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26 de diciembre de 2007

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SALIDA

Se escondía en su casa. Para ella era más como un refugio, ya no se acordaba de la última vez que había salido. Estaba más a gusto ahí que en cualquier otro lado. En realidad la preferencia era una excusa, mala por cierto, para no tener que salir, no interactuar con nada ni nadie. Tenía la extraña idea de que no le caía bien a nadie ahí afuera, y por ende nadie le caía bien a ella. Pero ya ni se acordaba cómo es que había surgido esa sensación. A lo mejor un día, entre el tumulto de gente, alguien la aplastó un poco, o le fue descortés. Más allá de la razón, lo importante es que no quería salir. De todas las opciones que tenía, estaba convencida de que esa era la mejor. El miedo al afuera no es algo fácil de enfrentar. Tiene un nombre de fobia, pero es demasiado complejo para recordarlo, y no viene al caso; todas suenan parecido y al final no se logra distinguirlas. Además, le caía mal lo arrogante que es la gente, que se lleva el mundo por delante. Para ella todos son así. O mejor dicho, comparados a ella. A esta altura ya no se animaba a salir ni siquiera en busca de comida. Por el momento se arreglaba con lo que tenía al alcance. Pero el hambre no era su mayor enemigo en esta instancia. Miraba hacia fuera, observaba a todos y sabía que nadie la veía, pero cualquier mirada que la enfocaba, era razón suficiente para su sobresalto.
Aquel día, como todos, se había decidido a salir. Estaba convencida de que por fin iba a enfrentar sus miedos. En principio, pensaba, debía dejar de llamarlos miedos, o sería un constante recordatorio de sus limitaciones. Entonces decidió resolver el asunto diciendo sencillamente “salgo un rato y vengo”. Así, como si avisara a alguien que la espera con la comida. Comida, no; no había que pensar en comida porque daba hambre. Volvamos a la frase entonces. Es elemental el verbo final. Ese “vengo” indica que no sólo iba a lograr su cometido sino que además volvería sana y salva. Triunfo total. Sólo quedaba decidir cuándo. Se acercó a su ventana, lo más escondida posible –que ya era una costumbre, no hacía falta ni proponérselo–, miró hacia abajo, al suelo, y le dio vértigo. Se alejó lo más que pudo, e intentó calmarse. No se podía echar atrás ahora. Aunque a lo mejor ya era suficiente avance, y debía esperar un día más para tomar coraje. No. Si dejaba pasar el momento, se iría con él esa sensación, ese ánimo, que por alguna extraña razón la invadía aquella mañana. Es ahora o nunca, se dijo. Y al instante se arrepintió de una frase tan drástica, porque si no lo hacía, se quedaría con el “nunca”. Podía cargar con la culpa de no alcanzar su meta ese día, pero no podía resignarse por adelantado por todos los que siguieran. Se quedó solamente con el “Es ahora. (Punto)”. ¿Pero qué significa eso específicamente? Volvió a asomarse, casi olvidando el episodio del vértigo y miró ahora hacia arriba. Una nube pasajera se instaló justo encima. Ah, no. Si va a llover, no. Había encontrado la excusa perfecta. O había encontrado cualquier excusa, y ya era suficiente. ¡Cuán traumático puede ser para la primera salida, con todo lo que eso implica, tener que lidiar además con la lluvia y hasta probablemente rayos y truenos! No, evidentemente el cielo le estaba manando una señal. Todavía parada frente a su ventana, haciendo todo tipo de gestos y refunfuñando, una luz intensa la encandiló y obligó a cerrar los ojos bien apretados. Era un rayo de sol que asomaba gradualmente, al tiempo que la temible nube se alejaba. Se corrió de la abertura, desilusionada. No sólo no tenía razón, con lo que odiaba no tener la razón, sino que se había quedado sin excusa. Ya no le quedaba alternativa, incluso ahora más que nunca, como castigo por haberse llenado la boca con pretextos que ni ella se creía. A pesar de todo, no era tan fácil, y eso lo tenía bien claro. Nunca había sido impulsiva, y aquel no era el momento de empezar. Intentó racionalizarlo una vez más: ¿qué le podría pasar si salía? En su cabeza las respuestas se abarrotaban, pero ella decidió no escucharlas y, en cambio, sincerarse. No lo sabía. Lo que más le asustaba era no saber qué podría pasarle, y no era lo suficientemente valiente como para descubrirlo.
Inmediatamente se replanteó aquella teoría. ¿Quién dijo que no era lo suficientemente valiente como para descubrirlo? Miró a su alrededor, nadie que la desafiara. Claro que no. Era ella contra su propia conciencia. Y esta vez quería ganar ella. Demostrarse que podía ser valiente, tener coraje y salir de frente a la batalla. ¡Como una reina! Habrá que ver si los reyes no pasan días y días agonizando con la idea de salir a lograr su cometido; si no les aterra lo que pueda pasarles ahí afuera, lejos de las comodidades de su reino. No todos pueden ser valerosos. Pero ella sí. Ella sería la reina que liberase a sus súbditos del encierro y alentase, a sí misma y a todos, a vencer los miedos y salir a la intemperie. ¡Ahora la responsabilidad por todos los seres indefensos era suya! Asumió el rol que le correspondía, que le había sido predestinado. Claro que sí. Era el momento, no había vuelta atrás, ni aunque quisiera. Ya llevaba a cuestas la libertad de todo un pueblo. “¡Viva la reina!”, exclamaba, “¡Viva la reina!” repetían a coro las voces del mundo que retumbaban en su cabeza.
Y así, al grito de batalla, una gran legión de abejas obreras disparó sin vacilar rumbo a la salida del panal. El entusiasmo no cesaba, los zumbidos eran estridentes y dinámicos, opacando cualquier otro sonido que intentara hacerse oír.
Y ella, la abeja reina de la colmena, esperó entusiasmada hasta que la última hubo abandonado el refugio. Por fin, se apartó de la puerta y suspiró aliviada. “Mañana, mañana sí que salgo.”

Paula May

42

EL GATO NEGRO

Silbido común. ¡Llamando al explorador del paisaje unísono! La ex pradera asfaltada es testigo de sus pesuñas. La inundación de mañana lo esperó contemplativamente la semana pasada. Y él, una vez más, intentando averiguar qué es lo que pasaba.
Así es. Le gusta estar al sol, aunque nunca abandona la captación de todos los colores posibles.
Esta vez todo parecía ser distinto, aunque sin distinciones individuales del todo para destacar. Silvestre mira el cielo aunque nada de él le pertenezca. El oxígeno circundante en el ambiente parece reclamarle una devolución y se la escupe impulsivamente. El envase en su pata delantera izquierda lo amenaza con hacerle caso a Newton y lo sujeta más fuerte, dándole cariñosamente unos besos al pico para ignorar un poco mejor.
El carro de las flores que nunca nacen lo acompaña una vez más, y la bestia de metal vuelve a abrirle las corredizas servicialmente. Para él era el acto más gentil que podía existir.
Ese día iba a ser menos oscuro, según sus ojos. Una Rata Gigante lo miró atentamente durante todo el viaje y estudió todos sus movimientos y quietudes. Silvestre esperaba alguna palabra que estorbe el silencio, y la botella también. Y así fue. El mensaje lo recibió con suma admiración y tomó prestado el tridente. Mientras, el Pájaro sonríe en la oscuridad.
Silvestre baja del tren en la estación de ayer y mañana. La Rata Gigante seguiría su paso hasta llegar a la última estación y jamás volverían a cruzarse.
Se dirigió, casi desposeído, a deshacerse de las flores mentirosas al mismísimo jardín. Esta vez nada detendría su paso. Con el tridente y su magia rejuvenecida sedujo a la inseductible Felicidad y se abrió a sí mismo un nuevo sendero en su vida.
Silvestre tiene sesenta y cuatro años. Está casado con Felicidad, su amada esposa, desde los treinta y siete. Tienen siete hijos y viven en pleno Centro de la Ciudad de Buenos Aires. Sonrisa afilada y orejas atentas (hay cosas que nunca cambian): recibió el llamado que le prometieron. Finalmente, se le dio el ascenso político que había estado arañando en las ocho vidas anteriores. Llegar al poder no era un asunto para menospreciar, desde luego. Y que el señor Presidente de la Nación personalmente se encargue de dirigirle la palabra por vía telefónica para brindarle ciertas recomendaciones del oficio tampoco era un asunto de todos los días (aunque lo empezaría a ser, desde entonces, supuestamente).
Hermosa quinta. Muy buena elección, según papá Silvestre, de uno de sus siete hijos. A Mala Suerte le había sido encomendado por parte de su padre elegir una linda casita de fin de semana para la familia entera. Parque Leloir, en la zona oeste del Gran Buenos Aires, fue el lugar propicio según el primogénito de Silvestre y Felicidad. Mala Suerte había estado husmeando distintas localidades y tuvo algunas dudas, pero la aprobación y posterior compra de la propiedad por parte de sus padres le hizo sentir que desafiaba a su propia identidad.
Tanto Maullido como Oscuro, otros dos de los hijos del matrimonio de Silvestre, siempre tuvieron ciertos celos por el encubierto favoritismo aparente de sus padres respecto al hijo mayor. Esto siempre fue motivo de peleas infantiles que, al pasar el tiempo, iban apaciguándose sobre la base del secreto en el pensamiento. Ya no lo expresarían directamente, ni siquiera entre ellos, como un rencor consciente. Sería más bien un impulso inconsciente que seguiría latente siempre. Y, obviamente, el asunto de la casa quinta no iba a ser menos indicador de ese supuesto desliz por el primogénito.
Tampoco valía la pena atarse a circunstancias puntuales como esa, pues Silvestre era un buen padre. O, al menos, eso intentaba ser a base de la utilización incipiente de su billetera para cumplir con la sonrisa de sus descendientes.
Por su parte, las gemelas Astucia y Traición engendraban en sus miradas ese tinte mágico de Silvestre. Eran un espejo de él, en ciertas actitudes. Ellas eran muy oportunas, en todo momento. Siempre que papá Silvestre necesitaba algo o estaba por pensar en realizar un acto u otro, ellas eran sus pupilas: veían todo antes de que él lo razone. La vida de ellas era como un mundo aparte en la familia. Pero no por estar apartadas, sino porque con sus formas de ser traducían toda actitud del matrimonio y de los hijos. Eran un símbolo perfecto de todos, unidos y por separado.
Otro de los hijos de Silvestre y Felicidad, Tenebroso, mostraba una actitud más bien un poco distante y contradictoria. Resultaba ser, quizá, un calco de otras vidas de Silvestre: ese que dudaba de todo y de todos, que no comprendía al paisaje ni a los ojos que lo observaban. Era, más bien, el hijo más impredecible de todos. Sorpresivo como pocos, siempre dejaba algo sin dar a conocer. Eso, tal vez, era lo que más le gustaba a Silvestre de él y trataba, inclusive, de tomarlo como ejemplo para su vida política. Es sabido que toda frase de un político debe tener cierto alcance, pero también debe dejar una dosis oculta en su existir, para poder excusarse en futuras decepciones a la plebe que votó pensando que el discurso era cierto. La dialéctica en la vida de Tenebroso jugaba un papel instrumentista en la del propio Silvestre, entonces.
Finalmente, la séptima hija del matrimonio de Silvestre con Felicidad era Pureza. De seguro que esta chica, la menor de todas, era la menos querida de la familia. Así es: a pesar de ser la más chica, cuestión que generalmente hace imaginar que es la más protegida, sobre todo por ser mujer, era la más ignorada y menos reconocida de todas. Hermosa y pura como pocas, Pureza mostraba en sus miradas y movimientos actitudes impropias de su familia. Era una chica muy solidaria y atenta, que en su afán de provocar sonrisas a su alrededor inclusive poco le interesaba ser la menos reconocida. Todo acto que ella realizase provenía de su corazón y no esperaba cosas a cambio, asunto que generaba recelo a su alrededor. Es que no podían entender que un ser muestre tanta inocencia ante cualquier adversidad. Parecía irónico que de ese matrimonio, de esos hermanos y de ese entorno con aspiraciones exitistas de vida haya nacido semejante contradicción y, para colmo, no le importe ser lo que es: tan distinta a lo que se parece.
-“Y bien, el señor Presidente tiene razón en todo lo que te dijo”, acota Felicidad. Silvestre asiente con la cabeza afirmativamente, como un niño en plena educación escolar. Sigue atontado por el llamado. Parece ser que de la ansiedad necesite tomar nota de todo lo que le han recomendado, pero sólo se miró al espejo y contempló su apariencia de ayer. Maullido y Oscuro lanzaron burlas en perjuicio de Mala Suerte, quien no propugnaba ese futuro con sus palabras. Anteriormente había dicho durante alguna cena familiar: “no deberíamos crear falsas expectativas si todavía papá no es senador y nos encontramos en plena campaña”. Astucia y Traición, en ese entonces, lo apoyaron en sus palabras, pero la rapidez mental que las distingue del resto fue suficiente para que cuando Maullido y Oscuro hicieran hincapié en el asunto quedaran, como siempre, bien paradas. Nada alteraría a Felicidad, igualmente.
Pasaron días, semanas, meses. La novena vida va tomando ausencia de color, como el pelaje. Las cuentas bancarias, a fuerza de trabajos sucios, repletas.
El fin justifica los medios, según Traición y Astucia. Felicidad, de a poco, comenzó a dejar de ser la misma de hace unos años. Es que Silvestre tenía actitudes bastante raras, siniestras. Las pupilas de él ya no eran aquéllas que todo parecían iluminarlo en su vida. La vida de político famoso lo había cambiado y había comenzado a estar menos atento para con su amada esposa. Sus hijos, ya todos mayores de edad, de a poco iban cada uno haciendo su vida y poco podían hacer para intentar lidiar con todo eso. Pureza era, en varias ocasiones, la única que prestaba oídos a su madre y la reanimaba.
Felicidad no estaba segura de qué era lo que le sucedía a Silvestre, y decidió seguirlo en reiteradas ocasiones en el camino que emprendía hacia el horizonte, a fin de continuar sacando ciertas conclusiones derivadas de sus actitudes. Quizá esta haya sido la decisión más lamentable para la vida de Silvestre: Felicidad lo vio encontrarse con otra mujer, una noche en un bar.
Felicidad no era de esas mujeres que no sepa reconocer cualquier tipo de debilidad humana que lleve a cometer a alguien errores de esa índole. Pero, teniendo en cuenta las últimas actitudes de Silvestre, y lo distante que se encontraban de la familia los hijos, excepto Pureza, no necesitó saber más nada para escandalizar la situación y, decididamente, marcharse de su casa. Así fue. Ni siquiera quiso dirigirle la palabra a su esposo, ni a sus otros hijos. Tal vez fue una actitud muy dura (y poco madura) de su parte, pero fue lo que su corazón le dictó y así lo realizó. A plena luz del día armó los bolsos y, con Pureza a su lado, se marchó a casa de sus padres.
Tanto Astucia como Traición vivían hace un tiempo por su propia cuenta, y poco se cruzaban con su padre. Mala Suerte, el mimado, era el que más tiempo pasaba con Silvestre. Tanto Maullido como Oscuro eran impredecibles y de vez en cuando se dignaban a buscar a su ascendiente, quizá sólo buscando llenar algo sus bolsillos. Tenebroso era el más impredecible, como ayer y mañana. Silvestre se había enamorado de otra mujer: la misma que Felicidad vio con él en aquél bar. Se llamaba Lujosa y Placentera. Se la había presentado un colega de la Cámara de Senadores. Poco le hizo falta para que esa mujer se deje seducir por él en su momento, ya que cada día que pasaba Silvestre era más famoso, sobre todo por sus relaciones con ciertos personajes mafiosos de la Capital Federal. La billetera hizo su trabajo de hombre.
Ahuyentando la infelicidad, Felicidad pasaba hermosos ratos con Pureza y descubría día a día lo maravilloso que era tener una hija así, algo que quizá nunca había valorado lo suficiente. Pensaba que iba a ser muy difícil olvidar a Silvestre, sobre todo luego del mafioso fallo en la separación de bienes, en la que apenas le fue otorgada una porción de la quinta que tenían en Parque Leloir y uno de los tantos automóviles de la familia. Tanto Astucia como Traición gastaban a su antojo el dinero y manejaban la vida misma de su padre que, cuantos más años tenía, menos podía ver de la realidad. Lujosa y Placentera tenía muy buena relación con ellas, quizá mejor que la que tenían con Silvestre. Mala Suerte era el único de los hijos que prestaba incondicionalmente oídos a su padre, quien inconscientemente era cada vez más infeliz. Felicidad y Pureza, lejos de toda la suciedad, pasaban hermosos ratos en sus vidas.
Y surgió el plan, no tan elaborado. Silvestre tenía cada vez más dinero, y la vejez lo hacía cada vez más torpe. Astucia y Traición, con Maullido y Oscuro estando de acuerdo, y con Lujosa y Placentera como guía de operaciones y un dubitativo Tenebroso, lo estafaron. Le hacían apostar dinero en compañías inexistentes, depositando los fondos en sus propias cuentas. Silvestre, sin razón ni visión, nublado por la infelicidad interna que no quería reconocer, cedía ante cada pedido de sus hijos y nueva esposa. Mala Suerte, tan ingenuo como su padre, creía todo el circo.
Y ahí estaba, en el vagón de ayer, cargando las flores mentirosas del nuevo presente. Las corredizas se abren de nuevo, en acto gentil. Quizá debiera haber llorado de emoción, ya que hacía tiempo que no eran tan servicial para con él. Mala Suerte lo ayudaba con el otro carro, y ambos se dirigían al jardín. El Pájaro sonríe a plena luz, y Silvestre la ve enfrente suyo: radiante como nunca. Acompañada de Pureza, Felicidad tenía la sonrisa más hermosa que jamás habían visto sus tercos ojos.
Y así, llegando a la última estación, sin Astucia ni Traición, sin Maullido ni Oscuro, sin Tenebroso ni Lujosa y Placentera, yacía agonizante Silvestre, ante la ingenuidad de Mala Suerte, la mirada distante de Felicidad y la compasión de Pureza que en sus últimos minutos de vida le tomó la mano y lo acarició hasta que dejó de respirar.

Fabián Saladino

35

El cerezo japonés.

El día estaba soleado. Había un leve viento que aminoraba el calor del sol. Gertrudis se preparó, como todos los jueves a la tarde, para ir a dar un paseo por el Jardín Japonés. Como todos los jueves a la tarde, buscó su radio que siempre dejaba preparada el miércoles a la noche sobre la mesita ratona que estaba junto a la puerta; justo debajo de la pintura que más le gustaba de toda la casa. Como todos los jueves a la tarde, vestida con ropas de colores brillantes pero cálidos, eligió del frutero una fruta para comer en el camino de ida. Luego, como todos los jueves a la tarde, tomó las llaves que colgaban cuidadosamente del porta-llaves de cerámica. Como todos los jueves a la tarde, mientras abría la puerta, su gato se acercó para despedirla; ella lo acarició brevemente con sus manos precisas y siempre con restos de óleo. Finalmente, como todos los jueves a la tarde, con radio en mano y una sensación de calma agradable, cruzó la puerta y se encaminó al jardín.
-Buenas tardes Pablo, ¿Qué tal la fruta hoy?
-¡Estupenda señora Gertrudis! Las mandarinas están especiales. ¿Desea que le guarde algunas?
-Si eres tan amable, Pablo. Paso por ellas cuando regreso a casa.
-No hay problema, aquí la espera el mejor kilo de mandarinas.
-Muchas gracias.
La gente siempre era muy solidaria en aquel barrio que se resistía al cambio. Mantenía las costumbres de los años en que Gertrudis era joven y recién se había mudado allí. Había adorado el viejo barrio por eso. Los vecinos se saludaban por la calle; se juntaban a charlar en las veredas tomando mate; los hombres se juntaban en la plaza a jugar al ajedrez; las mujeres se sentaban en los bancos a tomar sol; los niños jugaban sin preocupaciones. Allí los hijos de unos eran cuidados como propios por todos los demás. Gertrudis, que no tenía hijos propios, abría las puertas de su casa a todos los pequeños que desearan pasar y escuchar a la joven Gertrudis leerles algún cuento, pintar con sus acuarelas, o escuchar en la radio música clásica.
Caminaba a paso lento, mordiendo la manzana que había elegido detalladamente por su forma impecable y su perfecto color carmín. A medida que avanzaba no podía resistirse a mirar a los costados, ver el entorno, encontrar panoramas interesantes por doquier. Su andar era calmo. Su mirada se perdía fácilmente.
Llegó con sosiego a la parada del colectivo. Sacó las monedas (una de 50, una plateada de 25, y otra dorada de 5 centavos) y esperó a que el transporte llegara. Por suerte el 37 nunca venía demasiado lleno. Encontró un asiento libre bien atrás y se sentó. Desde allí, miraba por la ventana como hacía cada vez que se subía al colectivo. La hipnotizaba esta actividad; adoraba mirar hacia afuera mientras el colectivo avanzaba. El recorrido estaba lleno de plazas y espacios verdes; sus preferidos.
Unos cuarenta minutos mas tarde, se paró, tocó el timbre, y aguardó a que el 37 frenara. No pudo evitar ver que el señor a su lado, que también bajaba en esa parada, tenía en sus manos un reluciente libro gordo, con la foto de un joven buen mozo en la tapa. Sonrió. Momentos después se bajó y comenzó a caminar nuevamente.
-¿Qué tal Gertrudis?
-¡Mariana! Hacía tiempo no te veía por aquí.
-Es verdad. Me asignaron la entrada nuevamente. Lindo día, ¿eh?
-¡Bellísimo! Que bueno verte de nuevo.
-Si, yo también me alegro. ¡Ah! Ayer escuchaba la radio en casa y me acordé de vos. Encontré el programa que vos siempre escuchas de arte. Hablaron de una nueva exposición de pintura que va a haber en el Malba; traen una colección de pinturas japonesas. Pensé que podría incesarte.
Mientras Gertrudis recibía su vuelto contestó: ¡Sí! Escuché de ella. Estoy ansiosa por que se estrene; el miércoles que viene voy a verla.
Gertrudis se alegró de ver a Mariana otra vez en la entrada del jardín. Hacía tiempo que la habían cambiado de sitio y no la veía. La joven le simpatizaba; siempre se quedaban charlando un buen rato hasta que Gertrudis entraba.
Al fin en el jardín. Dio unas vueltas mirando a su alrededor, cruzó los puentes, pasó por el Damero, y luego se sentó en su banco preferido. Estaba frente a la isla, con el lago de por medio, y un arbolito de cerezo a los pies del agua. ¡Como le gustaba ese paisaje! Era tan calmo, tan armonioso, pero tan lleno de vida. Las flores del cerezo la hacían feliz.
Prendió la radio. Sus manos eran hábiles y diestras con las cosas pequeñas. No le costó encontrar la estación que le apetecía escuchar ese día. Estaban transmitiendo un programa sobre literatura. A Gertrudis le encantaban esos programas; leer era otro de sus grandes pasatiempos. Le tenía especial cariño a esta actividad y de joven se pasaba horas enteras detrás algún libro. Siempre encontraba momentos para leer, por más que estuviera cuidando a algún vecinito, mientras cocinaba, o incluso entre sus horas de trabajo.
-…o no Alejandra?
El locutor hablaba entusiasmado, su compañera de los jueves hacía comentarios breves también. Pero ese jueves en particular, no estaban solos. Tenían un invitado: un escritor con poca trayectoria pero que parecía prometer mucho. Había escrito una novela años atrás, pero no había tenido éxito. Esta vez, en cambio, su segunda novela titulada “Cerezas japonesas”, fue descubierta por una editorial que publicó miles de copias que fueron vendidas considerablemente rápido.
-¡Es una novela fabulosa! En mi opinión, lograste un manejo exquisito de los personajes.
-Alejandra tiene mucha razón. Ignacio, me sorprende el salto cualitativo que hiciste de una novela a otra. La tarma es de una simpleza que logra envolver al lector con facilidad, y aun así, se trata un tema íntimo y conmovedor para todos, como es la continuidad de la vida a pesar de la soledad. Dinos, de dónde surgió la idea, que fue lo que te inspiró.
-Es una historia curiosa, Emilio. Resulta que al terminar mi primera novela, “La flor de papel”, no me sentía satisfecho. Si bien le tengo mucho cariño por ser la primera novela que publiqué, no creía verme tan reflejado o representado por ella como deseaba. Estaba ansioso por comenzar a recorrer un nuevo camino, escribir una nueva novela. Pero ninguna idea que cruzaba por mi cabeza me parecía suficientemente buena. Fueron unos años donde la frustración…
A Gertrudis se le resbaló la radio de las manos. ¡Que torpe!, pensó. No le agradaba la torpeza y mucho menos en ella. Se inclinó rápidamente para recoger la radio, no quería perderse un solo instante de la nota. Mientras tomaba el aparato, de la cartera se le cayó su lápiz de dibujo que, luego de enojarse consigo misma nuevamente, lo agarró y lo guardó. Otra vez estaba sentada escuchando la entrevista a Ignacio Sotera.
-… escribir nuevamente?
-Un día volvía a casa y en la puerta me esperaba un paquete. No tenía nombre, ni dirección, ni ningún otro tipo de explicación. Solo decía “Ignacio”. Le pregunté a mi mujer si había escuchado algo durante el día, pero estaba tan sorprendida como yo. Con mucha curiosidad, abrí el paquete que contenía un cuadro. Una pintura con colores brillantes pero cálidos. Un paisaje de un jardín. Me conmovió tanto que de ahí surgió “Cerezas Japonesas”…
Gertrudis estaba feliz. Su pintura le había gustado al joven Ignacio. A ese pequeñín que tantos días había cuidado mientras sus padres viajaban o salían a pasear. A ese pequeñín que le leía tan a menudo, y que la acompañaba mientras ella pintaba sus minuciosos cuadros. Su pintura del único cerezo del jardín, que para ella representaba la continuidad de la vida a pesar de la soledad, lo había inspirado a escribir una novela. El día no podía ser más perfecto.

Amparo López

34

Sin regreso

El hecho sucedió en un viaje, un viaje que empezó en Buenos Aires, siguió en Córdoba y concluyó en la Rioja. Eran las vacaciones de invierno de una familia. Ellos habían encontrado la calma, dejando atrás todo un año de sacrificios, de cansancio y de pérdidas. Eran cuatro: un hombre de 42 años sumamente osco, una mujer de su misma edad, una adolescente y un niño de 10 años llamado Emmanuel.

DOMINGO 29 DE JULIO

Hoy nos levantamos a las 7:00 a.m., desayunamos unas rosquitas de grasa típicas del lugar en el Hotel La Victoria, ubicado a unos metros de la ruta 38 en la ciudad de Chamical.
El día estuvo radiante, aunque corrió un fuerte viento. Manu estuvo con mucho sueño, ni bien se subió a la camioneta se durmió. Mamá también estaba cansada así que se fue al fondo del vehículo a recostarse en los asientos, mí papá y yo estábamos más que despabilados, así que yo tomé el rol de copiloto y lo acompañé con unos ricos mates. También filmé partes de la ruta donde el territorio llano empezaba a desaparecer y, en su lugar, las rocas lo invadían todo. Alrededor de las 13:00 bajamos a tomarnos algunas fotografías; la más significativa fue la que tomó papá -nunca lo había visto así- sus manos temblaban y sus ojos brillaban al igual que el resplandor del sol. Caminamos un rato para estirar las piernas y decidimos seguir camino.

Durante semejante viaje transcurrieron tantas cosas. Cosas que la adolescente volcaba en unos papeles amarillentos por el tiempo. Se la podía definir como cualquier persona de la ciudad del Talar, calma y de pocas palabras. Era estudiante de la Facultad de Letras de la UBA. Era una persona que no luchaba por nada, siempre bajaba los brazos y daba la espalda a los problemas. Se escondía tras sus palabras. Llevaba un diario minucioso del viaje y de sus secretos. Describió la llegada al Talampaya sumergiéndose entre los papeles. Su padre se destinaba a observarla porque la lapicera no descansaba.
Desde que hicimos la primera parada en aquel bello lugar no puedo imaginar el Talampaya, ¿Cómo sería? Las imágenes que había visto en las paredes del Hotel La Victoria habían llenado todas mis expectativas. ¡No podía esperar más! Manu estaba más que ansioso, no paraba de preguntarle a mamá -"los paredones de color rojo ¿son grandes?". Estábamos admiradísimos de lo que veíamos. Decíamos -"mira, mira"-todo el tiempo. Era increíble, de un lado de la ruta había un paisajes y, del otro, otro sumamente diferente. Las formas de las piedras nos hacían volar la imaginación, Manu afirmaba que parecían animales gigantes, autos y miles de formas más. Nosotros asentíamos. Yo no podía dejar de captar las imágenes en la cinta, el lente no podía tomar todo, no captaba las intensas sensaciones. No nos faltaban ganas de llorar.
Ese lugar era parte de nuestro país y ahora parte de nuestros recuerdos.
Esta última frase rompía con lo que su coraza externa ocultaba. A fin de cuentas, era sensible y le importaban las cosas solo que las escondía de tal forma que nadie sospechaba. Pero había algo más...
En la siguiente hoja siguió relatando lo que veía lo que sentía de aquel majestuoso lugar de en sueños.
No puedo creerlo. Cerré los ojos y ahí estaba, ya no se sabía lo que iba a pasarnos. Estábamos dentro del parque. Ese lugar sagrado para los antiguos, revelador de secretos de la vida terrestre de hace millones y millones de años nos abría sus puertas. Manu parecía un calco pegado a la ventanilla y yo estaba cerca de estar igual, mamá y papá se sumergían en un grato silencio esperando poder bajar.
Una vez puestos los cuatro pares de pies en el suelo colorado sacamos las entradas para la excursión. Subimos al trasporte asignado y todo comenzó. Sentía que el Talampaya era guardián de miles de secretos, secretos que se esconden en el atractivo de sus paredones. Pero no es lo único extremadamente "súper" -como diría Manu- sino que hay un valor fundamental, tiene que ver con la conservación de tal lugar por medio de su consagración como patrimonio mundial.
Otra de las cosas que retumbaba en mi cabeza fue que esas tierras consideradas un museo arqueológico albergaron a hombres. Ellos vivieron en cuevas, enterraron a sus seres queridos y dejaron huellas de su cultura en las rocas.
Cada vez que avanzábamos más por aquel sitio, forjado hace miles de años, siento que tanto los científicos como los viajeros registran una inmensa veneración.
Veneración a una tierra que esconde historias como las que esconde ella. Pero no es el momento de hablar de eso.
La arena arrastrada por el viento y el agua moldearon las piedras y los hombres las bautizaron como El Monje, La Catedral entre otras.
En la descripción que hacia (solo yo lo sé) el significado de antepasado abría grietas en su corazón. Abría el recuerdo a una pérdida, pérdida que el viaje quiere hacer olvidar. Seres, o mejor dicho, un ser querido al que extrañaba y ha perdido.
Cuando salimos del Parque, sinceramente no nos queríamos ir. Papá había parado el vehículo a unos metros de la entrada de troncos tallada. Aquella tarde, mirábamos por última vez al Talampaya…
Se le cruzó en la cabeza que era mentira, que era un sueño pero realmente era cierto. La familia Ruiz había pisado aquel suelo desértico, de escasa vegetación y hogar de 120 especies de animales. A ella le vino extrañamente, como el viento y sus susurros que vienen y van, una frase de Cecilia Guichal a la cabeza: "hay palabras que tienen la capacidad de despertar imágenes desde algún lugar desde algún deseo y del misterio para comunicarlas con el plano de las ideas, los conceptos y con el territorio de los hechos y de la acción".
Espero poder guardar este deseo llevado a lo real en lo más recóndito de mi mente…
Pensó y pensó durante mucho tiempo como decir la verdad.
Aquella noche, llegábamos a Villa Unión.
¿Qué verdad? ¿Para quién era ese secreto? Entremezclado con el paisaje y con las emociones, había algo que la inquietaba. Era un recuerdo que sumergido entre sus palabras buscaba un escape.
Una persona de setenta años, calva a la que ella ama desde que nació. Él la acompañó en sus primeros pasos. Fue quien la vio perder su primer diente y la vio crecer. Ese hombre que a pesar de sus pesares remó en la arena de un desierto pesado para estar a su lado. Por eso, significa, para la familia, y más, para ella, un lazo, que en un abrir y cerrar de ojos, se rompió.
Una enfermedad, que lo devastó en poco tiempo. Tuvo que dejar de trabajar de lo que más amaba, vender flores en Puente Saavedra. Tuvo que vivir con una familia que lo despreciaba; esperando por los fines de semana cuando la familia -que ahora viaja para olvidar- lo buscaba para cuidarlo y darle los gustos como si fuera un niño. Era el abuelo Carlos, florista y tanguero que se recostaba a causa de su enfermedad mientras que su nieta y Manu -como lo llama ella- se acostaban a su lado escuchándolo reír y tararear los tangos de Gardel. Era el ídolo de ellos y de los amigos de sus nietos. Los domingos venían todos a visitarlo y a escuchar sus anécdotas. Pero por las vueltas de la vida los dejó y su perdida fue tan grande que ahora los recuerdos son la única forma de atesorarlo.
Llegamos a Villa Unión, un pueblo cercano al Talampaya.
En Villa Unión la gente se hospeda generalmente, ya que es lo más cerceno en aquella zona desolada.
El anochecer trajo el frío y el frío hizo que decidiéramos quedarnos en la cabaña a descansar. Nos libramos entre los sueños a recordar pero ese recuerdo, no es recuerdo, es la imaginación que me hizo crear una jugarreta. Como dijo Guichal: "hay palabras que tienen la capacidad de despertar" serranías bajas y cañones que nunca pise o pise con el pensar. Las palabras fueron y serán el punto de un viaje metafórico.
La llegada a Villa Unión invocaba al anochecer. Ellos cerraron sus los ojos, viendo la inmensidad de la pre cordillera y el Talampaya desde lo alto, como un cóndor, con las alas extendidas, en pleno vuelo, atravesaron el silencio de la fría noche. Escuchaban el resoplar de las voces quechuas y diaguitas que avanzan obstinadamente contra el viento, llevando el recado de una historia de tierras rojas y monumentos naturales. Pero no sólo el lugar con sus idas y venidas los acompañaba sino que su abuelo cada vez se hacia más latente en sus pensamientos. Constantemente lo veía. Llegó a pensar en que el dolor que sentía la estaba volviendo loca.
Al despertar al día siguiente, todos estaban sumamente descansados, menos ella que se notaba agitada.
- ¿Qué es lo que te sucede? - le preguntó el padre de forma seca y sumamente seria. Ella se cruzó de brazos y respondiendo de forma más que natural y apacible dijo:
- Nada.
El padre tomó la respuesta como aceptable y decidió quedarse un día más en aquel bello lugar.
Paraban en unas cabañas pintorescas que tenía una bella vista a los cerros rojizos. El sol se posicionaba en el centro del cielo y ellos decidieron emprender el viaje para conocer más de la ciudad. El primer punto de su exploración como turistas fueron unos cerros donde el niño se puso a trepar con su padre mientras, las dos mujeres los observaban desde el suelo. La madre sacaba fotos y ella solo miraba a su alrededor y se entremezclaba en el silencio. Aquel silencio la ahogaba, la provocaba, pero como siempre prefería callar ¿Hasta cuándo soportaría lo que le pasaba? No podía guardarlo más. Cerraba los ojos y continuaba con el paseo.
La parte masculina del grupo descendió de lo más alto y propuso seguir. Ellas aceptaron sin chistar y su próxima parada fue un río a muy pocas cuadras de donde estaban. Al llegar allí se sentaron a las orillas de él y empezaron a picotear una rica picada. La única que no se les unió fue la adolescente que con simples excusas se rehusó a comer. Los de más no tomaron importancia al hecho de que no comiera. Pero había algo que obviamente generaba mala espina.
Ella no paraba de observar todo el paisaje que la rodeaba y escribir todo lo que se le cruzaba por la mente. La familia lo veía como algo normal de todos los días. En ese momento algo le vino a la mente, una imagen de una niña sentada en la falda de su abuelo mirando el río. Sus ojos se llenaron de lágrimas, con sus brazos se apuro a secárselas para que nadie sospechara y sin pensarlo forzó una sonrisa.
Para distraerse se puso a jugar con su hermano a la pelota, estuvieron largo rato hasta que el padre decidió seguir con el paseo a una ciudad cercana llamada Patquia. Esta estaba repleta de viñedos, que por no ser la época de cosecha, se veían amarillentos y sin una sola uva. Allí pararon en la casa de un hombre que vendía vinos pateros.
A la mañana siguiente, Marina no estaba. No la encontraban por ningún rincón de la casa. En la madrugada subió a la sima más cercana, abrió sus alas y voló como los cóndores sobre los altos cañones tallados por el viento.

Eliana Ruiz

10 de diciembre de 2007

31

Proyecto narrativo: “Dos perlas”

Aquella noche, motivados por la música, una buena cena y el abuso del alcohol, mi amiga me confesó la razón de por qué su vida había cambiado tanto y tan de golpe. Nosotros, y digo “nosotros” incluyendo a los amigos, conocidos y a mi, sabíamos que algo de gran magnitud había ocurrido, nuestra amiga no era tan dinámica como para romper con todos los esquemas de la noche al día. Y digo “de la noche al día” por un particular motivo.
Mi amiga (mantendré su identidad en absoluto silencio) vivía cerca de casa con su marido y sus dos hijas de cinco y siete años. Desde hacía casi diez años trabajaba para una empresa que tenía algunas cabañas por el sur del país, más precisamente en Neuquén, Río Negro y Ushuaia. Ella solía viajar cada mes a alguna de las provincias a controlar todos esos temas contables que no detallaré ahora. Su vida era lo bastante rutinaria: lavaba ropa, planchaba, preparaba el desayuno, llevaba a las nenas al colegio, iba a la empresa, almorzaba todos los mediodías la misma ensalada con cualquier agua mineral, iba al gimnasio, cada tanto practicaba la infidelidad conyugal (Ernesto, su jefe de sector, hacía buenos regalos luego de una intensa tarde de sexo) y volvía a casa a preparar una cena llena de amor (como ella decía) pero no sin antes pasar por el mercado.
En reiteradas oportunidades le pregunté si era feliz, por lo general suelo cuestionarme la calidad de felicidad en las personas, y ella, llena de gracia y convencimiento, respondía sin dejar espacio a la duda que sí. Amaba a sus hijas, al hombre que la acompañaba hacía ya quince años aproximadamente, a su casa, a su perro y al hámster de las nenas. La más grande de ellas, Bea, es mi ahijada. También amaba su trabajo y valoraba que una vez al mes tenía que hacer un largo viaje en micro para llegar a otras sucursales administrativas, sacar un par de cuentas y luego pasear un poco y comprar cosas... las mujeres siempre encuentran qué comprar. Mi adorada amiga alegaba que casualmente esos viajes la arrancaban de su realidad como un troquelado de papel y la obligaban a descansar del resto de las obligaciones. Es lógico.
Como ven, nada estaba mal, todo se encaminaba de la mejor manera y si existiera un premio a la familia tipo del año sin dudas sería de nuevo para ellos... aun así, de repente algo sucedió, algo que cambió todo en días nomás o hasta en unas pocas horas parecería...
Aquella noche, motivados por la música, un postre de chocolate frío, una seguidilla de copas de vino y la picardía que nos causaba juntarnos después de unos meses, ella habló y contó todo.
Faltando unos días para navidad, tuvo que viajar hacía Neuquén para cerrar unos contratos... unos bungalows nuevos que se sumaban al proyecto de alquileres temporarios. El viaje, inesperado en esa fecha, la incomodó lo suficiente robándole el entusiasmo de viajar... no sólo porque las nenas estaban expectantes por los regalos sino también porque el calor la ofuscaba tanto que borraba de su rostro la más delicada sonrisa fingida.
Pasado el mediodía, subió al micro, se sentó programadamente del lado de la ventana (era un requisito indispensable para viajar) y prontamente comenzó a hacer crucigramas mientras en sus oídos sonaban algunas músicas que por propio gusto personal no mencionaré. Entre sus piernas llevaba un bolso y dentro la agenda, maquillajes, algunos papeles, fotografías y otros discos. Sobre las piernas, un sweater... sabía bien que les agarraría la noche en la ruta y que camino a Neuquén hace frío sumado a que en los micros existe cierto fanatismo por mantener el aire acondicionado hasta formar una delgada capa de hielo sobre los vidrios. Los primeros kilómetros recorridos son siempre los más aburridos, el coche va lento, los pasajeros no dejan de hablar y se desesperan por usar el baño y acabar con todo el jugo o el café que antipáticamente se ofrece.
Mi amiga recién notó en la localidad de Azul que a su lado viajaba una joven. En Azul hay una parada y la gente acostumbra a salir a comprar algo en el bar, a caminar un poco o fumarse un cigarrillo a la sombra del alto micro. Mi amiga en un comienzo no quiso bajarse, veía que afuera el sol cubría todo y que haría demasiado calor, aparte la sensación de desolación en el medio de la ruta no le simpatizaba demasiado; sin embargo a último momento se apresuró en dejar de lado su promesa de no fumar y salió, tratando de no acercarse mucho a nadie para no socializar. Era notable ver que las demás mujeres, también pasajeras de su viaje, rápidamente habían formado amistades y paseaban de una punta a la otra sus anécdotas, sus hijos, sus carcajadas o se convidaban mate y galletitas mientras ocupaban algún banco bajo el alero del kiosco. Es necesario aclarar que mi amiga no busca charlas porque según ella “las personas hablan mucho en los viajes y yo quiero ver la película que pasan...”
Cuando le daba el último pisotón al pucho y a la vez expulsaba el terminante humo que de su garganta salía para subir al gran coche blanco, vio venir a su compañera de asiento. La joven veinteañera paseaba tímidamente su cuerpo redondeado bajo el sol, nada le importaba, venía con desenfado dando firmes pasos aunque algo torpes, trayendo en sus manos una radio y columpiando su larga cabellera negra. Antes que esta jovencita llegara a la puerta del bus, mi amiga ya yacía en su asiento concentrada en su nuevo crucigrama y cuando la mujer joven llegó a su lado para sentarse ambas intercambiaron miradas, un desnutrido saludo y entre pobres sonrisas comentaron que “allá” hacía mucho calor, que era un típico día de diciembre y que el cálido viento levantaba tanto polvo que era imposible disfrutar de esa corta libertad.
Como es de preverse, la espera para que el micro vuelva a retomar su viaje siempre se hace larga. Los pasajeros son haraganes, fuman todos a la vez, se pelean por comprar todos juntos o por usar el baño de la estación. Después tardan en acomodarse en sus lugares y dejar de gritar y finalmente llegan los últimos minutos de espera con el motor del gran carro ya encendido. Al fin y al cabo, el chofer es el que más se retrasa... y esta espera es generadora de diálogos, todos los que viajamos lo sabemos, y más entre mujeres... y mucho más aun entre mujeres que están solas.
Antonia Gómez también iba camino a Neuquén, allá tiene a sus padres y suele ir a visitarlos, “ellos son buena gente, acompañan, contienen y le regala unos mangos”. Antonia no es interesada, pero visitar a sus padres y recibir una ayuda económica le da un empujón sustancial para luego vivir a la distancia con su nueva familia. A su corta edad, esta chica ya era madre de una niñita y transitaba los primeros y seguros años de la convivencia en pareja. Cuando no era presa de su hogar, Antonia trabajaba de noche en un bar, limpiando mesas y haciendo otras tareas.
Mi amiga y Antonia comenzaron rutinariamente hablando del tiempo, de lo costoso que estaban los pasajes, de lo feo que estaba Neuquén capital y de por qué viajaban. Ambas experiencias personales lograron que a los treinta minutos estas mujeres ya hubieran perdido la formalidad y que para hablarse habían torneado sus cuerpos amablemente. Cuando la noche comenzó a caer, las sorprendió el inicio de una trillada película romántica y el comentario obligado por parte de estas pasajeras. Ambas coincidían en que no hay nada más disgustante que alejarse de los hijos, dejar a los maridos solos y en que Julia Roberts tenía una sonrisa que verdaderamente invitaba a la envidia. También compartieron historias con respecto a la comida horrible que dan en los micros de larga distancia. Los sándwich siempre son los mismos y las galletitas de agua son algo acartonadas.
Mi amiga había comprendido que tan mal no estaba tener una amistad pasajera, después de todo, estos viajes son muy largos y las esperas en las paradas se hacen agotadoras. También agradeció que su compañera fuera Antonia, que tantas cosas en común tenían, como el amor por sus familias, y no una mujer como Laura, su vecina, que era un ser completamente vil y con tendencias a la auto depresión y al contagio colectivo de la misma. Laura apestaba a berenjenas (Antonia se desesperaba en taparse la boca para no dejar escapar sus risotadas y despertar a alguien) y lo peor y que hacía sentir culpable a mi amiga era que sus nenas iban a quedarse con esa señora desde que llegaban del colegio hasta que la niñera las buscara. Serían dos horas traumáticas para las niñas y nada mejor que resarcir tantos daños con hermosos regalos. Antonia le recomendó un sitio de artesanías muy especiales para regalar a las nenas, ella también llevaría algo a su hija, aunque más no sea unas golosinas o revistas para colorear.
La medianoche encontró al micro parando en Cutral – Có. Aquí, muchos pasajeros bajan y siguen sus caminos y otros pocos suben rumbo a Neuquén, lo cual estaba a dos horas más de viaje aproximadamente. Esta parada obligada se caracteriza por su insignificancia... unas pocas personas, solo un bar abierto las veinticuatro horas y un puesto de diarios y revistas atendido por un viejo borracho que trata mal a los perros que por ahí duermen. Nadie habla con nadie y los pasajeros prefieren dormir que salir a pasear sus poco ánimos y cansadas apariencias. Mi amiga, a esta altura del viaje y estimulada por la poca expresión de la noche, salió a tomar un agrio café en el bufete, siempre manteniendo una mirada de alerta y control sobre el micro... nada detestaría más que tener que correr para que no se la olviden allí. Lo curioso fue cuando luego de treinta y ocho minutos el micro seguía ahí, inmovilizado y cubierto de silencio. Desde el bar se podía ver las cabezas de los pasajeros reposando, algunos dormidos, otros en la clásica calma, y la puerta del micro abierta a la espera de quién sabe qué. Mi amiga no perdía de vista la puerta mientras daba cortos sorbos al segundo café y encendía su cuarto cigarrillo. Cada tanto miraba de reojo al televisor que estaba en la pared y emitía imágenes de un noticiero deportivo. Nada le aburría más que los deportes. Entre sorbos, vio que del micro bajó Antonia, abrigada, con cara de dormida y como buscando algo. De hecho buscaba a su compañera y cuando se interceptaron desde sus lugares ambas dejaron escapar una sonrisa cómplice. Antonia buscaba a mi amiga y ella lo sabia.
La razón por la cual el viaje no continuaba era que había un desperfecto en el medio de transporte y la pronta solución era esperar a que se repare en unas horas o que un micro proveniente de Neuquén fuera a buscar a la totalidad de pasajeros varados para darle fin al recorrido. Como es sabido, ante estas situaciones la gente se desborda, las personas se enojan y en segundos se quejan a los gritos para que les devuelvan el importe del pasaje. Mi amiga y Antonia compartían el fresco viento que movía a los sauces que decoraban la estación y apartadas se reían de todo. Comprendieron que había que esperar dos horas, quizás tres y que a pesar de eso la noche se prestaba para no despreciarla, sino más bien para disfrutarla.
Dieron unos cuantos pasos hasta alejarse por completo de la luz que de la parada de micros salía, ya no se oían voces ni estados alterados, no se sentían las vibraciones de los motores trabajando, sólo se percibía el viento acariciando a los árboles y pasando entre los lacios cabellos renegridos de Antonia y los colorados rizos desarmados de mi amiga y así, tras unos cuantos pasos y sin perder de vista al pequeño centro luminoso caminaron bajo la luna. Esta situación también ameritaba de comentarios arbitrarios acerca de la noche que era romántica por excelencia: la luna, la suave brisa fría, el desafío de andar con poca ropa, el olor de las flores que se mezclaba con los perfumes de ellas y el silencio, la caminata de novela sobre la ruta vacía y la sensación de libertad que poseía a estas mujeres. Cuando decidieron emprender el regreso notaron que allá, donde antes hubo una revuela, ahora estaba todo calmado, los pasajeros estaban dentro del micro, el bar estaba más oscuro y sólo se veía la luz que el televisor dejaba escapar y que su dueña se encontraba apoyando los brazos sobre el largo mostrador donde atendía esperando que el sueño, como todas las noches desde hacía más de veinte años, acabe con ella.
Mi amiga parecía disfrutar cada paso de regreso que daba, eran lentos, espaciados y con cierta gracia. Antonia también caminaba lento pero manteniendo su torpeza habitual. Cuando llegaron a la estación fueron hacia atrás del bar, donde se encontraban los baños y rodeando al silencioso y oscuro bufete pasaron a un fondo donde la luna azulada iluminaba con más fuerza. Entre los pastos prolijamente cortados, algunos macetones con frondosas plantas y el sonido de la noche, encontraron un largo banco de madera que pretendía de humilde mirador hacia lo que la ruta ignoraba. Kilómetros de vacío, solo un pasto azul, árboles oscuros de copa blanca y una humedad que se sentía en todo momento. Las amigas se sentaron, sabían que la espera era larga pero que la noche las ayudaba y el banco aquel llamaba la atención. Mezcla de sigilo y pocas palabras, Antonia y mi amiga hablaban entre susurros de las cercanas fiestas, la vida familiar y los gastos que representaban las ornamentadas cenas de navidad y año nuevo. Como embebidas de la cotidianeidad y superadas por la perfección de la tenebrosidad, mi amiga tocó la rodilla de Antonia, luego se miraron fijamente pero idas y el tiempo se congeló. Las flores lanzaron más aroma, los pastos se detuvieron, las robustas copas de los árboles comenzaron a bailar suavemente y el calor comenzó a abundar.
No puedo hablar de minutos o segundos, la temporalidad no existía como tampoco existía la vergüenza y los limites; ambas mujeres se besaron eternamente, sus labios jugaban cuando chocaban, compartían ruidos, se mordían, se abrazaban, se acariciaban con las mismas caras, se besaban de nuevo y cada beso cargaba más fervor, pasión y combustión... sus labios ardían al ritmo de sus cuerpos. Pareció que jamás se preocuparon por nada, no importaba Neuquén, el ómnibus, los pasajeros ni la señora que ya dormía nerviosamente sobre sus manos detrás del mostrador del bufete.
Cada instante las encontraba más cerca, más unidas, como entrelazadas formando un solo cuerpo recortado sobre el cielo violeta y la luz de los lejanos astros. Sus manos se movían desesperadas buscando placer a cada centímetro, Antonia tocaba los enrulados pelos de mi amiga mientras continuaba besándola y mi amiga exploraba los senos de Antonia, se maravillaba con el efecto de su color moreno y la luz brillante que del cielo caía y se posaba sobre su torso. Las mujeres se amaron de todas formas, conocieron el placer de los cuerpos libres y desnudos, sintieron la humedad de sus figuras en las manos, en la boca y en todos lados, compartieron sus brazos y se movían al unísono con los árboles danzarines mientras sus cuerpos apretados uno al otro largaban los sonidos del sexo.
Realmente el mundo estaba detenido como la máquina más grande de todos los tiempos con todos sus engranajes avejentados, sus vidas habían hecho unas pausas para quitarse los tabúes y dejar fluir las emociones que ambas escondían dentro... la culpa no era de nadie, siquiera de la noche.
Les resultaba imposible dejar de recorrer las curvas de los moldeados organismos, no podían dejar de oler sus pieles, sentir con sus manos la textura del estremecimiento que ésta experiencia les causaba. Tampoco podían parar de besarse, intentaban desenfrenadamente comerse, querían poseerse por más tiempo, todo el tiempo que fuera necesario. Sus continuos ojos entrecerrados dejaban ver que sus identidades ya no estaban en este planeta y con utopía iniciaron el final de sus viajes. Violentamente comenzaron a jadear sin dejar de mantener sus alientos cerca, sus movimientos simulaban tiritar de frío en el abrumador calor que emanaban, sus dedos apretaban cada vez más fuerte lo que tocaban y el ritmo de sus respiraciones era en cada segundo más entrecortado.
Cuando ya no quedaba aire y los cuerpos sucumbieron en constantes sacudidas, estas dos mujeres brillaron como nunca antes y la luz hizo de ellas un cúmulo de manos, cabellos, sudor y calma.
Aquella noche, mi amiga me había contado todo, Antonia Gómez le había cambiado la vida y según ella “la había liberado”. Yo no sé si está bien o mal, no voy a juzgar si estas mujeres han tomado un camino erróneo o adecuado, mi amiga parece feliz. Ambas abandonaron sus vidas de siempre y viven juntas desde hace casi dos meses. Tengo entendido que sus maridos no están nada conformes con los repentinos cambios y que ellos mismos decidieron continuar con la crianza de sus hijas y mantenerlas lejos de sus madres. A mi amiga y a Antonia no les importó y son concientes de su egoísmo pero prefieren no pensar demasiado en ello.
Hace unos días, en el rato libre que me tomo para hacer el almuerzo en el trabajo, me fui con el auto a la ribera del río a tomar un poco de aire y ahí las vi, mi amiga y Antonia se encontraban alejadas del resto de las personas que parecían absorber todo el sol, y a la sombra de un extraño sauce estaban sentadas en el esperanzador pasto. No quise acercarme para no importunarlas. Mi amiga dejaba ver su incontenida felicidad... las mujeres parecen ser felices cuando sonríen todo el tiempo, juegan con sus cabellos, mueven mucho las manos y tocan con disimulo a quien aman. Sin embargo, posé más mis ojos, casi enceguecidos por los rayos de luz, sobre Antonia que sobriamente miraba el río, jugaba con una margarita y se dejaba tocar la espalda por mi amiga. Antonia tenía un rostro especial, morena de piel, de ojos inflamados como cansados y con detalles orientales y la sonrisa más cálida del mundo. Cuando ambas se levantaron del suelo para marcharse, pude ver como ellas miraron a su alrededor y cuando percibieron que nadie las veía se dieron un sencillo beso en los labios y mi amiga posó sus manos en el vientre abultado de Antonia y luego se miraron, sonrieron tímidamente y se fueron caminando lentamente hasta perderse en la barranca.

Daniel Francisco

25

Ituzaingó, toda una historia.

Mi recorrido ya había comenzado, empecé a balancearme hacia los lados, el tren cada vez iba ganando más velocidad. Me invadía cierta somnolencia, quizás por la pesadez del ambiente, o quizás por el cálido sol que pegaba en mi ventana. Habían transcurrido unos veinte minutos; de repente me doy cuenta que ya falta poco para llegar a mi destino, hay algo importante que debo averiguar, algo que me ronda en la cabeza hace bastante… Finalmente llegué. Al bajar del tren, subí por un puente para cruzar al otro lado de las vías, pero no lo hice tan apresuradamente, me detuve en la mitad. Desde esa altura pude contemplar el paisaje que me brindaba ese lugar… las vacías vías del tren. En ese momento no hice más que perderme en mi pensamiento, analizando la imagen que tenía enfrente de mis ojos. Luego recordé a qué venía, giré hacia el costado y bajé por las escaleras de cemento del puente. Detrás de mí escuché la bocina del tren, indicando que seguiría su camino a la siguiente estación. Mientras tanto, emprendí un corto viaje a pie, mi destino final solo estaba a seis cuadras de allí. Sólo pensaba en lo importante que se sentiría mi bisabuelo José por acompañarme en este día; de chiquita solían contarme lo apasionado que era al hablar del lugar en que vivió, de los días en que el viajar en tren no era tan común.
Al llegar, me encontré con un viejo amigo, pero no era precisamente con él con quien deseaba hablar, al que estaba buscando era exactamente a su padre, Rolando Goyaud, un hombre entrado en años, y con mucha historia por contar. Ya había hablado con él un par de veces, era un señor muy instruido. Su atuendo era siempre el de un caballero prolijo y arreglado. Ese día Rolando llevaba un pantalón de vestir negro, acompañado por un pulóver de hilo gris topo, sobre una camisa en un tono claro que se escapaba por el escote redondo, sus zapatos de cuero parecían bien lustrados, y brillaban con el reflejo de la tenue luz de la sala principal. Paradójicamente su casa es un museo, allí tiene todo tipo de objetos y documentos con recuerdos de vecinos, y testimonios que datan de la época más antigua del barrio, de Ituzaingó. Sentía cierta fascinación y complacencia de estar en ese sitio. De un momento a otro, ya nos encontrábamos sentados cómodamente en una mesa, era particular, de madera antigua con un vidrio grueso que protegía su superficie.
Comencé a explicarle el porqué de mi visita. Se puso los anteojos, abrió una carpeta y empezó a buscar. Primero me contó una historia muy general sobre ese lugar, pero luego, con una pícara sonrisa en su cara, me dijo que hay cosas que la gente en verdad no sabe. Impulsada por mi ansiedad, mi primera pregunta fue sobre un lugar que resulta de alto interés para mi persona, el origen de la estación de Ituzaingó. Todo lo que quería saber giraba en torno a eso. Rolando, con un tono efusivo, había iniciado su discurso…
“El ferrocarril había llegado con intenciones británicas, las mismas que controlaban el puerto, la banca, el comercio exterior, y los mercados de origen, en los años sesenta del siglo XIX. El 20 de agosto de 1854 se inauguraba el primer tramo de 10 kilómetros entre las estaciones Parque, Plaza Lavalle, Once, Flores, Floresta. La estación Once era de madera, las vías de trocha angosta y de una sola mano, llegaron a Morón en 1859 y a Moreno en 1860”.
Algo de esto ya sabía por algunos libros de historia y economía de la secundaria. Seguí mirándolo fijamente, mientras continuaba con el relato…
“En 1974, por el centenario de la inauguración de la estación de Ituzaingó, el vecino Juan Guercio como empleado ferroviario, tuvo acceso al archivo de la empresa, que afirmaba que Don Juan Coquet, dueño del terreno, primero solicitó al ferrocarril que se le autorizase la construcción de una estación, aprobada el 13 de marzo de 1872, y transcribía a demás la resolución del directorio del Ferrocarril Oeste: “[…] que se establezca una estación entre Morón y Merlo en el terreno del señor Coquet, quien deberá donar una manzana de tierra, y construir en ella y por su cuenta, una estación con pozo de balde (un aljibe), y además pagará los sueldos de los peones, hasta tanto la estación produzca lo necesario para cubrir estos gastos. Firmado José Madero”. En ese instante dejó por un momento la carpeta que funcionaba como apuntador, y dirigiéndose a mí, se le escapó una carcajada irónica, donde él mismo, que ya conocía esta explicación, se sorprendía de tal respuesta. Yo también estaba sorprendida, era apenas el principio, y ya había algo raro en esa historia.
Luego continuó… “En 1828 el español Manuel Rodríguez Fragio, ingresó al país con pasaporte portugués. Testimonios de la época lo describen como grandote, muy vivaracho, y servicial, pero de leyes saber. Siendo casi un niño lo mandaron a la pulpería de Pedernera, allí escuchó que un hombre hablaba de negocios con otro vecino. Don Manuel Rodríguez llegó a un acuerdo con Juan Ponce de León, y le compró diez cuadras de campo. El precio fue un frasco de ginebra que éste debía”. Cosas de ese tiempo pensaba yo en mi interior… “La escritura se hizo en el boliche de Bartolo en Santa Rosa casi esquina Rivadavia, en 1870. Parte de las tierras de Santa Rosa pasaron a su poder favorecido mediante declaraciones juradas de vecinos que testimoniaron que era legítimo heredero de Francisco Ponce de León, cuyo nombre había aparecido en un documento vendido después de muerto, del cual podría surgir una venta apócrifa. Tuvo los testimonios de los vecinos Mateo Vásquez, José Querejeta, José Alvarez, Luis Pellón, Vicente Gonzáles, José Ibarra y José Pardo, este ultimo afirmo: “el 11 de octubre de 1872 solicitó al gobernador Mariano Acosta la aprobación de la tasa de un pueblo en el paraje Santa Rosa, donando tierras al Estado y al ferrocarril del oeste
Rolando me habló también, que en el documento rescatado del registro oficial de la provincia de Buenos Aires, se encuentra un acuerdo previo ante Rodríguez Fragio y el ferrocarril, para establecer una nueva estación: “Fragio, afincado en Merlo, el 11 de octubre de 1872 se dirigió al gobierno expresando que la dirección del Ferrocarril Oeste le había concedido el establecimiento de una nueva estación. Pero posteriormente no se encontró documentación que avalara tal acuerdo que decía el hombre, sólo figuraban documentos del anterior, Coquet” Algo misterioso, pero pareciera que Fragio estaba enceguecido por su ambición.
“Finalmente, el directorio había dispuesto inmediatamente la construcción y su habilitación al público el 4 de enero de 1873. Pero la estación no fue construida por ninguno de esos dos hombres que buscaban la valorización de sus tierras”
En ese momento me desconcerté un poco. Entonces ¿quién la había construido? Con una sonrisa cómplice y mirándome de reojo, Rolando prosiguió… “La hizo el mismo ferrocarril, que la pasó como gastos generales”. Luego de esta afirmación, y como sino hubiese pasado tiempo alguno, nos reímos pícaramente asintiendo con la cabeza; sin embargo, aunque confirmando que nada cambio. Rolando confirma mis sospechas con un documento mas: “la escritura por la que el Ferrocarril Oeste recibió el dominio de las tierras, tiene fecha del 29 de noviembre de 1873. Por ese dato, se advierte con sorpresa, que el directorio dispuso dicha construcción, sin tener las escrituras de los terrenos en cuestión”
Pero no fue todo, detrás de esa simple explicación había algo más… “No había trascendido que Don Manuel Rodríguez Fragio vendía todas las tierras al Dr. Nicolás Avellaneda, ministro de educación, y de justicia de la nación, en el mandato de Sarmiento, Palemón Huergo, presidente del Ferrocarril Oeste y Teodoro Mora. La escritura se realizó en la fecha 2 de enero de 1874, ante el escribano Vicente Artola, dos días antes del remate inaugural, pero sin incluir para nada todo lo que había donado Rodríguez Fragio por haberla vendido”
“El vecino Juan Guercio, concluyó diciendo que habría existido un pacto de caballeros entre Juan Coquet y Manuel Rodríguez, que explicaría la modificación de la ubicación de la estación al terreno del segundo, y por el cual Coquet fue forzado a renunciar al proyecto que le habían aprobado. Sin duda una estación contribuía a la valorización de las tierras; y finalmente los beneficiarios del loteo fueron los integrantes de una sociedad comercial formada por las autoridades y los empresarios, Avellaneda, Huergo y Mora”
En ese momento, me di cuenta que mis ojos estaban muy abiertos, me retiré un poco hacia atrás, como regresando a mi realidad. Pensé que ya me había aclarado muchas cosas, pero me faltaba algo más. Tenía una seria duda, porque hoy la estación se llama Ituzaingó, pero durante la charla rolando la recordaba bajo el nombre Santa Rosa. Rolando me explicó que, en verdad en un principio así se llamaba el pueblo, pero con la llegada de la estación todo había cambiado: “El directorio bautizó a la estación con el nombre de Ituzaingó por una batalla en la que los argentinos vencieron a los brasileños en territorio del Brasil donde había un arrollo llamado Ituzaingó, que en guaraní quiere decir “agua que cae”. Sin embargo, la batalla que se realizó en aquel lugar, carece de toda relación geográfica e histórica con esta zona, pero a pesar de esto, la popularidad que con el tiempo fue alcanzando el nombre de la estación Ituzaingó, y el impulso que brindó el ferrocarril al desarrollo de la localidad, terminaron desplazando el nombre original de Santa Rosa por el de Ituzaingó; aunque formalmente nunca existió tal modificación”
Además de esto, me contó que la estación no pudo funcionar el día de su apertura…“El 3 de enero de 1874, el diario La Nación anunciaba: “la estación debió haber sido abierta al público hace un año (1873), habiéndose suspendido su inauguración por causas que acaban de ser definitivamente allanadas, por causas que están superadas”” Parece increíble, pero no era ninguna novedad… “asombrosamente, se disponía habilitada al público una estación en un lugar donde no vive gente, por lo tanto no hay pasajeros ni carga”…Para mis adentros yo pensaba… hoy el problema no es la falta de pasajeros, es la gran cantidad de ellos, lo que a veces no permite el funcionamiento del tren.
En aquella época, según Rolando, en el pueblo sólo había algunas pulperías, un poco alejadas de lo que sería hoy la estación. Luego, las personas que estaban de paso por aquel lugar, eran los lecheros que vendían vacas, militares y comerciantes, que viajaban al interior del país. “Siempre que se ponía un comercio lo hacía alrededor de la pulpería, que se llamaba Santa Rosa, pero cuando se hizo la estación, el pequeño comercio incipiente que empezó a haber se mudó al lado de la estación; era el único lugar importante, y el único lugar que tenía un cartel que decía Ituzaingó”
Luego a forma de síntesis, Rolando me dio como referencia algunas perspectivas para que yo pudiera imaginarme cómo era la historia en aquel momento…
“Los dueños de las tierras en ese tiempo, querían que la gente que pasaba se quedara, para que cosecharan su tierra y poder mandar su recolección a la capital; se les daba facilidades a la gente para que se queden. Ellos mismos se hacían el pan y otros alimentos. Pero más tarde la gente dejó de hacer lo que antes no conseguían. Algunos individuos que se habían asentado en ciertos lugares comenzaron a producir objetos como ladrillos, alimentos como el pan, y así comerciarlos y venderlos a las personas de los pueblos. Todo gracias al tren que transportaba el cargamento”
“También, en un principio no había médicos en Ituzaingó, venían de Moreno en tren. Paraban en la estación, y los médicos revisaban a todas las personas arriba del tren, que se quedaba parado allí hasta que terminaban de revisar a todos”
Lo gracioso vino después… “Si una persona tenía un pariente en la Capital, y querían comunicarse, el que escribía desde Ituzaingó ponía el nombre, apellido y dirección de la persona que vivía en Capital, pero el que escribía desde Capital, lo único que ponía era el nombre y apellido de la persona y la mandaba hacia Ituzaingó. El tren hacía de cartero en esa época, entonces, bajaban los paquetes con las cartas y los dejaban en la estación. El encargado de la estación abría los paquetes, ordenaba las cartas en orden alfabético, y las guardaba en un cajón, y por una ventanilla las repartía”
A pesar de que hoy ya no se usan mucho las cartas, creo que hubiera sido divertido intentar mandar una a Ituzaingó en aquella época…
De repente sonó el timbre. Eran unas señoras que venían a ver el museo, el cual es gratuito y sin ninguna restricción. Por suerte ya había terminado de hablar con Rolando, la entrevista llegaba a su fin, así que apagué mi grabador y guardé todo en mi cartera. El me preguntó si me había quedado alguna duda, o necesitaba saber algo más, pero le dije que no. En verdad estaba satisfecha con todo lo que pude aprender, enterarme y descubrir. Esa tarde, que había nacido como una mas, ahora se terminaba, el sol se escondía detrás del horizonte, y yo estaba de vuelta en el tren… que ya no tenia los mismos vagones que cuando se inauguró, pero aquel horizonte, que parecía no tener comienzo ni final, guardaría en mi memoria y mi retina, la misma estación ubicada en el mismo lugar… ese mismo lugar que mi bisabuelo alguna vez contempló

Georgina Vicente