10 de diciembre de 2007

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Ituzaingó, toda una historia.

Mi recorrido ya había comenzado, empecé a balancearme hacia los lados, el tren cada vez iba ganando más velocidad. Me invadía cierta somnolencia, quizás por la pesadez del ambiente, o quizás por el cálido sol que pegaba en mi ventana. Habían transcurrido unos veinte minutos; de repente me doy cuenta que ya falta poco para llegar a mi destino, hay algo importante que debo averiguar, algo que me ronda en la cabeza hace bastante… Finalmente llegué. Al bajar del tren, subí por un puente para cruzar al otro lado de las vías, pero no lo hice tan apresuradamente, me detuve en la mitad. Desde esa altura pude contemplar el paisaje que me brindaba ese lugar… las vacías vías del tren. En ese momento no hice más que perderme en mi pensamiento, analizando la imagen que tenía enfrente de mis ojos. Luego recordé a qué venía, giré hacia el costado y bajé por las escaleras de cemento del puente. Detrás de mí escuché la bocina del tren, indicando que seguiría su camino a la siguiente estación. Mientras tanto, emprendí un corto viaje a pie, mi destino final solo estaba a seis cuadras de allí. Sólo pensaba en lo importante que se sentiría mi bisabuelo José por acompañarme en este día; de chiquita solían contarme lo apasionado que era al hablar del lugar en que vivió, de los días en que el viajar en tren no era tan común.
Al llegar, me encontré con un viejo amigo, pero no era precisamente con él con quien deseaba hablar, al que estaba buscando era exactamente a su padre, Rolando Goyaud, un hombre entrado en años, y con mucha historia por contar. Ya había hablado con él un par de veces, era un señor muy instruido. Su atuendo era siempre el de un caballero prolijo y arreglado. Ese día Rolando llevaba un pantalón de vestir negro, acompañado por un pulóver de hilo gris topo, sobre una camisa en un tono claro que se escapaba por el escote redondo, sus zapatos de cuero parecían bien lustrados, y brillaban con el reflejo de la tenue luz de la sala principal. Paradójicamente su casa es un museo, allí tiene todo tipo de objetos y documentos con recuerdos de vecinos, y testimonios que datan de la época más antigua del barrio, de Ituzaingó. Sentía cierta fascinación y complacencia de estar en ese sitio. De un momento a otro, ya nos encontrábamos sentados cómodamente en una mesa, era particular, de madera antigua con un vidrio grueso que protegía su superficie.
Comencé a explicarle el porqué de mi visita. Se puso los anteojos, abrió una carpeta y empezó a buscar. Primero me contó una historia muy general sobre ese lugar, pero luego, con una pícara sonrisa en su cara, me dijo que hay cosas que la gente en verdad no sabe. Impulsada por mi ansiedad, mi primera pregunta fue sobre un lugar que resulta de alto interés para mi persona, el origen de la estación de Ituzaingó. Todo lo que quería saber giraba en torno a eso. Rolando, con un tono efusivo, había iniciado su discurso…
“El ferrocarril había llegado con intenciones británicas, las mismas que controlaban el puerto, la banca, el comercio exterior, y los mercados de origen, en los años sesenta del siglo XIX. El 20 de agosto de 1854 se inauguraba el primer tramo de 10 kilómetros entre las estaciones Parque, Plaza Lavalle, Once, Flores, Floresta. La estación Once era de madera, las vías de trocha angosta y de una sola mano, llegaron a Morón en 1859 y a Moreno en 1860”.
Algo de esto ya sabía por algunos libros de historia y economía de la secundaria. Seguí mirándolo fijamente, mientras continuaba con el relato…
“En 1974, por el centenario de la inauguración de la estación de Ituzaingó, el vecino Juan Guercio como empleado ferroviario, tuvo acceso al archivo de la empresa, que afirmaba que Don Juan Coquet, dueño del terreno, primero solicitó al ferrocarril que se le autorizase la construcción de una estación, aprobada el 13 de marzo de 1872, y transcribía a demás la resolución del directorio del Ferrocarril Oeste: “[…] que se establezca una estación entre Morón y Merlo en el terreno del señor Coquet, quien deberá donar una manzana de tierra, y construir en ella y por su cuenta, una estación con pozo de balde (un aljibe), y además pagará los sueldos de los peones, hasta tanto la estación produzca lo necesario para cubrir estos gastos. Firmado José Madero”. En ese instante dejó por un momento la carpeta que funcionaba como apuntador, y dirigiéndose a mí, se le escapó una carcajada irónica, donde él mismo, que ya conocía esta explicación, se sorprendía de tal respuesta. Yo también estaba sorprendida, era apenas el principio, y ya había algo raro en esa historia.
Luego continuó… “En 1828 el español Manuel Rodríguez Fragio, ingresó al país con pasaporte portugués. Testimonios de la época lo describen como grandote, muy vivaracho, y servicial, pero de leyes saber. Siendo casi un niño lo mandaron a la pulpería de Pedernera, allí escuchó que un hombre hablaba de negocios con otro vecino. Don Manuel Rodríguez llegó a un acuerdo con Juan Ponce de León, y le compró diez cuadras de campo. El precio fue un frasco de ginebra que éste debía”. Cosas de ese tiempo pensaba yo en mi interior… “La escritura se hizo en el boliche de Bartolo en Santa Rosa casi esquina Rivadavia, en 1870. Parte de las tierras de Santa Rosa pasaron a su poder favorecido mediante declaraciones juradas de vecinos que testimoniaron que era legítimo heredero de Francisco Ponce de León, cuyo nombre había aparecido en un documento vendido después de muerto, del cual podría surgir una venta apócrifa. Tuvo los testimonios de los vecinos Mateo Vásquez, José Querejeta, José Alvarez, Luis Pellón, Vicente Gonzáles, José Ibarra y José Pardo, este ultimo afirmo: “el 11 de octubre de 1872 solicitó al gobernador Mariano Acosta la aprobación de la tasa de un pueblo en el paraje Santa Rosa, donando tierras al Estado y al ferrocarril del oeste
Rolando me habló también, que en el documento rescatado del registro oficial de la provincia de Buenos Aires, se encuentra un acuerdo previo ante Rodríguez Fragio y el ferrocarril, para establecer una nueva estación: “Fragio, afincado en Merlo, el 11 de octubre de 1872 se dirigió al gobierno expresando que la dirección del Ferrocarril Oeste le había concedido el establecimiento de una nueva estación. Pero posteriormente no se encontró documentación que avalara tal acuerdo que decía el hombre, sólo figuraban documentos del anterior, Coquet” Algo misterioso, pero pareciera que Fragio estaba enceguecido por su ambición.
“Finalmente, el directorio había dispuesto inmediatamente la construcción y su habilitación al público el 4 de enero de 1873. Pero la estación no fue construida por ninguno de esos dos hombres que buscaban la valorización de sus tierras”
En ese momento me desconcerté un poco. Entonces ¿quién la había construido? Con una sonrisa cómplice y mirándome de reojo, Rolando prosiguió… “La hizo el mismo ferrocarril, que la pasó como gastos generales”. Luego de esta afirmación, y como sino hubiese pasado tiempo alguno, nos reímos pícaramente asintiendo con la cabeza; sin embargo, aunque confirmando que nada cambio. Rolando confirma mis sospechas con un documento mas: “la escritura por la que el Ferrocarril Oeste recibió el dominio de las tierras, tiene fecha del 29 de noviembre de 1873. Por ese dato, se advierte con sorpresa, que el directorio dispuso dicha construcción, sin tener las escrituras de los terrenos en cuestión”
Pero no fue todo, detrás de esa simple explicación había algo más… “No había trascendido que Don Manuel Rodríguez Fragio vendía todas las tierras al Dr. Nicolás Avellaneda, ministro de educación, y de justicia de la nación, en el mandato de Sarmiento, Palemón Huergo, presidente del Ferrocarril Oeste y Teodoro Mora. La escritura se realizó en la fecha 2 de enero de 1874, ante el escribano Vicente Artola, dos días antes del remate inaugural, pero sin incluir para nada todo lo que había donado Rodríguez Fragio por haberla vendido”
“El vecino Juan Guercio, concluyó diciendo que habría existido un pacto de caballeros entre Juan Coquet y Manuel Rodríguez, que explicaría la modificación de la ubicación de la estación al terreno del segundo, y por el cual Coquet fue forzado a renunciar al proyecto que le habían aprobado. Sin duda una estación contribuía a la valorización de las tierras; y finalmente los beneficiarios del loteo fueron los integrantes de una sociedad comercial formada por las autoridades y los empresarios, Avellaneda, Huergo y Mora”
En ese momento, me di cuenta que mis ojos estaban muy abiertos, me retiré un poco hacia atrás, como regresando a mi realidad. Pensé que ya me había aclarado muchas cosas, pero me faltaba algo más. Tenía una seria duda, porque hoy la estación se llama Ituzaingó, pero durante la charla rolando la recordaba bajo el nombre Santa Rosa. Rolando me explicó que, en verdad en un principio así se llamaba el pueblo, pero con la llegada de la estación todo había cambiado: “El directorio bautizó a la estación con el nombre de Ituzaingó por una batalla en la que los argentinos vencieron a los brasileños en territorio del Brasil donde había un arrollo llamado Ituzaingó, que en guaraní quiere decir “agua que cae”. Sin embargo, la batalla que se realizó en aquel lugar, carece de toda relación geográfica e histórica con esta zona, pero a pesar de esto, la popularidad que con el tiempo fue alcanzando el nombre de la estación Ituzaingó, y el impulso que brindó el ferrocarril al desarrollo de la localidad, terminaron desplazando el nombre original de Santa Rosa por el de Ituzaingó; aunque formalmente nunca existió tal modificación”
Además de esto, me contó que la estación no pudo funcionar el día de su apertura…“El 3 de enero de 1874, el diario La Nación anunciaba: “la estación debió haber sido abierta al público hace un año (1873), habiéndose suspendido su inauguración por causas que acaban de ser definitivamente allanadas, por causas que están superadas”” Parece increíble, pero no era ninguna novedad… “asombrosamente, se disponía habilitada al público una estación en un lugar donde no vive gente, por lo tanto no hay pasajeros ni carga”…Para mis adentros yo pensaba… hoy el problema no es la falta de pasajeros, es la gran cantidad de ellos, lo que a veces no permite el funcionamiento del tren.
En aquella época, según Rolando, en el pueblo sólo había algunas pulperías, un poco alejadas de lo que sería hoy la estación. Luego, las personas que estaban de paso por aquel lugar, eran los lecheros que vendían vacas, militares y comerciantes, que viajaban al interior del país. “Siempre que se ponía un comercio lo hacía alrededor de la pulpería, que se llamaba Santa Rosa, pero cuando se hizo la estación, el pequeño comercio incipiente que empezó a haber se mudó al lado de la estación; era el único lugar importante, y el único lugar que tenía un cartel que decía Ituzaingó”
Luego a forma de síntesis, Rolando me dio como referencia algunas perspectivas para que yo pudiera imaginarme cómo era la historia en aquel momento…
“Los dueños de las tierras en ese tiempo, querían que la gente que pasaba se quedara, para que cosecharan su tierra y poder mandar su recolección a la capital; se les daba facilidades a la gente para que se queden. Ellos mismos se hacían el pan y otros alimentos. Pero más tarde la gente dejó de hacer lo que antes no conseguían. Algunos individuos que se habían asentado en ciertos lugares comenzaron a producir objetos como ladrillos, alimentos como el pan, y así comerciarlos y venderlos a las personas de los pueblos. Todo gracias al tren que transportaba el cargamento”
“También, en un principio no había médicos en Ituzaingó, venían de Moreno en tren. Paraban en la estación, y los médicos revisaban a todas las personas arriba del tren, que se quedaba parado allí hasta que terminaban de revisar a todos”
Lo gracioso vino después… “Si una persona tenía un pariente en la Capital, y querían comunicarse, el que escribía desde Ituzaingó ponía el nombre, apellido y dirección de la persona que vivía en Capital, pero el que escribía desde Capital, lo único que ponía era el nombre y apellido de la persona y la mandaba hacia Ituzaingó. El tren hacía de cartero en esa época, entonces, bajaban los paquetes con las cartas y los dejaban en la estación. El encargado de la estación abría los paquetes, ordenaba las cartas en orden alfabético, y las guardaba en un cajón, y por una ventanilla las repartía”
A pesar de que hoy ya no se usan mucho las cartas, creo que hubiera sido divertido intentar mandar una a Ituzaingó en aquella época…
De repente sonó el timbre. Eran unas señoras que venían a ver el museo, el cual es gratuito y sin ninguna restricción. Por suerte ya había terminado de hablar con Rolando, la entrevista llegaba a su fin, así que apagué mi grabador y guardé todo en mi cartera. El me preguntó si me había quedado alguna duda, o necesitaba saber algo más, pero le dije que no. En verdad estaba satisfecha con todo lo que pude aprender, enterarme y descubrir. Esa tarde, que había nacido como una mas, ahora se terminaba, el sol se escondía detrás del horizonte, y yo estaba de vuelta en el tren… que ya no tenia los mismos vagones que cuando se inauguró, pero aquel horizonte, que parecía no tener comienzo ni final, guardaría en mi memoria y mi retina, la misma estación ubicada en el mismo lugar… ese mismo lugar que mi bisabuelo alguna vez contempló

Georgina Vicente

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