El ruso Salzman (...) se decidió a comprar la casa de su infancia (...)
Una vez instalado, comprendió que la inversión había sido inútil.
-He recuperado mi casa – dijo – Pero la infancia, no.”1
Una vez instalado, comprendió que la inversión había sido inútil.
-He recuperado mi casa – dijo – Pero la infancia, no.”1
Vivimos en un mundo acelerado, vivimos corriendo, vamos de un lado a otro sin detenernos jamás, ni siquiera un instante para reflexionar porque no hay tiempo. Es tan triste como real la conocida metáfora de que somos un enjambre, abejas que se chocan entre sí sin pedirse disculpas, que nacieron predestinadas, a trabajar o a gobernar y aprovecharse del trabajo ajeno, no existen otras opciones. Inmersos en un mundo que ya no nos lleva, sino que nos empuja. Viajar es una pérdida de tiempo, el viaje no se puede disfrutar. La vida se nos pasa en dormir y en viajar, que es lo mismo pero más feo porque te pisan y te chocan. Y como siempre la constante competencia para ver quién llega primero a cualquier lado. Salimos de nuestras casas apurados por volver y jamás nos planteamos si es que alguna vez habíamos podido volver. Porque ¿Quién es capaz de afirmar que es la misma persona la que una vez se fue que la que después volvió? Nadie que se va puede regresar. ¿Acaso no transcurre tiempo, desde el momento en que partimos hasta el momento en que creemos volver?, en ese tiempo a través de los sucesos que transcurren, de los nuevos aprendizajes y de las nuevas experiencias que se adquieren, se modifica el cuerpo y se modifica el alma, y si el hombre no es más que cuerpo y alma y ambos se ven modificados, ¿cómo poder asegurar que uno sigue siendo el mismo?
No hay ejemplo más claro que el exilio. Miles de personas que han viajado en todas las épocas buscando un futuro mejor o escapando de un presente peor, de Europa a América, de América a Europa, siempre soñando con volver, volver al lugar conocido, a la idiosincrasia propia. Pero trágicamente es imposible volver, el tiempo que transcurre uno en el exterior lo modifican, lo transforman en otro ser.
Relata María Negroni en un texto llamado “Ir volver / de un adónde a un adónde” 2 su experiencia cuando se fue de Argentina para vivir en Estados Unidos y años más tarde decidió volver, reunió sus pertenencias de Nueva York y “volvió” a Buenos Aires. Sufrió una gran desilusión al darse cuenta que éste ya no era su territorio, ya no le pertenecía. Las experiencias vividas en el extranjero hicieron que María ya no sea ella la misma que se fue la primera vez, y seguramente tampoco fue la misma cuando creyó retornar a Estados Unidos, ya que la experiencia del “volver frustrado” modificó su forma de pensar, eliminó la ilusión del regreso a la Argentina.
El espíritu ha soportado nuevas experiencias, nuevas sensaciones que le impiden volver a ser quien fue, porque también el tiempo es un viaje que no se puede siquiera detener, y que nos envejece a diario distinguiéndonos lo que somos, de lo que éramos antes: más tolerantes en algún aspecto, menos tolerantes en otro, aprendiendo nuevas cosas, olvidando otras, con más esperanzas, con más desilusiones.
Intentan vanamente los coleccionistas, por ejemplo, de aferrarse a algo para demostrar que ellos han sido quienes son. Relata Ítalo Calvino en “Colección de Arena”3 una exposición de colecciones exóticas, una de ellas pertenecía a una persona que viajaba alrededor del mundo y en cada playa juntaba en un frasco una muestra de arena. Lo que esta persona intentaba hacer era solo aferrarse a un objeto físico como prueba de que uno ha estado donde ha creído estar, y que es uno mismo. Se lleva algo de ese lugar como elemento probatorio de su estadía ya que “si yo poseo ese frasco de arena de la isla Lanzarote en las Canarias es porque he estado ahí, fui y volví aquí luego” Queda dicho implícitamente.
Investigan arduamente los hombres de ciencia nuevas formas de ir cada vez más veloces, cuanto menos tiempo se demore en llegar, más eficiente será el medio de transporte, hay que ir rápido a todos lados. Por qué se esfuerzan en intentar crear un vehículo que logre ir a la velocidad de la luz -que daría un enorme prestigio a los científicos que lo lograsen- y ninguno se ha propuesto siquiera concentren sus conocimientos en inventar un transporte que consiga hacernos volver, aunque sea muy lentamente, ¿Cuándo un investigador podrá crear una máquina para volver?, pero para volver verdaderamente, volver a ser “el antes” de haberse ido. Ojalá que nunca suceda.
¡Basta de engañarnos! La libertad absoluta no existe, ni para aquellos que se jactan de poder controlarlo todo, y mucho menos para nosotros. Somos presos de un siniestro juego de vida que nos obliga a avanzar sin poder detenerse ni retroceder, las reglas son esas y por desgracia (o por suerte), no pueden transgredirse. Imaginen por un instante que la ciencia logra crear la manera de poder volver, sería verdaderamente aterrador: ¿qué sería de nosotros si los grupos de poder se adueñasen –porque seguramente lo harían inmediatamente- y monopolizasen su uso? Porque no se olviden que los medios para ir, ya están en sus manos. O es que alguien es tan ingenuo aún de creer que puede viajar cuando así lo desea. Uno puede irse de donde está porque “ellos” nos lo permiten. Los que tienen el poder deciden quién se puede ir, a dónde y cuándo debe hacerlo. Durante las dictaduras y a través de la miseria nos obligaron y nos obligan a irnos de nuestro lugar, pero cuando quieren que nos quedemos construyen muros o cercan las fronteras para impedir esos viajes.
¡Qué terrible sería si además de manejar la ida, también pudiesen manejar la vuelta! Pero afortunadamente aún podemos quedarnos tranquilos, amigos, faltan muchos siglos para que la ciencia alcance tal hallazgo, quedan aún muchos siglos de poesía4.
Pero dirán seguramente, algunas personas, que con esta forma de ver el tiempo como una forma de viaje, ni siquiera se puede asegurar que uno siga siendo el mismo cada instante transcurrido, ya que el alma se modifica con cada experiencia nueva, con cada sensación, con el progreso del tiempo. Y les aseguro que es cierto ¿quién puede afirmar que es el mismo ser el que durmió anoche, y el que despertó hoy en la mañana? Sí mis queridos lectores les aseguro que esta es la primera y única vez que leerán un escrito mío, y el domingo que viene cuando abran esta misma revista, no se engañen, la que firmará en esta sección ya no seré yo, pero igualmente no tiene sentido prevenirlos efímeros amigos, porque tampoco serán ustedes los que lean el próximo artículo.
Nidia Perrone

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