sobre la entrevista. Colgué y apague el teléfono. Ella ya me había arruinado muchos momentos lindos en mi vida y yo sabía que algo importante estaba por suceder. El llamado de Sebastián me había dejado muy ilusionada. Mi imaginación me estaba jugando una mala pasada: ya no lograba distinguir lo que él me había dicho en realidad, de lo que yo había escuchado. Dudaba de haber aceptado ir y exponerme. Si era una broma me enojaría mucho. ¿Y si no? ¿Si en realidad de verdad me tenía que decir algo importante?
Decidí no pensar más y buscar el graffiti. Me estaba acercando al lugar que me había indicado mientras recordaba los pasos que me había marcado: cruzar las vías, buscar el sobre, leer lo que había adentro y llamarlo. Cuando lo encontré me acerqué lentamente a las vías, cuidando mis pasos y aguantando las ganas de darme vuelta para ver si él estaba ahí, observando mis movimientos.
Eran las cuatro de la tarde y el sol hacía brillar los rieles como filosas cuchillas. Del otro lado, en oposición a la vistosa callecita arbolada, la tierra negra y la basura casi no se distinguían una de la otra. El paredón blanco desentonaba con la suciedad del piso y en el centro el graffiti colorido obligaba a quien pasara por el lugar a notar su presencia.
El paisaje se encontraba desolado. Detrás de mí el silencio era escalofriante y la posibilidad de que él estuviera allí mirándome me incomodaba mucho.
Fue entonces cuando ví, pegado en el medio del paredón, el sobre blanco. Brillaba tanto que casi dolía verlo fijamente. Desde mi posición se divisaban las cintas que lo pegaban a la pared.
Los nervios me envolvieron y me paralicé. Mi cuerpo se quedó inmóvil mientras en mi cabeza miles de imágenes confundían mis pensamientos. ¿De qué se trataba todo esto? ¿Qué había dentro del sobre? No podía evitar sentirme ilusionada. Ya no me importaba nada: la entrevista de trabajo y la preocupación por mis papas habían quedado atrás. Estaba tiesa sobre los rieles y mis piernas no reaccionaban.
“¡Camila!”, escuche de repente. Parecía una voz del mas allá, un sonido que venía con el viento desde muy lejos. Con fuerza me di vuelta sobre mi eje y lo vi, con un ramo de flores en las manos y una expresión de pánico.
Su mirada estaba paralizada, casi tanto como mi cuerpo. Pude ver con claridad como una lágrima le corría por la mejilla y me preocupé. Seguí lentamente la dirección de su mirada: no me estaba mirando a mí, sino que sus ojos apuntaban a mi derecha.
Moví lentamente mi cabeza hacia esa dirección, intentando seguir su mirada. Entonces pude verlo, enorme, imponente, estaba muy cerca… demasiado. El brillo de los rieles bajo mis pies me encegueció por un instante, ya no pude divisar nada. Sentí en todo mi cuerpo el impacto, mientras las lágrimas rodaban en sus mejillas.

Camila Müller

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“El amor a las seis”

Ese viernes, salí del trabajo bastante temprano, por suerte. Fue un día bastante complicado, hubo varios problemas que resolver en la oficina: mandar mails urgentes, atender a los clientes, completar formularios, pero, entre tazas de café, y mucha paciencia, pude solucionarlos. Es increíble cómo, los jefes, siempre te piden cosas, aunque falten 5 minutos para terminar tu horario de trabajo. Gritan y se ponen histéricos, como si se tratara del fin del mundo, como si fuera culpa de uno que ellos, a último momento, se acordaran de presentar los informes al gerente.
Ese día, sentía un nerviosismo interno, que recorría todo mi cuerpo, todo mi ser, que no podía controlar. Había una atmósfera bastante particular en la oficina: todos me miraban de forma extraña, sospechosa, casi como a un criminal; creo que suponían que algo distinto pasaría, en mi vida, aquel día. Hasta mi jefe parecía sospechar que haría algo indebido, porque me dijo:
-¡Qué suerte que ya es viernes! Aprovechá el fin de semana para levantarte una mina, pero cuidado, que no te agarren con las manos en la masa -se reía sonoramente.
No me gustó nada lo que me dijo, me hizo sentir incómodo, pero no tuve más remedio que callarme, sonreír, y hacer como si nada hubiera pasado, ignorando su comentario, como hago la mayoría de las veces.
Por suerte, el parque, que es el lugar dónde siempre voy a descansar, está a sólo cuatro cuadras de la oficina, así que, cuando salí del trabajo, me fui para allá.
Se notaba que era viernes: había mucha gente comprando, tanto en los negocios como en los puestos de los vendedores ambulantes, todo el mundo estaba caminando por la calle, casi ni se podía circular; otras personas, estaban desesperadas por llegar, lo más rápido posible, a sus casas, al encuentro de sus familias, pero yo tenía otros planes para esa tarde. Caminé, febrilmente, entre las personas que pasaban, esquivándolas, tratando de que no me miraran demasiado; de todas formas, no tenía por qué apurarme tanto, era temprano todavía.
Entré al parque por la entrada principal, que daba a la avenida; comencé a caminar por el sendero de cemento, que conducía al centro del parque. Este camino, estaba bordeado de flores coloridas y perfectamente cuidadas, árboles erguidos y radiantes, faroles altos, que iluminaban el parque de noche, bancos verdes para poder sentarse a descansar y pensar.
Ese viernes, era un día particularmente hermoso: hacía calor, podía sentir como el sol caía exactamente sobre mí y me irradiaba su calidez, llenándome de energía, de valor. Lo único que me molestaba era que hubiera tanta gente, sentía que todos fueron para ser espectadores del acto vergonzoso que, ese mismo día, iba a ejecutar; parecía haber una extraña fuerza, no benévola, que estaba jugando en mi contra.
Busqué un banco para sentarme, un lugar para poder reflexionar conmigo mismo. Toda la vida traté de pasar desapercibido entre la gente, nunca me gustó ser un tipo que llamara demasiado la atención, siempre fui más bien callado y cohibido, de cabeza gacha la mayoría de las veces, con bastantes problemas para acercarme a las personas; por eso, aún me sorprende lo que hice, aquello que, posiblemente, ha dejado una marca en mí, la marca de la mentira y el engaño.
Mientras corrían los minutos, observaba a mí alrededor: los chicos les rogaban a sus padres y abuelos que los llevaran a los juegos, las personas charlaban animadamente, caminaban buscándose, tratando de sentirse acompañadas, queriendo conocerse. Había grupos de adolescentes sentados en el pasto, bajo los árboles, tomando mate. También, se oían los colectivos que pasaban, interrumpiendo la tranquilidad del parque. Los pájaros cantaban, anunciando el comienzo de la primavera, que siempre fue, para mí, la mejor época del año. Muchas veces deseé ser un pájaro, para vivir en libertad, sin presiones, ni preocupaciones, ni nadie que me diga lo qué tengo que hacer o cómo tengo que ser y poder ejercer el derecho que todos deberíamos tener: el libre albedrío.
Me levanté del banco porque me dieron ganas de ver libros, así que emprendí camino hacia los puestos de venta, que se encuentran en la otra punta del parque. Hacía mucho tiempo que no los recorría. Mientras caminaba hacia mi destino, pasé por al lado de jóvenes sentados en el pasto, parejas besándose, madres llevando a pasear a sus bebés en carritos, todos con caras de felicidad, con grandes sonrisas. Personas que caminaban y trotaban, escuchando música desde el MP3, hasta había una chica que estaba haciendo ejercicio con su personal trainer.
Miré mi reloj, recién eran las 17:30, era temprano, mi encuentro sería, recién, a las 18 horas. Comencé a dudar, ya que nunca fui una persona demasiada segura y decidida. De golpe, apareció en mí un sentimiento horrible, llamado culpa. Se me cruzó por la cabeza la idea de no ir al encuentro, pero no podía hacer eso, porque yo nunca dejaría a una mujer plantada, va contra mis principios, sería demasiado cobarde de mi parte.
Cuando continué mi camino hacia los puestos de libros, logré salir de mis pensamientos gracias a que una mujer mayor y su nieto se me acercaron. La señora, tenía el pelo blanco y corto, ojos celeste cielo, y llevaba un bastón en la mano, para ayudarle a caminar; el nene, tenía unos cinco años de edad, tenía el pelo ondulado, y ojos grandes y soñadores, seguro que recién había salido del colegio, porque llevaba puesto el guardapolvo del jardín.
-Disculpe, señor, ¿podría decirme la hora? -me preguntó el nene, que se había parado justo al lado de su abuela.
El niño me dio mucha ternura, me hizo acordar a mi hijo, Tomás, cuando tenía esa edad.
-Sí, cómo no. Son las cinco y media de la tarde.
-Gracias -me dijo la señora. Y se fueron.
Luego de haber cruzado todo el parque, llegué a los puestos, que estaban tal cual los recordaba, ninguno había cambiado de lugar. Estos están apartados, del resto del parque, por una reja blanca, y aquí no hay ni árboles, ni plantas, ni pasto, sino que el piso es de yeso. Todos los puestos eran iguales: estaban hechos de metal verde oscuro, tenían una mesa de madera, para apoyar los libros, y unos estantes en la parte de atrás, que es dónde los guardaban. Había muchas personas observando los puestos, mirando libros, levantándolos y tocándolos, leyéndolos, preguntando precios.
Me dirigí hacia mi puesto favorito, el que, para mí, es el mejor: el nº 34. La dueña del puesto, una señora de unos cincuenta años, de cabello oscuro y sonrisa amable, ya me conoce hace mucho, siempre me saluda muy cordialmente al verme, se puede decir que ya soy cliente; allí, siempre se encuentra lo que sea, cada vez que he ido a buscar algún ejemplar determinado jamás volví con las manos vacías.
Me encantan los libros, no sólo leerlos, sino también sentir sus tapas, sus hojas fibrosas y cortantes, con ese olor tan peculiar. Toda la vida soñé con ser un ermitaño, un solitario, vivir solo en la ciudad, leyendo y escribiendo novelas; pero, en cambio, terminé casándome, formando una familia y trabajando nueve horas, encerrado en una oficina. Recuerdo que, cuando le compre a Julieta y a Tomás, mis hijos, la colección completa de “El señor de los Anillos”, acá en el parque, me salió mucho más barata que adquirirla en cualquier librería de un shopping. También me acuerdo que, cuando le compré a mi esposa, Carolina, “Rayuela”, de Cortázar, se había puesto muy contenta; en esa época éramos felices, ahora parecemos dos extraños que viven bajo el mismo techo y duermen en la misma cama. No entiendo muy bien qué fue, exactamente, lo que nos pasó. Una vez, mientras cenábamos solos, porque los chicos habían salido, se lo pregunté:
-El tiempo –me respondió, con los ojos llorosos, casi sin voz. Su aliento olía a alcohol, y a olvido, a un profundo olvido, eso me devastó. Luego de responder, se limitó a callar.
Y yo, hasta el día de hoy, sigo sin comprender qué clase de respuesta fue esa. El tiempo es algo efímero, no se puede ver, no se puede tocar, realmente no creo que sea algo real, es simplemente una denominación que le puso el hombre a aquello que no puede controlar. Tal vez, fueron los obstáculos de la vida y las dificultades que se nos han presentado en el día a día lo que nos separó. Lo peor de todo, es que no estoy seguro de seguir enamorado de ella, y creo que Carolina siente lo mismo con respecto a mí; pero, la palabra divorcio no está en su diccionario, por más que se lo pidiera, ella no lo aceptaría, porque hay que guardar las apariencias y no demostrarle a los demás que tenemos problemas.
Seguí recorriendo los puestos, sin una intención determinada; creo que, simplemente, quería llenar mi alma con la presencia de esos libros. Siento un vacío en mi interior que me lastima; antes podía reírme y vivir cada momento plenamente, pero ahora me olvidé la manera de disfrutar la vida con intensidad.
A medida que avanzaba en mi recorrido, observé que, en los puestos, había libros de todo tipo: novelas, colecciones de cuentos y poemas, libros de Psicología, Filosofía, Política, Sociología, entre otras áreas. Me detuve en uno, para poder observar mejor un libro de Hesse, que me había interesado. En este mismo puesto, había una chica, de unos treinta y cinco años, que estaba mirando libros con su amiga. Mientras observaban, le contaba que, cuando era chica, los abuelos de ella, alquilaban una casa en la costa en el mes de enero, y salían de vacaciones como los Campanelli, con toda la familia completa. Yo también, cuando era chico, me iba de vacaciones de esa forma: íbamos con toda la familia entera a la playa y nos quedábamos los tres meses de verano allá. Durante el día, jugábamos a la paleta, al fútbol, hacíamos carreras para ver quién llegaba primero al mar. Había noches en las que hacíamos fogatas en la playa y, como mi tío Emilio sabía tocar la guitarra, todos los chicos cantábamos al compás de la melodía del instrumento de cuerda; era maravillosa esa época, uno de los mejores momentos de mi vida, me divertía muchísimo.
Decidí salir de los puestos y seguir recorriendo el parque un rato más, no iba a privarme de tomar aire puro en una tarde tan hermosa como esa.
Al mismo tiempo que caminaba, una extraña sensación volvió a apoderarse de mí, una fuerza incontrolable, más grande que mí mismo y que el mundo entero: la inseguridad. Volví a dudar en salir corriendo o no. Tenía un gran dilema moral en mi interior: por un lado, quería escapar de la vida que me ahogaba y absorbía, quería dejar atrás todo aquello que me hacía mal; pero, por el otro, sentía que le estaba fallando a muchas personas, y que no me estaba comprometiendo con la vida que, supuestamente, yo elegí. ¿Cómo fallarle a mi familia? Todos me mirarían como a un pecador, porque en todo momento se debe guardar la compostura, eso fue lo que siempre me han enseñado, desde chico, en todos lados: en casa, en el colegio, en la iglesia, en el club.
Seguí caminando, con todos estos pensamientos en la cabeza, y me metí entre unos árboles altos, sin pisar el pasto, porque no estaba permitido. De esta manera, llegué a los juegos infantiles, desde los que ya, a pocos metros de arribar, se empezaban a escuchar las risas de los niños, que estaban jugando y divirtiéndose.
El sector de juegos poseía un arenero gigante, hamacas de colores, un tobogán, tres subibaja y dos pasamanos, todos estos rodeados por pasto, árboles y arbustos de color verde manzana; a muy pocos metros de allí, estaba una de las entradas al parque. Cuando llegué a aquel lugar, la sonrisa de los chicos iluminaba los alrededores. Se podía sentir la alegría que irradiaban, pude sentir su felicidad. Jugaban acompañados de sus padres, amigos, abuelos, hermanos. Había niños tirándose por el tobogán, otros hamacándose en las coloridas hamacas, trepándose en el pasamanos. Todos se estaban divirtiendo en la arena, había algunos que jugaban con muñecos y juguetes traídos de sus casa, con juegos de mesa, con pelotas de colores. Las palomas volaban sobre los juegos, aterrizando en la arena junto a los nenes, provocando que, más de uno, salga corriendo por temor a este animal alado.
Observar a los chicos jugando, me hizo acordar a las veces que llevé a Julieta y a Tomás a la plaza: pasábamos todo un día ahí, juntos, sólo nos reíamos y nos divertíamos.
En ese momento, se escuchó el grito de un nene, de unos cuatro años de edad:
-¡Hoy es el mejor día de mi vida!
¡Qué fácil y maravillosa era la vida durante la niñez! Todo me hacia sonreír, todo me parecía gracioso; cada segundo de mi existencia era mágico, único e irrepetible. Era grandioso vivir sin preocupaciones, sin pensar en un futuro próximo, sin hacerme ilusiones por cosas que difícilmente sucederán.
Cuando me di cuenta, había pasado cinco minutos mirando a los chicos como un zombi, estupefacto, maravillado, con una gran sonrisa de satisfacción en el rostro. Para evitar que todos pensaran que era un pedófilo, por quedarme observando a los niños, me empecé a alejar de los juegos, casi corriendo.
Todavía, podía oír los alegres murmullos, las alegres voces de los nenes disfrutando de los juegos, de una bella tarde al sol, una tarde de paseo, de diversión y aventuras. Caminé desde los juegos para chicos, en dirección a uno de los costado del parque. Me tropecé con adolescentes en bicicleta, chicos jugando al fútbol, gente corriendo alrededor del parque, haciendo ejercicio. Un joven, de unos veinticinco años, me detuvo y me preguntó:
-Che, flaco, ¿Tenés fuego?
Yo lo miré petrificado, unos segundos, con el entrecejo fruncido. ¡Qué descortés y maleducado!, no era su amigo para que se dirigiera a mí de esa manera, ni siquiera lo conocía.
-No, no tengo fuego -le respondí, con indignación. Luego, se alejó con cierto aire ofendido.
Seguí caminando por el centro del parque, encontré un banco desocupado, se me ocurrió sentarme. Se me acercó un nene humilde, con la ropa sucia y raída, parecía un poco desnutrido.
-¿No tiene alguna moneda, señor, por favor? -me preguntó, con los grandes, oscuros y profundos ojos bien abiertos. Tenía una mirada muy penetrante.
Me dio lástima, pero, a la vez, sentí respeto por él. ¿Quién lo diría? Un chico de la calle, que en vez de estar en la escuela estaba pidiendo monedas, fue más educado que el joven que me pidió fuego, que, seguro, sí fue al colegio.
-No, no tengo una moneda -le respondí-. Pero te vas a quedar acá sentadito, porque te voy a ir a comparar algo para comer, ¿querés?
Asintió con la cabeza, con una gran sonrisa. Fui hasta una especie de quiosco que hay en el parque, compré un paquete de galletitas y una leche chocolatada para que tomara. Cuando volví al banco, el nene seguía allí, con una gran sonrisa en el rostro.
-Acá tenés –le dije, amablemente.
-Muchas gracias, señor -me agradeció, devolviéndome una sonrisa. Luego, se fue.
Volví a sentarme en el banco. De repente, sentí que algo me mojaba, y pensé que era sólo mi imaginación, pero, posteriormente, comprobé que no era así, que estaba realmente sucediendo; miré a mi izquierda, había un rociador para regar el césped y las plantas. Un grupo de adolescentes, que se encontraban cerca de mí, pero no lo suficientes para ser alcanzados por el chorro de agua, comenzaron a reír al ver que yo era mojado. Inmediatamente, me levanté del banco. Por suerte, el rociador sólo me había mojado un costado del pantalón de vestir. Me alejé de allí, y aceleré aún más el paso para no tener que seguir oyendo las carcajadas de los chicos, que constituían la banda sonora del momento que, para ellos, fue muy gracioso, pero no lo fue para mí.
Se me cruzó, fugazmente, un pensamiento: ¿qué diría ella si me viera con la ropa mojada?, tal vez pensaría que soy un descuidado o un imbécil, como cree mi esposa. No, ella no era como Carolina, no era cruel, le importaban los sentimientos de los demás.
Mientras seguía caminando, luego de abandonar el banco, vi a una nena que le pedía, a su abuela, que le compara pochoclos.
Eso me hizo recordar cuando, durante mi niñez, iba a la casa de mis abuelos y ellos me llevaban siempre a jugar a una plaza, que estaba cerca de dónde vivían. Amaba ir a jugar ahí, me divertía muchísimo, pasaba horas y horas arrastrándome por la arena, trepándome y balanceándome, jugando en el subibaja. Después, mi abuela, me preparaba la leche, con el biscochuelo de vainilla que hacía ella misma. ¡Cómo disfrutaba de jugar en esa plaza!, fue uno de los mejores momentos de mi infancia, aún siento nostalgia cuando paso por allí cerca.
El sol estaba comenzando a bajar muy lentamente, empezaba a correr una brisa fresca, algunos estaban abandonando el parque. Me detuve frente a un gran grupo de flores, que eran alegrías del hogar, de color rosa, fucsia, rojo, y lila. Carolina tiene unas cuantas en el jardín de casa, las cuida como a su vida y les presta mucha atención.
Para nuestro primer aniversario, le regalé una planta de ese tipo, grande y florecida, era la planta más linda que tenían, en ese momento, en el vivero. Recuerdo que, esa noche, se acercó a mí, me besó de forma dulce y cálida, casi con aroma a frutas, y me dijo al oído:
-Este fue el regalo más lindo que alguien me hizo en toda mi vida. Gracias.
De repente, se me cruzó una idea por la cabeza: ¿y si cortaba una flor del parque para regalársela a aquella mujer, con quién me encontraría a las seis de la tarde, que no es mi esposa?, creo que, en otro momento, no lo hubiera hecho; sentí un impulso que vino desde lo más profundo de mi ser, que me ayudó a animarme a arrancar la flor. Miré a mi alrededor, para comprobar si había alguien por allí que me pudiera ver, y, disimuladamente, me agaché y corté una de las flores.
Muchos, la gran mayoría de las personas, piensan que la infidelidad es cuando te acostás con alguien que no es tu esposa, yo creo que la infidelidad comienza por la mente. No sé cómo pude hacerlo, yo nunca fui de hacer esas cosas; pero, cuando un compañero del trabajo me comentó sobre un chat muy divertido, al que entraba gente muy interesante, sentí una gran tentación, entonces decidí ingresar. Al principio, iba todo tranquilo, no había conocido a nadie fascinante, hasta que, cuando estaba a punto de desconectarme, apareció ella. Comenzamos a hablar y, al parecer, los dos sufríamos del mismo mal: un matrimonio desgastado. Los dos teníamos dos hijos, ella era ama de casa y le gustaban mucho las flores, pero, como su más secreto deseo, le hubiese gustado vivir en el Sur, en una cabaña, y cocinar tortas, mermeladas y chocolates para venderle a los turistas. Comentó que estaba aburrida de su vida y que se sentía muy sola, al igual que yo. Luego, le conté lo que había soñado para mi vida cuando era soltero, y, después de hablar varias veces por Internet, ella me confesó que la soledad que sentía se estaba yendo gracias a mí. En ese momento, mi corazón comenzó a latir a gran velocidad, y le revelé que ella se había transformado en alguien muy especial, entonces, le propuse que nos encontráramos, que quería conocerla. Sentía que me estaba enamorando de esta mujer, cuyo rostro y nombre desconozco.
Aceptó sin dudar, detalló la fecha, la hora, el lugar, y dijo que estaría vestida con una pollera rosa, zapatos altos negros y camisa celeste. Acepté sus condiciones de encuentro, y le dije que yo estaría de traje azul y corbata lila.
Miré mi reloj, eran las seis menos diez, ya era hora de ir hacia el Monumento de Simón Bolívar, el lugar de encuentro que habíamos pactado. Mientras caminaba, comencé a sentir algo que me molestaba dentro del zapato, de seguro se me había metido una piedrita. Intenté seguir avanzando, pero me incomodaba demasiado, entonces, paré unos minutos y me quité el mocasín. En ese instante, escuche una voz conocida que me dijo:
-¿Tanto te duelen los pies que no podes esperar a llegar a tu casa para sacarte el zapato, desubicado?
Levanté la vista y vi a Jorge, un compañero de trabajo. En ese momento me puse pálido, abrí los ojos con expresión de sorpresa, comencé a transpirar profusamente, me temblaban las rodillas, me paralicé.
-Bueno, tampoco es para que lo tomes a mal, era solamente una broma -respondió él, al ver la expresión de mi cara.
-¿Qué haces acá, Jorge? -me apresuré a preguntarle.
-Atravesaba el parque para llegar más rápido a la parada del colectivo. ¿Vos qué haces acá?
Me costó mucho, pero me apresuré por sonar tranquilo y convincente, como si nada estuviera pasando por mi cabeza.
-¿Yo?, nada, simplemente descansaba acá y tomaba un poco de aire fresco -contesté.
Al principio parecía desconfiar un poco, pero luego me creyó.
-Ah, está bien, hay que disfrutar un poco del aire puro y la naturaleza –comentó-. Bueno, me voy, porque quiero llegar a casa. Nos vemos el lunes, buen fin de semana. Cuando Jorge se fue, me apresuré a sacar la piedra de mi calzado y a ponérmelo.
Todavía estaba en estado de shock. ¿Y si había otra persona conocida que me viera y le contara a Carolina?, si eso pasara sería todo un bochorno. Comencé a dudar, cada vez más, sobre si quedarme o no. Las piernas todavía me temblaban, el corazón me latía muy rápido, no sabía que hacer. Miré mi reloj, para ver si todavía estaba a tiempo de irme, pero ya era tarde: eran las seis menos cinco, era hora de conocerla, así que seguí camino hacia nuestro punto de encuentro.
El monumento de Simón Bolívar era un gran rectángulo de concreto color crema, en el centro, se alzaba una estatua de Bolívar montado a caballo, y, a los costados, había otras dos estatuas de mujeres; todo el monumento estaba rodeado de arbustos, que estaban contenidos en un cantero que servía de asiento. Cuando llegué al lugar dónde nos reuniríamos, había algunas personas al pie de este, sentadas en el cantero, eso me hacía sentir profundamente incómodo. Me senté a esperar, con la flor en la mano. Estaba muy nervioso, sacudía un pie de forma frenética, y me movía inquietamente.
Cuando miré al frente, venía una mujer vestida de acuerdo a lo descrito por mi amada. Mi corazón empezó a latir con rapidez, comencé de nuevo a transpirar profusamente, me puse de pie para recibirla, miraba a los costados para ver si había alguien conocido. La mujer estaba cada vez más cerca, cuando, de repente, me di cuenta que conocía a aquella mujer que se estaba acercando, y que, sin lugar a dudas, no era aquella a la que yo esperaba.
-¿Carolina? –dije, apresurándome a esconder la flor, y notando que ella estaba particularmente hermosa y bien vestida.
-¿Enrique, qué haces acá? -me preguntó ella, inquieta y sorprendida.
-¿Yo? -respondí nerviosamente- estoy... esperando a los muchachos de la oficina para ir a tomar algo. Quedamos en encontrarnos por acá.
-Ah, entiendo –respondió, sin salir de su sombro. Se notaba, a simple vista, que no esperaba encontrase conmigo.
-¿Y vos, qué haces acá? –me impulsé a preguntarle.
-¿Yo? Bueno... vine a encontrarme con las chicas, para tomar un café. ¿Qué extraño encontrarnos nosotros dos acá, no? Qué se le va a hacer, no se puede ir contra el destino, uno propone, pero Dios dispone. ¡Y pensar que tenía tantas ilusiones! –dijo, con cierta ironía en la voz-. Bueno, mejor voy. Y se fue caminado, en dirección a una de las salidas del parque.
-Está bien -respondí yo, aunque no entendí lo que me quiso decir.
¡Qué suerte la mía!, encontrarme con mi esposa justo ahora. ¡Y qué casualidad, que Carolina y mi amada tuvieran el mismo gusto para vestirse, siendo tan diferentes una de la otra! Menos mal que mi querida todavía no había llegado, así aprovechaba para que se secara el pantalón.
Seguí esperándola, hasta que se hicieron las siete y media de la tarde, pero nunca llegó. Me daba curiosidad saber qué le había pasado a mi misteriosa mujer, que no había venido. Seguro que el esposo no la dejó salir, o tal vez le agarró miedo e inseguridad a último momento, o tuvo algún problema para llegar hasta acá, porque no funcionaba el subte o el auto. Espero que, la próxima vez que concretemos un nuevo encuentro, podamos conocernos, no importa cuanto demore, días, meses, años, yo voy a esperarla hasta que esté preparada.
Estoy seguro que esta mujer logrará darme la felicidad, por eso tengo que conocerla...

Jésica Bosso