10 de diciembre de 2007

24

“El amor a las seis”

Ese viernes, salí del trabajo bastante temprano, por suerte. Fue un día bastante complicado, hubo varios problemas que resolver en la oficina: mandar mails urgentes, atender a los clientes, completar formularios, pero, entre tazas de café, y mucha paciencia, pude solucionarlos. Es increíble cómo, los jefes, siempre te piden cosas, aunque falten 5 minutos para terminar tu horario de trabajo. Gritan y se ponen histéricos, como si se tratara del fin del mundo, como si fuera culpa de uno que ellos, a último momento, se acordaran de presentar los informes al gerente.
Ese día, sentía un nerviosismo interno, que recorría todo mi cuerpo, todo mi ser, que no podía controlar. Había una atmósfera bastante particular en la oficina: todos me miraban de forma extraña, sospechosa, casi como a un criminal; creo que suponían que algo distinto pasaría, en mi vida, aquel día. Hasta mi jefe parecía sospechar que haría algo indebido, porque me dijo:
-¡Qué suerte que ya es viernes! Aprovechá el fin de semana para levantarte una mina, pero cuidado, que no te agarren con las manos en la masa -se reía sonoramente.
No me gustó nada lo que me dijo, me hizo sentir incómodo, pero no tuve más remedio que callarme, sonreír, y hacer como si nada hubiera pasado, ignorando su comentario, como hago la mayoría de las veces.
Por suerte, el parque, que es el lugar dónde siempre voy a descansar, está a sólo cuatro cuadras de la oficina, así que, cuando salí del trabajo, me fui para allá.
Se notaba que era viernes: había mucha gente comprando, tanto en los negocios como en los puestos de los vendedores ambulantes, todo el mundo estaba caminando por la calle, casi ni se podía circular; otras personas, estaban desesperadas por llegar, lo más rápido posible, a sus casas, al encuentro de sus familias, pero yo tenía otros planes para esa tarde. Caminé, febrilmente, entre las personas que pasaban, esquivándolas, tratando de que no me miraran demasiado; de todas formas, no tenía por qué apurarme tanto, era temprano todavía.
Entré al parque por la entrada principal, que daba a la avenida; comencé a caminar por el sendero de cemento, que conducía al centro del parque. Este camino, estaba bordeado de flores coloridas y perfectamente cuidadas, árboles erguidos y radiantes, faroles altos, que iluminaban el parque de noche, bancos verdes para poder sentarse a descansar y pensar.
Ese viernes, era un día particularmente hermoso: hacía calor, podía sentir como el sol caía exactamente sobre mí y me irradiaba su calidez, llenándome de energía, de valor. Lo único que me molestaba era que hubiera tanta gente, sentía que todos fueron para ser espectadores del acto vergonzoso que, ese mismo día, iba a ejecutar; parecía haber una extraña fuerza, no benévola, que estaba jugando en mi contra.
Busqué un banco para sentarme, un lugar para poder reflexionar conmigo mismo. Toda la vida traté de pasar desapercibido entre la gente, nunca me gustó ser un tipo que llamara demasiado la atención, siempre fui más bien callado y cohibido, de cabeza gacha la mayoría de las veces, con bastantes problemas para acercarme a las personas; por eso, aún me sorprende lo que hice, aquello que, posiblemente, ha dejado una marca en mí, la marca de la mentira y el engaño.
Mientras corrían los minutos, observaba a mí alrededor: los chicos les rogaban a sus padres y abuelos que los llevaran a los juegos, las personas charlaban animadamente, caminaban buscándose, tratando de sentirse acompañadas, queriendo conocerse. Había grupos de adolescentes sentados en el pasto, bajo los árboles, tomando mate. También, se oían los colectivos que pasaban, interrumpiendo la tranquilidad del parque. Los pájaros cantaban, anunciando el comienzo de la primavera, que siempre fue, para mí, la mejor época del año. Muchas veces deseé ser un pájaro, para vivir en libertad, sin presiones, ni preocupaciones, ni nadie que me diga lo qué tengo que hacer o cómo tengo que ser y poder ejercer el derecho que todos deberíamos tener: el libre albedrío.
Me levanté del banco porque me dieron ganas de ver libros, así que emprendí camino hacia los puestos de venta, que se encuentran en la otra punta del parque. Hacía mucho tiempo que no los recorría. Mientras caminaba hacia mi destino, pasé por al lado de jóvenes sentados en el pasto, parejas besándose, madres llevando a pasear a sus bebés en carritos, todos con caras de felicidad, con grandes sonrisas. Personas que caminaban y trotaban, escuchando música desde el MP3, hasta había una chica que estaba haciendo ejercicio con su personal trainer.
Miré mi reloj, recién eran las 17:30, era temprano, mi encuentro sería, recién, a las 18 horas. Comencé a dudar, ya que nunca fui una persona demasiada segura y decidida. De golpe, apareció en mí un sentimiento horrible, llamado culpa. Se me cruzó por la cabeza la idea de no ir al encuentro, pero no podía hacer eso, porque yo nunca dejaría a una mujer plantada, va contra mis principios, sería demasiado cobarde de mi parte.
Cuando continué mi camino hacia los puestos de libros, logré salir de mis pensamientos gracias a que una mujer mayor y su nieto se me acercaron. La señora, tenía el pelo blanco y corto, ojos celeste cielo, y llevaba un bastón en la mano, para ayudarle a caminar; el nene, tenía unos cinco años de edad, tenía el pelo ondulado, y ojos grandes y soñadores, seguro que recién había salido del colegio, porque llevaba puesto el guardapolvo del jardín.
-Disculpe, señor, ¿podría decirme la hora? -me preguntó el nene, que se había parado justo al lado de su abuela.
El niño me dio mucha ternura, me hizo acordar a mi hijo, Tomás, cuando tenía esa edad.
-Sí, cómo no. Son las cinco y media de la tarde.
-Gracias -me dijo la señora. Y se fueron.
Luego de haber cruzado todo el parque, llegué a los puestos, que estaban tal cual los recordaba, ninguno había cambiado de lugar. Estos están apartados, del resto del parque, por una reja blanca, y aquí no hay ni árboles, ni plantas, ni pasto, sino que el piso es de yeso. Todos los puestos eran iguales: estaban hechos de metal verde oscuro, tenían una mesa de madera, para apoyar los libros, y unos estantes en la parte de atrás, que es dónde los guardaban. Había muchas personas observando los puestos, mirando libros, levantándolos y tocándolos, leyéndolos, preguntando precios.
Me dirigí hacia mi puesto favorito, el que, para mí, es el mejor: el nº 34. La dueña del puesto, una señora de unos cincuenta años, de cabello oscuro y sonrisa amable, ya me conoce hace mucho, siempre me saluda muy cordialmente al verme, se puede decir que ya soy cliente; allí, siempre se encuentra lo que sea, cada vez que he ido a buscar algún ejemplar determinado jamás volví con las manos vacías.
Me encantan los libros, no sólo leerlos, sino también sentir sus tapas, sus hojas fibrosas y cortantes, con ese olor tan peculiar. Toda la vida soñé con ser un ermitaño, un solitario, vivir solo en la ciudad, leyendo y escribiendo novelas; pero, en cambio, terminé casándome, formando una familia y trabajando nueve horas, encerrado en una oficina. Recuerdo que, cuando le compre a Julieta y a Tomás, mis hijos, la colección completa de “El señor de los Anillos”, acá en el parque, me salió mucho más barata que adquirirla en cualquier librería de un shopping. También me acuerdo que, cuando le compré a mi esposa, Carolina, “Rayuela”, de Cortázar, se había puesto muy contenta; en esa época éramos felices, ahora parecemos dos extraños que viven bajo el mismo techo y duermen en la misma cama. No entiendo muy bien qué fue, exactamente, lo que nos pasó. Una vez, mientras cenábamos solos, porque los chicos habían salido, se lo pregunté:
-El tiempo –me respondió, con los ojos llorosos, casi sin voz. Su aliento olía a alcohol, y a olvido, a un profundo olvido, eso me devastó. Luego de responder, se limitó a callar.
Y yo, hasta el día de hoy, sigo sin comprender qué clase de respuesta fue esa. El tiempo es algo efímero, no se puede ver, no se puede tocar, realmente no creo que sea algo real, es simplemente una denominación que le puso el hombre a aquello que no puede controlar. Tal vez, fueron los obstáculos de la vida y las dificultades que se nos han presentado en el día a día lo que nos separó. Lo peor de todo, es que no estoy seguro de seguir enamorado de ella, y creo que Carolina siente lo mismo con respecto a mí; pero, la palabra divorcio no está en su diccionario, por más que se lo pidiera, ella no lo aceptaría, porque hay que guardar las apariencias y no demostrarle a los demás que tenemos problemas.
Seguí recorriendo los puestos, sin una intención determinada; creo que, simplemente, quería llenar mi alma con la presencia de esos libros. Siento un vacío en mi interior que me lastima; antes podía reírme y vivir cada momento plenamente, pero ahora me olvidé la manera de disfrutar la vida con intensidad.
A medida que avanzaba en mi recorrido, observé que, en los puestos, había libros de todo tipo: novelas, colecciones de cuentos y poemas, libros de Psicología, Filosofía, Política, Sociología, entre otras áreas. Me detuve en uno, para poder observar mejor un libro de Hesse, que me había interesado. En este mismo puesto, había una chica, de unos treinta y cinco años, que estaba mirando libros con su amiga. Mientras observaban, le contaba que, cuando era chica, los abuelos de ella, alquilaban una casa en la costa en el mes de enero, y salían de vacaciones como los Campanelli, con toda la familia completa. Yo también, cuando era chico, me iba de vacaciones de esa forma: íbamos con toda la familia entera a la playa y nos quedábamos los tres meses de verano allá. Durante el día, jugábamos a la paleta, al fútbol, hacíamos carreras para ver quién llegaba primero al mar. Había noches en las que hacíamos fogatas en la playa y, como mi tío Emilio sabía tocar la guitarra, todos los chicos cantábamos al compás de la melodía del instrumento de cuerda; era maravillosa esa época, uno de los mejores momentos de mi vida, me divertía muchísimo.
Decidí salir de los puestos y seguir recorriendo el parque un rato más, no iba a privarme de tomar aire puro en una tarde tan hermosa como esa.
Al mismo tiempo que caminaba, una extraña sensación volvió a apoderarse de mí, una fuerza incontrolable, más grande que mí mismo y que el mundo entero: la inseguridad. Volví a dudar en salir corriendo o no. Tenía un gran dilema moral en mi interior: por un lado, quería escapar de la vida que me ahogaba y absorbía, quería dejar atrás todo aquello que me hacía mal; pero, por el otro, sentía que le estaba fallando a muchas personas, y que no me estaba comprometiendo con la vida que, supuestamente, yo elegí. ¿Cómo fallarle a mi familia? Todos me mirarían como a un pecador, porque en todo momento se debe guardar la compostura, eso fue lo que siempre me han enseñado, desde chico, en todos lados: en casa, en el colegio, en la iglesia, en el club.
Seguí caminando, con todos estos pensamientos en la cabeza, y me metí entre unos árboles altos, sin pisar el pasto, porque no estaba permitido. De esta manera, llegué a los juegos infantiles, desde los que ya, a pocos metros de arribar, se empezaban a escuchar las risas de los niños, que estaban jugando y divirtiéndose.
El sector de juegos poseía un arenero gigante, hamacas de colores, un tobogán, tres subibaja y dos pasamanos, todos estos rodeados por pasto, árboles y arbustos de color verde manzana; a muy pocos metros de allí, estaba una de las entradas al parque. Cuando llegué a aquel lugar, la sonrisa de los chicos iluminaba los alrededores. Se podía sentir la alegría que irradiaban, pude sentir su felicidad. Jugaban acompañados de sus padres, amigos, abuelos, hermanos. Había niños tirándose por el tobogán, otros hamacándose en las coloridas hamacas, trepándose en el pasamanos. Todos se estaban divirtiendo en la arena, había algunos que jugaban con muñecos y juguetes traídos de sus casa, con juegos de mesa, con pelotas de colores. Las palomas volaban sobre los juegos, aterrizando en la arena junto a los nenes, provocando que, más de uno, salga corriendo por temor a este animal alado.
Observar a los chicos jugando, me hizo acordar a las veces que llevé a Julieta y a Tomás a la plaza: pasábamos todo un día ahí, juntos, sólo nos reíamos y nos divertíamos.
En ese momento, se escuchó el grito de un nene, de unos cuatro años de edad:
-¡Hoy es el mejor día de mi vida!
¡Qué fácil y maravillosa era la vida durante la niñez! Todo me hacia sonreír, todo me parecía gracioso; cada segundo de mi existencia era mágico, único e irrepetible. Era grandioso vivir sin preocupaciones, sin pensar en un futuro próximo, sin hacerme ilusiones por cosas que difícilmente sucederán.
Cuando me di cuenta, había pasado cinco minutos mirando a los chicos como un zombi, estupefacto, maravillado, con una gran sonrisa de satisfacción en el rostro. Para evitar que todos pensaran que era un pedófilo, por quedarme observando a los niños, me empecé a alejar de los juegos, casi corriendo.
Todavía, podía oír los alegres murmullos, las alegres voces de los nenes disfrutando de los juegos, de una bella tarde al sol, una tarde de paseo, de diversión y aventuras. Caminé desde los juegos para chicos, en dirección a uno de los costado del parque. Me tropecé con adolescentes en bicicleta, chicos jugando al fútbol, gente corriendo alrededor del parque, haciendo ejercicio. Un joven, de unos veinticinco años, me detuvo y me preguntó:
-Che, flaco, ¿Tenés fuego?
Yo lo miré petrificado, unos segundos, con el entrecejo fruncido. ¡Qué descortés y maleducado!, no era su amigo para que se dirigiera a mí de esa manera, ni siquiera lo conocía.
-No, no tengo fuego -le respondí, con indignación. Luego, se alejó con cierto aire ofendido.
Seguí caminando por el centro del parque, encontré un banco desocupado, se me ocurrió sentarme. Se me acercó un nene humilde, con la ropa sucia y raída, parecía un poco desnutrido.
-¿No tiene alguna moneda, señor, por favor? -me preguntó, con los grandes, oscuros y profundos ojos bien abiertos. Tenía una mirada muy penetrante.
Me dio lástima, pero, a la vez, sentí respeto por él. ¿Quién lo diría? Un chico de la calle, que en vez de estar en la escuela estaba pidiendo monedas, fue más educado que el joven que me pidió fuego, que, seguro, sí fue al colegio.
-No, no tengo una moneda -le respondí-. Pero te vas a quedar acá sentadito, porque te voy a ir a comparar algo para comer, ¿querés?
Asintió con la cabeza, con una gran sonrisa. Fui hasta una especie de quiosco que hay en el parque, compré un paquete de galletitas y una leche chocolatada para que tomara. Cuando volví al banco, el nene seguía allí, con una gran sonrisa en el rostro.
-Acá tenés –le dije, amablemente.
-Muchas gracias, señor -me agradeció, devolviéndome una sonrisa. Luego, se fue.
Volví a sentarme en el banco. De repente, sentí que algo me mojaba, y pensé que era sólo mi imaginación, pero, posteriormente, comprobé que no era así, que estaba realmente sucediendo; miré a mi izquierda, había un rociador para regar el césped y las plantas. Un grupo de adolescentes, que se encontraban cerca de mí, pero no lo suficientes para ser alcanzados por el chorro de agua, comenzaron a reír al ver que yo era mojado. Inmediatamente, me levanté del banco. Por suerte, el rociador sólo me había mojado un costado del pantalón de vestir. Me alejé de allí, y aceleré aún más el paso para no tener que seguir oyendo las carcajadas de los chicos, que constituían la banda sonora del momento que, para ellos, fue muy gracioso, pero no lo fue para mí.
Se me cruzó, fugazmente, un pensamiento: ¿qué diría ella si me viera con la ropa mojada?, tal vez pensaría que soy un descuidado o un imbécil, como cree mi esposa. No, ella no era como Carolina, no era cruel, le importaban los sentimientos de los demás.
Mientras seguía caminando, luego de abandonar el banco, vi a una nena que le pedía, a su abuela, que le compara pochoclos.
Eso me hizo recordar cuando, durante mi niñez, iba a la casa de mis abuelos y ellos me llevaban siempre a jugar a una plaza, que estaba cerca de dónde vivían. Amaba ir a jugar ahí, me divertía muchísimo, pasaba horas y horas arrastrándome por la arena, trepándome y balanceándome, jugando en el subibaja. Después, mi abuela, me preparaba la leche, con el biscochuelo de vainilla que hacía ella misma. ¡Cómo disfrutaba de jugar en esa plaza!, fue uno de los mejores momentos de mi infancia, aún siento nostalgia cuando paso por allí cerca.
El sol estaba comenzando a bajar muy lentamente, empezaba a correr una brisa fresca, algunos estaban abandonando el parque. Me detuve frente a un gran grupo de flores, que eran alegrías del hogar, de color rosa, fucsia, rojo, y lila. Carolina tiene unas cuantas en el jardín de casa, las cuida como a su vida y les presta mucha atención.
Para nuestro primer aniversario, le regalé una planta de ese tipo, grande y florecida, era la planta más linda que tenían, en ese momento, en el vivero. Recuerdo que, esa noche, se acercó a mí, me besó de forma dulce y cálida, casi con aroma a frutas, y me dijo al oído:
-Este fue el regalo más lindo que alguien me hizo en toda mi vida. Gracias.
De repente, se me cruzó una idea por la cabeza: ¿y si cortaba una flor del parque para regalársela a aquella mujer, con quién me encontraría a las seis de la tarde, que no es mi esposa?, creo que, en otro momento, no lo hubiera hecho; sentí un impulso que vino desde lo más profundo de mi ser, que me ayudó a animarme a arrancar la flor. Miré a mi alrededor, para comprobar si había alguien por allí que me pudiera ver, y, disimuladamente, me agaché y corté una de las flores.
Muchos, la gran mayoría de las personas, piensan que la infidelidad es cuando te acostás con alguien que no es tu esposa, yo creo que la infidelidad comienza por la mente. No sé cómo pude hacerlo, yo nunca fui de hacer esas cosas; pero, cuando un compañero del trabajo me comentó sobre un chat muy divertido, al que entraba gente muy interesante, sentí una gran tentación, entonces decidí ingresar. Al principio, iba todo tranquilo, no había conocido a nadie fascinante, hasta que, cuando estaba a punto de desconectarme, apareció ella. Comenzamos a hablar y, al parecer, los dos sufríamos del mismo mal: un matrimonio desgastado. Los dos teníamos dos hijos, ella era ama de casa y le gustaban mucho las flores, pero, como su más secreto deseo, le hubiese gustado vivir en el Sur, en una cabaña, y cocinar tortas, mermeladas y chocolates para venderle a los turistas. Comentó que estaba aburrida de su vida y que se sentía muy sola, al igual que yo. Luego, le conté lo que había soñado para mi vida cuando era soltero, y, después de hablar varias veces por Internet, ella me confesó que la soledad que sentía se estaba yendo gracias a mí. En ese momento, mi corazón comenzó a latir a gran velocidad, y le revelé que ella se había transformado en alguien muy especial, entonces, le propuse que nos encontráramos, que quería conocerla. Sentía que me estaba enamorando de esta mujer, cuyo rostro y nombre desconozco.
Aceptó sin dudar, detalló la fecha, la hora, el lugar, y dijo que estaría vestida con una pollera rosa, zapatos altos negros y camisa celeste. Acepté sus condiciones de encuentro, y le dije que yo estaría de traje azul y corbata lila.
Miré mi reloj, eran las seis menos diez, ya era hora de ir hacia el Monumento de Simón Bolívar, el lugar de encuentro que habíamos pactado. Mientras caminaba, comencé a sentir algo que me molestaba dentro del zapato, de seguro se me había metido una piedrita. Intenté seguir avanzando, pero me incomodaba demasiado, entonces, paré unos minutos y me quité el mocasín. En ese instante, escuche una voz conocida que me dijo:
-¿Tanto te duelen los pies que no podes esperar a llegar a tu casa para sacarte el zapato, desubicado?
Levanté la vista y vi a Jorge, un compañero de trabajo. En ese momento me puse pálido, abrí los ojos con expresión de sorpresa, comencé a transpirar profusamente, me temblaban las rodillas, me paralicé.
-Bueno, tampoco es para que lo tomes a mal, era solamente una broma -respondió él, al ver la expresión de mi cara.
-¿Qué haces acá, Jorge? -me apresuré a preguntarle.
-Atravesaba el parque para llegar más rápido a la parada del colectivo. ¿Vos qué haces acá?
Me costó mucho, pero me apresuré por sonar tranquilo y convincente, como si nada estuviera pasando por mi cabeza.
-¿Yo?, nada, simplemente descansaba acá y tomaba un poco de aire fresco -contesté.
Al principio parecía desconfiar un poco, pero luego me creyó.
-Ah, está bien, hay que disfrutar un poco del aire puro y la naturaleza –comentó-. Bueno, me voy, porque quiero llegar a casa. Nos vemos el lunes, buen fin de semana. Cuando Jorge se fue, me apresuré a sacar la piedra de mi calzado y a ponérmelo.
Todavía estaba en estado de shock. ¿Y si había otra persona conocida que me viera y le contara a Carolina?, si eso pasara sería todo un bochorno. Comencé a dudar, cada vez más, sobre si quedarme o no. Las piernas todavía me temblaban, el corazón me latía muy rápido, no sabía que hacer. Miré mi reloj, para ver si todavía estaba a tiempo de irme, pero ya era tarde: eran las seis menos cinco, era hora de conocerla, así que seguí camino hacia nuestro punto de encuentro.
El monumento de Simón Bolívar era un gran rectángulo de concreto color crema, en el centro, se alzaba una estatua de Bolívar montado a caballo, y, a los costados, había otras dos estatuas de mujeres; todo el monumento estaba rodeado de arbustos, que estaban contenidos en un cantero que servía de asiento. Cuando llegué al lugar dónde nos reuniríamos, había algunas personas al pie de este, sentadas en el cantero, eso me hacía sentir profundamente incómodo. Me senté a esperar, con la flor en la mano. Estaba muy nervioso, sacudía un pie de forma frenética, y me movía inquietamente.
Cuando miré al frente, venía una mujer vestida de acuerdo a lo descrito por mi amada. Mi corazón empezó a latir con rapidez, comencé de nuevo a transpirar profusamente, me puse de pie para recibirla, miraba a los costados para ver si había alguien conocido. La mujer estaba cada vez más cerca, cuando, de repente, me di cuenta que conocía a aquella mujer que se estaba acercando, y que, sin lugar a dudas, no era aquella a la que yo esperaba.
-¿Carolina? –dije, apresurándome a esconder la flor, y notando que ella estaba particularmente hermosa y bien vestida.
-¿Enrique, qué haces acá? -me preguntó ella, inquieta y sorprendida.
-¿Yo? -respondí nerviosamente- estoy... esperando a los muchachos de la oficina para ir a tomar algo. Quedamos en encontrarnos por acá.
-Ah, entiendo –respondió, sin salir de su sombro. Se notaba, a simple vista, que no esperaba encontrase conmigo.
-¿Y vos, qué haces acá? –me impulsé a preguntarle.
-¿Yo? Bueno... vine a encontrarme con las chicas, para tomar un café. ¿Qué extraño encontrarnos nosotros dos acá, no? Qué se le va a hacer, no se puede ir contra el destino, uno propone, pero Dios dispone. ¡Y pensar que tenía tantas ilusiones! –dijo, con cierta ironía en la voz-. Bueno, mejor voy. Y se fue caminado, en dirección a una de las salidas del parque.
-Está bien -respondí yo, aunque no entendí lo que me quiso decir.
¡Qué suerte la mía!, encontrarme con mi esposa justo ahora. ¡Y qué casualidad, que Carolina y mi amada tuvieran el mismo gusto para vestirse, siendo tan diferentes una de la otra! Menos mal que mi querida todavía no había llegado, así aprovechaba para que se secara el pantalón.
Seguí esperándola, hasta que se hicieron las siete y media de la tarde, pero nunca llegó. Me daba curiosidad saber qué le había pasado a mi misteriosa mujer, que no había venido. Seguro que el esposo no la dejó salir, o tal vez le agarró miedo e inseguridad a último momento, o tuvo algún problema para llegar hasta acá, porque no funcionaba el subte o el auto. Espero que, la próxima vez que concretemos un nuevo encuentro, podamos conocernos, no importa cuanto demore, días, meses, años, yo voy a esperarla hasta que esté preparada.
Estoy seguro que esta mujer logrará darme la felicidad, por eso tengo que conocerla...

Jésica Bosso

No hay comentarios: